miércoles, 31 de agosto de 2011
domingo, 21 de agosto de 2011
Luna de mi vida
N/a: Yer jalan atthirari anni, Helga, khaleesi. ♥
Paso mis dedos por tu silueta, inalcanzable. Acaricio el vacío, idealizo en él tu presencia. Cierro mis dedos alrededor, y solo encuentro aire que huye también, quedo como al principio.
Busco el calor de un cuerpo cercano en la noche, pero solo encuentro la tórrida indiferencia de una fogata, que ilumina el bosque, en donde me encuentro perdido, buscándote.
El humo de la madera que se aleja de esta vida se alza a la inmensidad, a alcanzarte, más el insípido blanco que cubre el cielo responde en negativo, me devuelve a donde estaba, el inerte sonido de la danza entre carbones incandescentes, el bosque fundido en el olvido, y mi errático pensar.
Pasan los días, evanesces, sé que estás a mi lado, más para mis ojos eres etérea. Siento tus palabras de niebla rodeándome, me ahogan, pero no es más que viento para mis insensatos oídos humanos, que se ponen en mi contra, me traicionan, no me dejan alcanzarte.
Pasan entre mis venas, gotas amargas de sangre desteñida, aunque tu amor rodea mi ser, me cobija, mi corazón hecho de cenizas no me permite sentirlo, ni sentir el palpitar tan propio de él, enfermo, palpitar que bombea sangre blanquecina, palpitar que me debilita, me encadena a una dimensión maldita donde no puedo encontrarte, ¡oh!, luna de mi vida.
... Me aferro a tu silueta, a la luz que en campo abierto me protege, me ilumina. Te veo de lejos, infinita. Te siento arcana, te deseo corpórea, te sueño factible, más, desde mi prisión de carne y hueso, te reconozco imposible; luna de mi vida, ¡y quisiera ser un lobo!, aullarle al reflejo de tu imagen perfecta en el estanque de lágrimas perdidas, y una vez más, acaricio tu figura, invisible, y te hago dueña de lo que queda de mi vida, pues la locura me consume, me vuelve volátil; miscible.
Haces arder la sangre incolora en mi pecho, y estrangulas mi garganta con el nudo de tu ausencia, y sin embargo sigo aquí, moribundo, sin un par de alas para alcanzarte.
Solo puedo esperar, incinerado, a que la muerte me sonría, a que, como una ventisca de nieve, eleve mi alma hasta una dimensión desconocida, en donde al morir, no seas incorpórea, ni te oculte la neblina, donde, etéreos, inciertos e imposibles, podamos reunirnos, luna de mi vida.
Paso mis dedos por tu silueta, inalcanzable. Acaricio el vacío, idealizo en él tu presencia. Cierro mis dedos alrededor, y solo encuentro aire que huye también, quedo como al principio.
Busco el calor de un cuerpo cercano en la noche, pero solo encuentro la tórrida indiferencia de una fogata, que ilumina el bosque, en donde me encuentro perdido, buscándote.
El humo de la madera que se aleja de esta vida se alza a la inmensidad, a alcanzarte, más el insípido blanco que cubre el cielo responde en negativo, me devuelve a donde estaba, el inerte sonido de la danza entre carbones incandescentes, el bosque fundido en el olvido, y mi errático pensar.
Pasan los días, evanesces, sé que estás a mi lado, más para mis ojos eres etérea. Siento tus palabras de niebla rodeándome, me ahogan, pero no es más que viento para mis insensatos oídos humanos, que se ponen en mi contra, me traicionan, no me dejan alcanzarte.
Pasan entre mis venas, gotas amargas de sangre desteñida, aunque tu amor rodea mi ser, me cobija, mi corazón hecho de cenizas no me permite sentirlo, ni sentir el palpitar tan propio de él, enfermo, palpitar que bombea sangre blanquecina, palpitar que me debilita, me encadena a una dimensión maldita donde no puedo encontrarte, ¡oh!, luna de mi vida.
