lunes, 14 de marzo de 2011

Enclaustrados

Abrí la puerta con una extraña mezcla de alegría, una muy leve satisfacción, y, un poco del vacío propio del conformismo.
Mi mano seguía sosteniendo la perilla girada aunque esta ya había abierto, y mis músculos estaban tensos; estaba haciendo presión sin razón alguna, y mi mano izquierda estaba suavemente ligada a la de ella, nuestras manos estaban entrelazadas.
Terminé de abrir la puerta muy despacio. Sin ningún afán, titubeaba. Ella estaba emocionada, presionaba mi mano como yo presionaba la perilla. Creo que le hacía presión a la perilla para no hacerle daño a ella, su mano era frágil, y muy delicada, además, bastante suave al tacto.

Una vez la puerta se encontró abierta, los dos nos paramos en la línea de entrada, dudábamos. Permanecimos unos minutos ahí, en silencio. Mi mano se aventuró lentamente, temblando, y prendí la luz.

Nos observamos levemente, no queríamos ver lo que estaba frente a nosotros. Ella dio un paso adelante, y tomándome de la mano, me hizo entrar.
Recorrí el lugar con la vista, las paredes eran blancas, habían algunas ventanas, con cortinas negras, estaban entre abiertas. Había una mesa en la mitad del lugar, tenía dos sillas, la mesa era de vidrio templado roto, siempre quise una decoración así. Las sillas, eran de madera, eran sencillas, y en la mitad había un florero en donde más adelante depositaríamos rosas blancas que teñiríamos de negro con la amargura de nuestros días.
Las cortinas, creo, estarían cerradas ocultándonos del sol la mayoría del tiempo. A mi me gustaba la oscuridad y a ella le aterraba un poco. Sin embargo, me sentía más que dispuesto a, en mi egoísmo, abrazarla el tiempo que fuera necesario para que no tuviese miedo. Aunque en todo caso, sabía que cuando yo no estuviese, el inmaculado negro desaparecería y ella abriría las cortinas, y dejaría que el sol violase nuestra paz. Mi paz...

Había una triste bombilla en la mitad del techo blanco, y las paredes tenían varias puertas, la habitación, el baño, al cocina, y el estudio. Las puertas también eran de madera, como las sillas y el suelo.
Era un lugar, más bien triste, más bien solo, más bien, depresivo. Era una mala combinación para nuestro carácter, y una gran inyección de inspiración para mi poesía rota, y para las expresiones incansables de sus labios.
Había un sofá negro en el que, supongo, soportaríamos la carga de los días, los cuales, en todo caso, a parte de su nombre no diferirían en nada al anterior.

El lugar, el pequeño y triste lugar, nos escucharía reír, a veces... y soportaría nuestros gritos reprimidos y nuestros golpes a las paredes. Soportaría la carga de la tristeza compartida y del desinterés exponencial. El lugar, se deterioraría al igual que nosotros, y cada vez sería más gris, al igual que nosotros, y sus paredes se llenarían de manchas, y de suciedad, al igual que nuestras almas, y nuestros besos, y nuestros ojos.
El ambiente se llenaría del olor de las botellas de vino abiertas, de los abrazos rotos, del vendaje invisible para los corazones partidos, de las promesas sin cumplir, y de las palabras de más en los momentos de ira.

Fueron simples segundos de un simple análisis pesimista, pero sabía que todo iba a volverse verdad paulatinamente, si no moríamos primero. Ella seguía sosteniendo mi mano, con entusiasmo, volteó mi rostro con su mano libre y me dio un beso rápido, y preguntó ¿bien, qué piensas? Quise decirle todo lo que creía, quise decirle que estábamos destinados a ir desapareciendo muy lentamente en ese lugar. Ir dejando que nuestra esencia y juventud se escapara por las rendijas de las puertas, que nuestros sueños nos dejarían y volarían por las ventanas abiertas cuando ella abriera las cortinas, que nuestros besos se llenarían de polvo y que la pasión se marchitaría como las rosas blancas tiñéndose de negras por la nicotina en el florero que estaba en la mesa, pero simplemente me limité a sonreír, y devolverle el beso, y decirle que era un lindo lugar... un lindo lugar donde enclaustrados llevaríamos la monotonía a cuestas mientras nuestro amor moría de la mano con nosotros hasta simplemente desvanecernos en el imperecedero tedio de los segundos cargados de la ácida realidad que nos esperaba en el futuro, armada con una escopeta para dispararle en la frente a todas nuestras ilusiones.

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N/a: Dedicado a mi amada, Ale Leopard ♥
últimamente solo me dan ganas de escribir para que ella sonría mientras me lee.

domingo, 13 de marzo de 2011

caminata nocturna

Dedicado a Ale Leopard. ♥

Ella caminaba, lentamente, con calma. Si no fuera una calle vacía en la fría ciudad, diría que disfrutaba el paisaje. Tenía la cabeza agachada y los ojos perdidos. El cabello tapaba parte de sus ojos, no eran muy visibles. Sus labios solían moverse como si estuviese silbando, gesticulaba; creía que decía algo pero, en realidad no decía nada.
Su ropa era oscura y se confundía con la noche, porque la luz que iluminaba las calles estaba en corto, así que su iluminación era intermitente, y demasiado débil. Era un toque escalofriante, porque las calles de esta ciudad suelen ser peligrosas después de las once de la noche; sin embargo, le daban un toque encantador a ella. La luz en su rostro iba y venía, muy despacio desaparecía, porque ella retenía la luz con sus ojos, y cuando todo estaba oscuro, volvía a aparecer de forma súbita, y sus ojos se volvían a llenar de brillo, le molestaba un poco el choque brillante que generaba, creo que por eso tenía la cabeza agachada y los ojos perdidos.

La noche transcurría lenta, al igual que el paso de ella, creo que estaban coordinadas. Cada paso que daba, dejaba la luz un poco más atrás, y ya a lo lejos brillaba como un cerillo que se apaga lentamente... ella iba trémula dejando todo atrás, y el paisaje que era comido por la bruma se iba volviendo vapor lentamente.
En horas más tempranas, había llovido, el asfalto estaba un poco húmedo aún, su rostro se reflejaba ligeramente, pero ella no lo notaba porque no estaba mirando a ningún lado en particular.

En una esquina dobló a la izquierda, se desvió de su camino, parecía no haber razón aparente; era una zona muy oscura, ella no decía palabra. Caminaba errática, temblaba por el frío; pero aún así, no se detenía.
Entró lentamente en un pasaje que estaba lleno de árboles y sillas, ella tropezaba constantemente, pues la visibilidad estaba reducida, sus pasos eran torpes pero llenos de gracia, a veces paraba para recoger las hojas secas que estaban en el suelo, sus manos se untaban de tierra, pues habían algunas hojas húmedas por la lluvia que estaban llenas de lodo, ella ignoraba aquél hecho, se frotaba las manos y seguía en sus asuntos, a veces olvidaba que estaba perdida en sus pensamientos y su rostro retornaba a la vida, y esbozaba una sonrisa llena de inocencia, una sonrisa efímera, duraba apenas un segundo, y volvía a la normalidad, su rostro era totalmente neutro, y sin embargo, estaba lleno de armonía. La tristeza y los pocos destellos de alegría hacían una hermosa mezcla heterogénea que no dejaba a nadie saber en qué estaba pensando en realidad; y sus ojos seguían perdidos, en otro universo, o algo así, en todo caso su mirada era totalmente vacua.

Una vez salida del pasaje, llegó a una avenida con apenas tráfico, ella caminaba en la dirección contraria del sentido de la autopista, de vez en cuando pasaba un carro que, afanado, le pitaba, y con la luz a su máxima potencia trataba de esquivarla, y su rostro parecía iluminado por una antorcha, pero el peligro no significaba nada para ella, ni siquiera notaba el riesgo que corría; ella seguía mirando las hojas secas.

La luna de vez en cuando salía de su escondite en las nubes,y luego volvía a meterse. Cuando salía, la iluminaba directamente a ella, y su pálida piel se tornaba visible, como las flores que son iluminadas por  la ligera capa de rocío sobre ellas en la madrugada, y cuando la luna se ocultaba, ella volvía a estar cobijada por el enigma de la noche.

Después de una leve parada, como para reflexionar a dónde debía ir, después de volver en si, siguió caminando, muy lentamente como antes, dejando que sus pies salpiquen la lluvia juguetona en el asfalto; de vez en cuando sus manos se movían a su rostro, apartaban el cabello juguetón que invadía su rostro, pues ella iba en contra de la dirección del viento.
Una a una fue soltando las hojas que recogió en el camino, como para recordar cómo regresar de su destino a la nada, y se fue fundiendo con la oscuridad que se veía a lo lejos; hasta que no se pudo ver nada, solo se escuchaba el sutil ritmo de sus pasos, que eventualmente, también se perdió en la nada.
Yo caminaba a su lado, pero era invisible para ella.


N/a: realmente soy malo para los títulos, fue lo único que se me ocurrió... no sé qué tan bien cuadre. En todo caso, es lo de menos.

viernes, 11 de marzo de 2011

El despertar de la gárgola

 1800. Acaece el anochecer en Inglaterra. El cielo se torna violáceo, hay nubes oscuras alrededor, la mezcla de las nubes negras que desde ya advierten la fiera lluvia, con el cielo se vuelve más débil, la oscuridad se va apoderando poco a poco del firmamento. Londres pronto estará sumergida en la oscuridad. El primer rayo de la luz lunar me despierta. He vuelto a la vida una vez más, con la magia de la enigmática luna llena.
Mi despertar toma tiempo, es demasiado lento, desearía no ser de piedra. Solo mis ojos tienen vida en este momento, y veo el firmamento moverse muy lentamente encima de mí, sin embargo son segundos preciosos; la luz del sol volverá a petrificarme. 
Llevo incontables años viviendo acá; estoy escondido en la cúpula de la catedral, desde un año después que esta fue creada. Despertando únicamente las noches de luna llena. Confinado a la vida como decoración gracias a la maldición de mi estirpe. 

Ha pasado una hora desde que anocheció. Recién recobro la movilidad de mi cabeza y alas, pero puedo respirar fuego nuevamente. Mis alas demoniacas, que asemejan a las de un vampiro, han recobrado su sutil fragilidad aterciopelada, la desesperación se apodera de mí. Ninguna bestia debería estar confinada a una prisión en su propio cuerpo. Yo debería volar libre, ser dueño y patrón de los cielos en la noche, y la tierra en el día. Décadas han pasado desde que bebí sangre, mi lengua está casi seca, y mis ojos están demasiado cansados.

Mientras la piedra se rompe en mis brazos de dragón, mi mirada se desvía a los caminos que rodean la catedral. Están vacíos, excepto por una presencia. 
Hay una mujer caminando desprotegida, sola, sin ninguna preocupación aparente; el aire sale en forma de vapor de sus labios, el frío en ella es evidente, debe estar a punto de la hipotermia. Es una víctima perfecta, y justo cuando la estoy perdiendo de vista, la piedra termina de romperse.
Despliego mis alas de forma imponente, aprieto las mandíbulas para no rugir, mi víctima huiría atemorizada. Mis alas no están acostumbradas aún al movimiento, esta vez, nada puede quedar a la voluntad del destino; pues el destino se ha encargado de hacer miserable mi existencia, desde mucho antes del simple hecho de existir. No volverá a pasar. Esta vez, solo estará hecha mi voluntad.

Justo cuando ella está sumergida en la bruma, alzo el vuelo, mis alas son poderosas pero delicadas; rasgo el aire a mi paso, como cuando se mezcla entre los árboles, aquél silbido escalofriante; aquél sonido que indica que la muerte está rondando, como el llanto de un bebé quebrando la calma en la media noche. Así es el réquiem de mi vuelo.
Aterrizo suavemente, ella está exaltada, pero no siente mi presencia, mis escamas oscuras se camuflan perfectamente entre la bruma. Anhelo su sangre que corre apresuradamente entre sus venas, el latir de su corazón inmaculado es tan sonoro que le quita toda muestra de paz a la noche. Está demasiado tensa, vuelve el ambiente sumamente tétrico. ¡Qué deleite! Jugaré con ella hasta casi llegado el amanecer.