... Me aferro a tu silueta, a la luz que en campo abierto me protege, me ilumina. Te veo de lejos, infinita. Te siento arcana, te deseo corpórea, te sueño factible, más, desde mi prisión de carne y hueso, te reconozco imposible; luna de mi vida, ¡y quisiera ser un lobo!, aullarle al reflejo de tu imagen perfecta en el estanque de lágrimas perdidas, y una vez más, acaricio tu figura, invisible, y te hago dueña de lo que queda de mi vida, pues la locura me consume, me vuelve volátil; miscible.
Haces arder la sangre incolora en mi pecho, y estrangulas mi garganta con el nudo de tu ausencia, y sin embargo sigo aquí, moribundo, sin un par de alas para alcanzarte.
Solo puedo esperar, incinerado, a que la muerte me sonría, a que, como una ventisca de nieve, eleve mi alma hasta una dimensión desconocida, en donde al morir, no seas incorpórea, ni te oculte la neblina, donde, etéreos, inciertos e imposibles, podamos reunirnos, luna de mi vida.
martes, 2 de agosto de 2011
Historia de amor.
La vi caminando, tan linda ella, pasaba por la candelaria, la seguí. Llevaba unos audífonos blancos, como de iPod, y, al parecer, estaba sumergida en la música, caminaba sin preocupación alguna. Sin embargo, yo era cauteloso.
Caminábamos al mismo paso, ella parecía apurada, yo, parecía que medía con los pies. Era totalmente comprensible, después de todo, no era un buen sector de la ciudad para que una mujer caminara, de noche. Y, por su figura, no parecía tener edad para beber, de hecho, parecía de unos 16 años, tan rico. Yo, por otro lado, casi doblaba su edad, ya había pasado por todas las etapas que un hombre sano debe vivir, para dejar de ser sano, y, claro, yo no bajaba de degenerado, chirrete, escoria, lacra, garbimba, escoria. Desvarío.
Muchos como yo, casi como yo, también se habían fijado en ella, era una niña muy linda, pero, comprendían al verme, con la mirada fijada siempre en ella, que ya era mi presa, que no tenían nada que hacer ahí. Yo era el macho alfa de ese lugar, por supuesto. Nadie se había atrevido a interponerse en mi camino, desde el tipo al que le quite la lengua, vivo, y le pateé las bolas, mientras se desangraba por la garganta hasta morir. Después, le corté la verga, y la clavé a un poste. Salí en las noticias, desvarío.
Ella caminaba como perdida, como si la fueran a matar en cualquier momento, se oía su respiración agitada. Yo no podía dejar de fantasear con su respiración agitada, en otra locación, con las dos cabezas. Mientras mi mente y falo se regodeaban en su inmundicia, algo inesperado pasó: un habitante de la calle, un gamín cualquiera, desconocido para mí, se acercó a ella, a pedirle dinero, dándole indicaciones de no correr. Puta mierda.
Yo seguí caminando, al mismo paso, haciéndome el desentendido. Cuando él me vio y cruzamos miradas, se disculpó con la niña, acto seguido, empezó a correr. Ella, totalmente atónita, miró a su alrededor, solo me vio a mí, por supuesto. Era unas escena que carecía de sentido para ella, pero para mí, tenía todo el sentido del mundo, nada en mis planes se había alterado.
Ella balbuceó unas palabras, yo fingí no escucharla, y seguí caminando, ocultándome en la bruma, sosteniendo mis manos contra un poste, que estaba justo en la entrada de un potrero, en el barrio Egipto, el único camino disponible hacia cualquier rumbo, a menos, claro, que ella quisiera reencontrarse con el indigente, y todos los demás indigentes que se habían intimidado por mi presencia, haciendo que ella siguiese sana y salva. Caminó hacia mí, la noche me sonreía, con jubilo.
Caminó tan rápido como pudo, yo, esperé a que se adentrara, cuando iba llegando a la mitad del lugar, la parte más oscura, avancé rápidamente, con grandes zancadas, tratando de no hacer ruido. Ella no me vio, pero cuando trató de dar un paso más, aparecí.