Me acerco lentamente, en cuatro patas; ella es mi víctima, me siento como un león jugando con una gacela moribunda. Mi aliento de fuego es casi perceptible, el vapor azufrado que sale por mi boca se mezcla con mi saliva que cae al suelo y deja agujeros en él, debo calmarme, pero ella es demasiado confiada e ingenua; nadie profanaría una catedral asesinando a una joven virginal, ningún humano... pero ella no cuenta con la presencia de una gárgola. 
Me siento osado, paso en frente de ella, y sigue sin sentirme. Puedo deleitarme con la imagen de su rostro. Tiene los ojos vacíos totalmente. Son como un espejo que refleja la luz de la luna. Sus cejes ligeramente pintadas, se confunden con su cabello oscuro. Tiene el agotamiento escrito en todo el cuerpo, la fatiga la corroe; las ojeras que se apoderan de su rostro indican días sin dormir... pero dentro de poco acabaré su jornada de insomnio.  
Había algo en sus labios en particular que me llamó la atención. Estaban morados. Creo que había pasado por infinidad de cosas que la habían dejado prácticamente para morir antes de encontrarse conmigo. Tal vez el destino también le jugó malas pasadas a ella. A diferencia del notorio color en sus labios, su piel era demasiado, demasiado pálida, casi transparente. Podía ver sin mayor dificultad la mayoría de sus venas; y casi todas sus arterias. A la oscuridad de la noche... creo que estaba casi muerta cuando la encontré caminando por ahí.

He gastado mucho tiempo contemplando los detalles de mi víctima, pero uno debe saber qué está matando. Sin tardar ni un segundo más me aproximo a su lado. Dejo salir el fuego de mis labios e ilumino su rostro que queda estupefacto al ver las llamas, que desde su perspectiva, aparecieron de la nada. ¿Qué se sentirá ver una gárgola que no es de piedra, en frente de ti a punto de devorarte? Creo que, las lágrimas de desesperación y el pulso aún más agitado que antes fueron la mejor respuesta. El pánico se apoderó de ella, trató de huir pero, no puede sobrepasar mi velocidad.
La rodeo una y otra vez, doy vueltas alrededor de ella; juego con ella como si fuese un ratón y yo fuera un gato. Grita, llora, solloza, aunque es extraño no verla rezar. No hay cruz en su cuello. Tal vez ella al igual que yo perdió la fe en algo divino desde tiempo inmemorial.
Casi exhausta se tumba en el suelo, indefensa, ha perdido los ánimos para seguir luchando, creo que he jugado más de la cuenta, pero no importa.

Procedo a presentarme totalmente de frente, ella observa con terror y una sublime fascinación mi rostro demoniaco. Mis alas de murciélago, mis cuernos y cola, mis garras, las escamas turbias en mí, exhala mi aliento azufrado. Sabe su destino, aunque parte de ella se niega a reconocerlo, no hará absolutamente nada para que no suceda.
Rompo sus vestiduras con mis garras, escucho un pequeño sollozo. Creo que no puede gritar o llorar más. Esto durará poco tiempo. Ella queda expuesta al frío de la noche invernal totalmente desnuda, con una ligera cortada en el abdomen producto de mis garras. Es una niña, no tiene más de 15 o 16 inviernos, y sin embargo su mirada está tan muerta... 
Rujo una vez más, aún se asusta, pero no es más que un movimiento reflejo. Corto lentamente sus brazos, ella  solloza, trata de llorar, sin embargo, sus ojos están secos. Trata de gritar, pero de su garganta no sale palabra. 

La sangre de color carmín cubre sus pequeños brazos lentamente, hasta caer al suelo, con un toque delicado corto su rostro cerca de los ojos, muy lentamente; ella se resiste moviendo la cara, pero no opone mayor resistencia, la corto cerca de los ojos, y las gotas de sangre caen. Ella sonríe; ahora parece que está llorando, llora sangre, y la sangre baja por su cuello.
Corto sus piernas, que son aún más pálidas que sus mejillas, para darles un poco de color, como para no dejar que se duerma; quiero que el dolor la mantenga despierta hasta que muera desangrada.

Una cortada a la vez, muy lentamente, ella no se mueve, no reacciona excepto cuando me acerco a su rostro. Respiro cerca de su cabello. Más bien, suspiro.
El tiempo se me agota, el cielo comienza a aclararse, no podré jugar con ella mucho más...
Corto lentamente sus muñecas y la sangre corre de forma escandalosa, como un torrente. Rasguño su piel, un poco, está maltratada, y sin embargo sigue tan suave... cuando está a punto de morir desangrada, es tiempo de alimentarme, cuando aún sigue con vida, para robar ese último suspiro que conecta el hilo de su vida a la muerte, para darle el toque final.
La rodeo rápidamente, está de espaldas a mí, la levanto del suelo donde yacía acostada lentamente, y queda apoyada contra una de mis patas. Pareciese sentada en un alfeizar. Suspiro una última vez con mi aliento de fuego cerca de ella, que está perdiendo el conocimiento; sus ojos ya no reflejan el cielo, la sangre de sus mejillas se ha congelado, y también la que estaba en el suelo, y sus labios tienen el color violeta profundo de una flor.
Desgarro la tersa y delicada piel de su cuello con mis colmillos de marfil. La cortada va desde cerca de la quijada hasta la clavícula, la muerdo un poco y es enviciante, me cuesta trabajo alejarme. Sin embargo, lo hago, y la sangre mana como un río de su cuello, procedo a beberla con afán, su vida está fluyendo por ahí, y debo ingerirla antes que también se congele y después se evapore por los aires.

Una vez acabo el festín, saco su corazón, que da los últimos latidos, y me lo como. Sabía a ceniza, a bebé muerto; a una madre que ha perdido a su hijo. Sabía a huérfanos de guerra, sabía a la soledad de una gárgola de piedra.
La escena es grotesca. Me gustaría poder presenciarla en la mañana cuando todos vean lo que ha pasado, una niña, aún virginal, torturada y desangrada cerca de la catedral, le han sacado el corazón, han hecho que soporte desnuda la pesada noche invernal... en verdad desearía poder verlo. Pero no va a pasar.
Me apresuro a volver a la cúpula, las nubes ya se ven de un color rosa pálido, no falta mucho para que salga el sol. 
Vuelo rápidamente y observo el cielo teñido de sangre, no solo el cielo; las nubes también. El cielo carmesí contrasta hermosamente con las calles congeladas, con la niña asesinada, y con los ojos infernales de la gárgola de Londres. 
El cielo parece arder, y la tierra parece llorar, y yo, me vanaglorio. No importa despertar una vez cada década, cada siglo, cada milenio; si el mero hecho de mi presencia causa tal tragedia. 

Victorioso, vuelvo a mi prisión. Regreso a la posición habitual, con una única diferencia; ahora mis ojos apuntan directamente al cadáver que desde la distancia parece sonreírme, me saluda desde el inframundo. Me agradece haberla liberado.
Rujo una última vez, sonoro y fiero, mientras sale el sol y comienzo a petrificarme; esperando paciente, la llegada de un nuevo despertar.

miércoles, 9 de marzo de 2011

La maldición del lago Bodom

Demasiado silente es el entorno, la música que nos rodeaba se apagó justo después de un parpadeo. Cerré los ojos no más que un segundo; y las estrellas ya no cantaban... no habían luciérnagas danzando al compás de los susurros de las aves... el viento se detuvo, ya no hacía silbar las hojas en los árboles detrás de nosotros, y el lago estuvo en calma. Demasiada calma... 
Un segundo, y aún así, estoy desubicado. Mi mirada se deslizó lentamente desde la profundidad del Bodom hasta ella, que estaba acostada en mis piernas; dormía. Mi mano estaba posada en su cabello blanco, era suave cual terciopelo, y su piel era pálida; demasiado pálida... como el cielo en la madrugada, antes de salir el sol, cuando las estrellas están durmiendo. El ligero rubor en sus mejillas, era del mismo color que sus labios, un rosa sutil; cuando ella tenía frío salía vapor de sus labios, y parecía ser la madre del invierno... 

Mi mano bajó de su cabello, lentamente hasta su rostro, acariciándolo, como se acaricia una gardenia; y bajé hasta el cuello, ella estaba helada. Pero mi mano también estaba helada, y no le presté importancia. Apoyé las manos en la arena un poco húmeda, un poco triste, un poco corroída por la muerte que nos rodeaba en mi infinito estado de ignorancia.

Se oyó rugir el cielo, y comenzó una lluvia leve. Moví la mano lentamente para despertarla, acariciando otra vez sus mejillas, aún con la mirada perdida en la oscura arena finlandesa. No hubo respuesta; cuando miré hacia ella, mi mano estaba roja, salía sangre de su boca, sus labios se habían teñido de carmesí; junto a mis manos que, sin saberlo habían jugado con ellos confundiendo la gélida sangre con la lluvia.
Su rostro, aún en total armonía, se veía como la nieve escandinava profanada por la sangre, al igual que parte de su cabello, y su piel... la sangre bajaba rápidamente diluida con la lluvia. El cielo mismo se estaba diluyendo.

Una inexplicable sensación embargaba mi pecho. Me sentía como ebriagado por una extraña mezcla entre estupefacción y tristeza; quise escuchar un réquiem, quise ver que el cielo se partía y el agua se congelaba como homenaje a su princesa caída. Aún así; no pasó nada. Después de todo... solo era un ángel más muriéndose; pensé con amarga ironía mientras recordaba aquél dicho 'los ángeles no matan' ... aún así nadie dijo que no pudiesen morir.

¿Qué pensaría ella si estuviese en mi lugar? Seguramente estaría celebrando el simple hecho que yo siempre hablé de la muerte como lo más maravilloso que existía, y sí, en efecto lo era, simplemente, no estaba preparado para ver la dulce muerte llegar a ella mientras dormía, aún así, seguía siendo un buen día para morir.
El frío en el lugar me congelaba, el frío de su cuerpo me congelaba, su ausencia me congelaba; la sangre en mi se congelaba también. 
Silente, miré de nuevo el paisaje; el cielo oscurecido, no estaba polaris alumbrándonos. Las nubes, oscuras, como mis ojos; como mi alma, como el lago Bodom que volvía a presenciar la muerte. Detrás de nosotros, no había búhos, ni cuervos, ni murciélagos, la oscuridad me hacía creer que ni siquiera habían árboles. Sí los había. Simplemente, todo seguía igual y yo me negaba a creerlo porque mi mundo se había derrumbado.

Las botellas de vodka de cereza cerca a nosotros parecían como llenas con su sangre, al igual que el ambiente, desearía que mis manos fueran lo suficientemente hábiles para describir cómo se siente el Bodom cuando está rodeado de muerte.

Tal vez pasó media hora o más hasta que pude reaccionar, muy entrado en la noche y congelándome aún más, decidí simplemente decir adiós. Ella siempre había querido una muerte con sangre y licor, al estilo realista pero poco probable de Opio en las Nubes, y yo siempre había querido conocer la muerte encontrándome en Finlandia. Las dos cosas habían pasado al tiempo. Pero la muerte había pasado de mi, y había dado su beso corrosivo a los labios equivocados.

Deseé con envidia morir también, mis ojos, con lágrimas de tristeza y desesperación, la miraron con un poco de odio. Mis manos, gélidas como estaban, sentían aún el calor de la vida negándose a salir del cuerpo de ella aunque fuera una mera ilusión, y sus labios ya estuviesen morados... y aún, teñidos de sangre.
La besé por última vez, queriendo sentir la muerte entrar a mi, pero no pasó. 

Me levanté lentamente de la arena con las piernas entumidas, y muy despacio, la cargué en mis brazos, parecía un bebé... uno que había nacido muerto. Aún podía sentirla reír en mi mente; y sin embargo no podía recordar sus últimas palabras...
Caminé sin ánimo de nada hasta el lago, adentrándome con ella en él, él sería su tumba. Ese era su deseo, uno de tantos que sabía que no iba a cumplir. Qué irónico que el más descabellado fuese el que estuviese concediendo ahora mismo.

Con los ojos entorpecidos por el agua, la deposité en la profundidad maldita, y anteriormente profanada del Bodom, y pensé: Adiós amor. Salí del agua, y me encaminé a algún lugar donde las estrellas no pronunciaran su nombre una y otra vez en mi cabeza...


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N/a: Dedicado a Naoko. ♥ la amo :3

martes, 8 de marzo de 2011

"Que no está muerto lo que yace eternamente"

"que no está muerto lo que yace eternamente... y con el paso de los eónes incluso la muerte puede morir " Howard Phillips Lovecraft.
 Sonaron relámpagos, se iluminaba el cielo, después, venía el silencio, y todo volvía a quedar totalmente oscurecido.
Siguieron las gotas, una por una, aumentaron de velocidad, y quebrantaron el silencio. Humedecieron el césped, la tierra... las flores muertas, y el asfalto. Las flores se rompieron, pétalo por pétalo fueron cediendo ante la tormenta, y la tierra se volvió débil, engañosa, el agua marcó el relieve de los epitafios, cada letra estaba cubierta de agua. Todas... menos una frase, en una tumba en particular. "aquí mora eternamente". La palabra permaneció seca, y cuando la lluvia pasó, vino el silencio.

Yo no podía dormir, tenía pesadillas desde semanas atrás, observaba el cementerio desde la ventana, hasta que el sueño acudiera a mi, me cobijase, esta noche aún no había pasado, y la lluvia iba y venía, y cuando parecía detenerse por completo, volvía a comenzar, hasta que, a las 2:51, reinó el silencio total... por unos segundos, pues un estruendo sonó en lo más profundo del cementerio, algo se quebró, sonó tan duro que lo pude oír dese mi ventana. Venía de la parte más profunda en él, donde estaba la lápida de mi difunta esposa.
Me puse zapatos rápidamente, ignoré que me encontraba en pijama, y el frío que suele hacer en la ciudad a esta hora, también ignoré que estaba enfermo. Todo coincidía con mis pesadillas. El instinto de encontrar la verdad suele ser un gran enemigo del hombre, si esta verdad, va más allá de la naturaleza.
Bajé rápidamente las escaleras del edificio, abrí la puerta, y entré al cementerio, las rejas oxidadas que suelen tener un gran candado estaban abiertas; obra de los profanadores de tumbas, pensé. Es muy común en esta ciudad, y época del año, que los satanistas entren a robar huesos para sus rituales. Pero este no era el hecho, no había nadie ahí, aparte de mi.
Corrí rápidamente hasta la parte de más atrás, donde estaba su tumba, el pasto húmedo era engañoso, y la tierra lodosa me atrapaba los pies, no podía moverme con facilidad, y las ansias crecían rápidamente. Como quien encara sus temores con una venda en los ojos; no sabes qué estás haciendo, pero sabes a qué te estás enfrentando.

La tierra parecía temblar al ritmo de mi corazón que latía fuertemente, y los búhos en los árboles miraban hacia mi con sus ojos brillantes como salidos de otra dimensión; también habían cuervos, era común verlos, pero no solían acercarse, aún así, me atacaron. Resbalé, me golpeé el rostro con una lápida, casi perdí el conocimiento, pero, a pesar del dolor me mantuve en pie.
Veía rojo, la sangre de mi cabeza había pasado por mis ojos, bajado hasta mis labios, y manchado mi cuello. Debía verme tétrico, pero no le di importancia a limpiarme, de todas formas nadie iba a verme.

Creo que era una herida demasiado profunda, no dejaba de sentir las gotas caer en el suelo, al menos esto detuvo un poco mi corazón acelerado, que de lo contrario, se habría salido del pecho. Tal vez la adrenalina me calmó un poco, pero, aturdido como estaba, no pude ver que el epitafio en su tumba ya no estaba, hasta que fue demasiado tarde.
Estuve parado en la tierra rodeada de Gardenias, tal vez por cinco minutos, o un poco más, con la mirada perdida, ya había llegado al final del cementerio pero no veía lo que estaba buscando, y estaba comenzando a marearme. Esto no era bueno.
Miré hacia el suelo, vi las gardenias marchitas y despedazadas, ahora también llenas de sangre. Puta mierda. ¿Qué estaba pasando? Ese sin duda era el lugar... sin embargo no había nada. Esto era distinto a mi sueño y sin embargo, demasiado parecido...
Ya pensaré en algo, me dije, y entorpecido por la belleza inexplicable de aquellas rosas muertas, me agaché a recoger los pétalos.

Tenía tres o cuatro pétalos en la mano, totalmente masacrados, como si mi sangre y la lluvia estancada fueran una especie de veneno, me perdí en ellos, y súbito, un estruendo rompió la noche, y literalmente, la tierra.
Una mano como salida del inframundo, clamando por mí, quien no era bienvenido en la tierra de los muertos, sujetó mi mano con una fuerza descomunal, era una mano putrefacta, la piel se sentía arrugada, como cuando tenemos la mano demasiado tiempo en agua, y la piel estaba podrida, en ese momento, sonó el cielo, respondiendo al llamado del cementerio, y un trueno iluminó el lugar, pude notar que, en efecto, era una mano que salía de la tumba. Tenía un color grisáceo con algunas partes verdes, muy pálidas. Mierda, mierda, mierda.

Su fuerza no era nada de este mundo, ni de ningún otro, tenía un agarre increíble, sentía que me rompía la muñeca. Me haló hacia el suelo, y mi cara se llenó de lodo, y la sangre que manaba de mi herida, mojaba el lugar, estaba en un charco de sangre, lluvia y lodo. Pero ese no era mi mayor problema, obviamente.
La mano hizo presión hacia abajo, y me fracturó la muñeca, pensé que todo había pasado, pero después de eso, la mano aferrada a la tierra, comenzó a emerger lo que estaba más allá.
Totalmente en silencio, casi a punto de entrar en shock, sin posibilidad alguna para gritar, vi salir de la tierra el resto del brazo, igualmente pútrido, el codo no tenía piel en él, era un hueso, lejos de ser blanco, y muy corroído. Después del primer brazo, salió el otro. Era el brazo derecho, y pude fijarme bien que en la mano, hacían falta dos falanges del dedo izquierdo. Los otros dedos tenían la piel podrida, casi cayéndose. Tragué saliva. Volvió a llover. El espectro dejó de hacer presión, corrí.

Me alejé tanto como pude de aquel lugar, tal vez no podía verme, no sabía, no importaba, de igual forma, mi mente estaba saturada de dudas, de muchos pensamientos, y de los impulsos nerviosos generados por el dolor en mi cabeza y mi mano fracturada.
El mareo era demasiado, volví a caer, perdí la consciencia por unos minutos. Cuando recobré el conocimiento, la lluvia había cesado, y la sangre también había parado de salir, de todas formas había perdido mucha. Toda mi camiseta estaba empapada, mi rostro estaba lleno de lodo, no era buen síntoma, se iba a infectar la herida, y no podía usar mi mano derecha. Mierda.
Me levanté lentamente, y, cuando comencé a alejarme con el paso torpe que tenía, un grito congeló mi sangre. Un grito gutural que envidiaría cualquier cantante de metal perforó el lugar,  el cielo, un poco más despejado, me permitía ver mejor, y ya me había acostumbrado a la oscuridad. Cerca a un árbol, vi que el cadáver había salido por completo de su tumba, y podía hablar, gritar; de hecho. Lo hacía con ferocidad, era un grito de hambre.
Segundos después, el suelo comenzó a temblar, y cada ave que aún quedaba, voló tan rápido como pudo, ahora, no había ser vivo cerca a mi. Estaba solo. O más bien, acompañado de algo que volvió del más allá, algo que alguna vez besé en el altar.

De la tierra salieron brazos, de forma sincronizada, de cada tumba en el lugar, también comenzaron a emerger. Aún, parte de mí pensaba que era una broma, sin embargo mis ojos me mostraban lo contrario, y una vez más en shock, no me movía.
El Zombie avanzó hacia mi a una velocidad impresionante, cuando pude reaccionar, me sujetaba por el cuello en contra de un árbol, gritó una vez más y mis oídos sangraron. Mierda.

Su cabello se había caído casi por completo, y el que quedaba, ya no era negro, era gris, y se veía bastante maltratado, totalmente ausente de vida, como una antigua muñeca. Su nariz faltaba, no había nada allí aparte de un gran espacio negro, y la cara, era pálida, pero tenía muchas partes expuestas de carne, eran de un rojo opaco, que despedían un olor nauseabundo, sin duda los gusanos se habrían dado un festín.
El orificio del ojo izquierdo estaba totalmente vacío, temí que saliera un gusano de él. No pasó. El derecho, era totalmente blanco, carente de vida, de color, carente de absolutamente todo. Era la definición perfecta de ausencia, y aún así, sentía que apuntaba directamente a mi alma. El escaso cabello que quedaba cubría los orificios de los oídos, que también faltaban, y su quijada estaba desprendida. Aún así, y como por magnetismo, podía cerrarla y abrirla, de lo cual me di cuenta una vez volvió a rugir.
Era algo inhumano ciertamente, nadie podría hacerlo así. Su boca se había abierto al menos 15 centímetros. Faltaban la mayoría de los dientes, pero aún se conservaban los colmillos, incisivos, un par de pre molares, y 3 muelas. La nausea volvió a mi contemplando este espectáculo atroz.
El rugido duró casi 15 segundos, y a este paso, los demás ya estaban terminando de salir, como si se conociesen, se agrupaban en una horda.
Su lengua, estaba intacta, y aún había salivación. Puta mierda, qué cosa más rara. Había ausencia de piel y exposición de varios huesos en el resto del cuerpo, no pude ver mucho más, pues apenas acabó el rugido, y como con un instinto asesino, mordió mi brazo.

El dolor era brutal, nunca había sentido algo así, ni siquiera un perro mordía tan duro, estaba aferrada a mi, trataba de golpearla, sin embargo permanecía inmóvil, pesaba tan poco... y aún así tenía más fuerza que tres o cuatro hombres. Sus labios morados se llenaron de sangre y me desmallé del dolor.

Desperté en el suelo, el espectro tenía las manos al rededor de su rostro que estaba inclinado, con la espalda arqueada y 'mirando' hacia el cielo. Las manos encima de la cara dejaban gotear la sangre que había extraído de mi. La sangre la bañaba, y goteaba de la boca hasta el suelo directamente. Yo estaba a punto de morir, y los demás Zombies se habían aproximado lo suficiente para disfrutar de mi. Todos tenían aspecto similar, a algunos les faltaba un brazo, unos dedos; otros no tenían una pierna y se arrastraban. En todo caso, tenían un solo propósito: acabar con mi vida.

Traté de pararme y correr, no pude hacerlo, una mano agarró mi pierna, traté de arrastrarme, me aferraba a la vida con la fuerza que un roble se aferra a la tierra, me cogí con una mano del árbol para que no me halaran, dislocaron mi pierna. Todo estaba perdido, habían llegado hasta mi. Como hienas disfrutando de una nueva víctima me rodearon, sentí más de 5 bocas mordiéndome fuertemente, de forma sobrenatural, los gritos se ahogaban entre los rugidos inmortales de los Zombies; estaba desangrándome, mordieron mi mano, y de repente, cuando ya habían devorado casi todo de mi, se apartaron. Caminaban erráticos a la salida del cementerio, y pensé que podría morir en paz. Me equivoqué, aquella mujer que un día amé, ahora, como un monstruo, volvió a levantarme del cuello con un solo brazo. Estuve elevado unos veinte centímetros del suelo, la miraba fijamente al rostro ensangrentado, deseaba morir con prontitud, el dolor ya no era un factor relevante para mi. Mis sentidos estaban entorpecidos, la perdida de sangre y las mordidas me habían dejado al borde de la muerte, y ya me había desmayado un par de veces.
Después de un último rugido, me acercó a ella, y mordió mi cuello, mientras moría pensé: 'al fin voy a descansar...' pero fue un pensamiento que no duró demasiado, sabía que me iba a convertir en uno de ellos. Estaba condenado.
Cesó el flujo de sangre de mi cuello, y mis ojos perdieron su luz rápidamente, se cerraron... morí. Hubo silencio.

permanecí botado en el suelo del cementerio profanado por incontable tiempo, sin vida, sin sangre, sin calor; muerto.

...No está muerto quien yace eternamente; el silencio en el cementerio se profanó una vez más para dar inicio a una nueva masacre, de aquél que fue presa, y ahora es depredador; más allá de las leyes de la vida y los confines de la naturaleza.

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N/a: Una vez más, y porque quien es caballero repite, para la señorita Ale Leopard. ♥

sábado, 5 de marzo de 2011

Paralelo.

La luna nos enfría, es nuestra única forma de mantener la temperatura gélida de nuestros cuerpos, nos escondemos en las mañanas del sol, porque podría quemarnos. No, no somos vampiros. No somos bellos ni irreales, tampoco bebemos sangre, ni amamos con la pasión bizarra de un corazón que no palpita.
Nosotros no amamos, no sentimos, no lloramos. No soñamos, no dormimos, nosotros no vivimos. Estamos muertos, y deseamos seguirlo estando, es la muerte nuestra única realidad conocida, y no queremos adentrarnos en el mito de la vida.

El tiempo se nos pasa, acá en el inframundo, es una inexistencia tranquila, sin las aparatosas complicaciones de los cuentos que balbucean algunos, aquellos que hablan de la vida. Los llamamos abominaciones, ¿cómo puede existir tal cosa? Y sin embargo... al parecer cada día es menos mito, y más una horrenda realidad.
Lucía suele hablarme de ella, de la fantasía de estar vivo, respirar, amar, morir... yo no suelo prestarle atención. Prefería verla hablar, prestaba mucha atención a cómo se congelaba el aire alrededor de sus labios morados, a cómo se movía su garganta... a sus finas facciones, pálidas como la nieve, ni la misma muerte podría lucir tan bien como Lucía, ni la muerte, ni la luna... ni las montañas congeladas.

Muchos aparte de ella balbuceaban la idea de la vida, y en verdad, le temían. Hacían todo para permanecer muertos, para no llegar a ese trágico lugar, para no tener que respirar, ni comer, ni sangrar... la idea de las enfermedades y el amor nos aterrorizaba a todos. Y yo muchas veces creía estar vivo, pues cuando la mano de Lucía se topaba con la mía antes de volver a nuestras tumbas en el amanecer, sentía como si mi sangre fuese tibia y mi corazón tuviese pulso. Estás loco, eres un cadáver loco, me decía. La vida no existe, me decía; sin embargo si existía la calidez inexplicable que me producían sus manos, y el escalofrío en mi columna gangrenosa, cuando miraba en el vacío de sus ojos.

La muerte a veces era aburrida y monótona. Pero es porque, no agradecemos lo que tenemos, y no hablamos con otros muertos muy usualmente. No nos decimos cosas 'bonitas' porque es asunto de vivos y con ellos no hay que meterse, dicen.
Pero si pudiera hablarle a alguien alguna vez, un poco más allá de lo cotidiano de estar muerto, a un visitante, lo llevaría de paseo por las montañas de hielo, tan frías y solitarias, y llenas de neblina... y tan difíciles de escalar, tan indomables y salvajes; tan muertas...
Tenemos también, acá en el inframundo, un jardín de rosas marchitas, rodeado por bancas de madera corroída, y árboles de otoño sin hojas, pero las hojas están, cubren el suelo árido en el que lo construimos, tienen colores no muy vistos por acá, incluso si están muertas... 'siguen llenas de vida' dice Lucía. Las flores son de varios colores, violetas, rojos, algunas blancas, y claro, todas están decoradas por el delicado toque de todo lo que es conocido en este lugar, el veneno que respiramos, que está en las aguas estancadas de nuestros lagos, en las copas de los poetas muertos, en cada página de los libros malditos; y en los labios de Lucía.

Hoy, salí de mi tumba, y la luna apenas estaba naciendo, estaba temprano en la noche, y no había estrellas. Las estrellas me fastidian si están llenas de luz, son como pequeños soles. Caminé un poco por el lugar, y jugué con las hojas secas, jugué con los animales muertos, con los cisnes sin alas, y esparcí las cenizas de los huesos de aquellos que se desintegraron, todo estaba muy normal y monótono, excepto que al llegar al lago, encontré a Lucía incinerada, con una nota en sus manos que decía 'Me quemo, pues me he cansado de la muerte. Iré a sufrir y a ser corroída, a sentir el oxido y el oxigeno, y a probar el sabor de la sangre. Me voy porque no puedo seguir más acá, me voy; pues quiero explorar lo desconocido, a darle la mano a la vida, a sentir el amor, a romper mi corazón... Me voy, pues cada vez que sale el sol, desearía que una parte de mi pudiese sentirlo sin temerle... me voy, pues sé que en algún momento, el vacío de mis ojos estuvo lleno. Adiós.'

Y por primera vez, tuve un sentimiento muy humano... por primera vez, pude entender en su magnitud el significado de soledad. Vi en ese momento, que incluso en la muerte hay vida, y que si en verdad existen los vivos, ellos también están muertos por dentro.


N/a: Dedicado a la señorita Ale Leopard. :3

viernes, 4 de marzo de 2011

Tres de la mañana.

Tres de la mañana. Desperté. Siempre despierto en esa hora en mis sueños, y cuando despierto en la realidad, siempre me cuestiono con una taza de café, ¿por qué las tres de la mañana? No tienen nada de especial, es una hora muerta; estéril. Nada pasa, nada suena. Ni siquiera es media noche, no hay pensamientos perdidos, no hay sentimientos que llegan con horas de retraso. No hay absolutamente nada.
...así pasan los días, hasta hoy, que desperté de verdad.

Y no, no pude volverme a dormir, no intenté mucho, de hecho no fue más de un cuarto de hora, nunca me gustó dar vueltas en la cama sin propósito alguno. Las sabanas simplemente no me iban a permitir estar cómodo, y me paré.
Todo estaba frío, la madrugada misma se estaba congelando, lo sentía en mis pies entumecidos, lo sentía en el escalofrío que recorría mi espalda y en el viento gélido que pasaba por mis oídos y mis labios.
Caminé por todo el desolado lugar, con la extraña sensación que era un vampiro, que mi tiempo había pasado siglos atrás, como un viejo reloj en una casa moderna... como adorar a un Dios pagano en un pueblo católico, como un maniático despierto muy temprano en la madrugada caminando errático sin razón alguna. Ese maniático era yo.

Pero yo no era un vampiro, no era un demonio, no era un licano, no era un cadáver, no era un fantasma, no era un recuerdo, yo no era nada. Tal vez un simple humano... pero estaba muy lejos de serlo, y aún más lejos de ser incorpóreo. Era un cuadro en blanco en su mínima expresión. Yo era el aire que se respira a las tres de la mañana, que pasa por ahí sin ser notado. Que se va sin ser notado. Que nadie excepto yo puede decir que existe en este preciso momento. Pero nadie más que él puede testificar mi existencia.
Somos la nada y en la nada divagamos.

Después de acostumbrarme al frío, y a la oscuridad, y al dolor por los golpes en mis piernas con los objetos en la habitación que recibí antes de acostumbrarme a la oscuridad, caminé por toda la casa, y abrí las cortinas, y recordé que tenía ventanas. Vi por las ventanas, cinco minutos, diez minutos, después de eso ya no eran ventanas, eran un espejo de mi alma, y mi alma eran las calles. Las calles vacías, con indigentes, con animales callejeros que nadie quiere, con las hojas muertas de los árboles y la lluvia caída en horas más gráciles, en resumen, un lugar casi vacío, tan solo ocupado por todo aquello que la gente, incluso yo, prefiere evitar.
Pero que no es como el cuadro blanco, que al contrario, es más negro cada vez.

Me aparté de la imagen deprimente de la ventana, pero no cerré las cortinas. Soy perezoso. Soy olvidadizo para todo aquello que es importante para mi, soy mi enemigo, mi propio obstáculo, la meta demasiado alta para alcanzar. Soy aquél que, también es egoísta y posesivo, y por eso no ha muerto, pues no va a dejar de poseer a la vida.
Soy el único realmente dueño de su vida, soy aquél, que es vida y es muerte, y también es agua estancada. Soy las algas de la marea roja que matan lo que está a su alrededor. Soy el veneno para ratones que toman los hijos de las madres descuidadas; para ser más venenoso, debo ser mas tóxico, y para intoxicarme, ¿qué mejor que un cigarro?
Caminé hasta el comedor, cogí la caja de piel-roja, saqué un cigarrillo, siempre por el lado contrario, que se consuma como mi vida: del final hasta el principio. Yo, al igual que el indio, muero quemado primero, y me entierro en mis cenizas.

Cogí un cerillo, uno de esos de madera que suelen partirse, y después de gastar tres, te quemas el dedo. ¡Oh! Sorpresa. Prendió a la primera. Me quemé de todas formas. Encendí el cigarro quemándome las cejas con la llama de la cerilla, maldije mentalmente durante el proceso, y después boté la cerilla a donde cayera, sincronizada con la primer bocanada de humo, humo gris y vacío, con un olor que marea; el particular aroma del pielroja que tiene un toque muy particular mezclándose con el de los libros viejos. Ese olor que todos odian, que es demasiado fuerte, que hace que todos lo odien. Es una de las cosas que me gusta de esa marca en particular; el que no tiene filtro. El otro es para maricas.

Caminé lentamente hasta una silla. No estaba cansado, pero quería sentarme. Soy un hombre sedentario, que básicamente, no hace nada con su vida. Pensé en eso mientras me sentaba, y después de unas bocanadas más, vino el típico dolor en la garganta, es otra de las cosas que me gustan del pielroja. Siempre hace que esté de mal humor. Si no me quemo, me trago parte del tabaco, o me duele la garganta, o me regaña la mujer con quien salgo por su olor. Sumándose a la característica charla de todos de 'el tabaco te va a matar'. Es falso, la vida te va a matar. ¿Recuerdan? Yo poseo la vida, soy yo quien se deshace de ella.

-Escucha nena, no eres tú, soy yo. En realidad es alguien más. El otro día conocí a la Muerte, y, ella es más linda que tú, más arriesgada, más misteriosa. Esto ha durado mucho tiempo y creo que es lo mejor para los dos. Espero que sigamos siendo amigos, no importa si no me entiendes ahora, Adiós. - O algo así pensé que le iba a decir. Desvarío.

Pasados diez minutos, el cigarro también murió. No sin antes quemarme los dedos. Volví a maldecir. Estaba mareado, volvía a sentir el sueño... pensaba con claridad y eso era malo, hacemos las peores estupideces en estado de lucidez. Podría hasta pensar en rehacer mi camino, y limpiar mi alma, dejarla tan hipócritamente transparente como todos desearían verla... aunque a mi me guste oscura. Sería el perro de los deseos ajenos, y nunca se haría mi voluntad, ni en la tierra, ni en el infierno. Era momento de volver a la cama, a maldecir a las sabanas. A maldecir a la almohada, a maldecir el tiempo, y la distancia, y la ausencia, y el desgano, y al deseo. A pensar que el amor no existe, y a sentirme enamorado de aquella chica de piel muy pálida, y sentir como las hormonas me juegan malas pasadas.

Pisé la ceniza en el suelo, como piso mis sueños cada día, y me acerqué a la ventana a ver nuevamente lo que sé que no está ahí, y solo había neblina. La calle estaba llena de aire condensado como está llena mi alma del humo del cigarrillo. Deseé ver lluvia ácida, para hacer una analogía a las drogas y el alcohol que suelen ahogarla de vez en cuando. No pasó. No pasa nada de lo que deseo, y por eso deseo muchas cosas, de esa forma todo sigue igual, pues es lo único que realmente no deseo. Qué mierdero.

Cerré las cortinas, me volví a golpear con todo, volví a perder el sueño, y me volví a acostar, y una vez pude dormirme, soñé con ella, que éramos Sven y Amarilla y nos embriagábamos con vodka en una playa inexistente, que eramos bohemios en París y bebíamos vino barato haciendo poesía aún peor que la mía hasta la madrugada; que eramos perros persiguiendo gatos... fuimos leones devorando humanos, y fuimos humanos comiendo sueños.
Soñé que ella no existía, y no tenía que contradecir mis palabras sobre la bioquímica del amor cada vez que pensaba en ella. Deseé no despertar, para vivir en un mundo sin ella, por siempre extrañando algo que no existe... en ese momento desperté; desperté pensando en ella.