Golpeé con fuerza moderada sus costillas, para debilitarla, y pasé mi mano sobre su hombro, tapando su boca, impidiendo que un grito de pánico y dolor arruinara todo, afortunadamente yo sabía lo que estaba haciendo. La despojé rápidamente de su chaqueta, era de cuero, negra, con cremalleras y broches plateados, que se veían a gran distancia. Abajo, tenía una blusa blanca, muy ceñida, y que marcaba a la perfección sus pechos, que, para su corta edad, no estaban nada mal. La rasgué, quedó expuesto su sujetador, ignoro el color, era oscuro en todo caso, por la reducida luz, no se veía nada más. Ella trataba de soltarse, naturalmente, sus esfuerzos incansables, pero en vano. Eso me gustaba, me generaba una erección. Una vez soltado el sujetador, un pequeño golpe seco cerca del omóplato bastó para hacerla perder el equilibrio, y procedí a tumbarla al suelo, quitando su pie de apoyo. La caída fue suave, por supuesto, yo la sujetaba, no quería ensuciar su rostro con sangre, ni barro,en cambio, estaba bañado por las lágrimas que comenzaron a fluir una vez descubrió hacia dónde iba todo esto. Era una chica perspicaz, me gustaba. Acaricié sus nalgas, y bajé su pantalón de cuerina lentamente, dejando expuestas unas delicadas bragas blancas, así que, mientras acababa de desnudarla, pasé mi pulgar sobre su coño, y acto seguido, mordió mi mano. No le dí importancia, seguí en mi labor.
Una vez estuvo todo preparado, sin ningún afán bajé la cremallera de mi pantalón, saqué mi verga, y la pasé sobre su culo un rato, solo un rato, era suave y tierno, tan hermosa, pensé. Acto seguido, besé su cuello, sentí como un escalofrío la recorría, feliz navidad, le dije, e introduje mi polla hasta el fondo, con gran dificultad. Dudé si era virgen, no encontré himen en el camino, pero por el dolor que parecía sentir, no creo que hubiese tenido una experiencia de índole sexual alguna vez. Hombre afortunado, pensé. Pocas veces puedo deleitarme con una virgen, pensé.
La faena siguió durante aproximadamente media hora, con la misma potencia que al principio, sin ninguna consideración, sin detenerme a atender su dolor, amaba esos espasmos de dolor que la recorrían, estaba enamorado de su sufrimiento, y, claro, podía hacerla sufrir más. Saqué mi polla de su vulva, y que apuntaba a la luna. Con gran dificultad, usando una sola mano, separé sus cándidas nalgas, e introduje mi verga en su ano. Las lágrimas volvieron a humedecer mis dedos, y yo estaba en el paraíso, mientras ella se quemaba en el infierno. Así es el amor, en todo caso. Seguí, no por mucho tiempo, estaba demasiado excitado, entre otras cosas, por su tristeza. Cuando estuve listo para venirme, recordé algo que había leído en internet, donkey punch, le decían, así que la golpeé con todas mis fuerzas cerca de la nuca, y, cuando el espasmo llevó a que apretara el culo, me vine, sintiéndome una vez más, en el paraíso. La noqueé, creo. No me importó, me limpié con sus bragas, y la limpié a ella también. Como estaba dormida, aproveché para morder sus tetas un rato. Me volví a excitar. Esperé a que despertara. Pasó media hora, creo, pero despertó. Si yo fuera ella, hubiese fingido que dormía, ¡ay! la inocencia.
Una vez despertó, la golpeé hasta que muriera, mientras repetía el procedimiento anterior, pero esta vez, mirándola a los ojos, y sin darle ninguna importancia a que sus gritos inundaran toda la ciudad, sin importarme que sus súplicas despertaran al mismo Dios, o al diablo. Después de todo, uno no puede amar en silencio, el amor tiene que hacer ruido, y esa era mi forma de demostrarle a aquella desconocida de piel pálida y cabello negro, que me había enamorado de su sufrimiento.
N/a: Créditos a mi querida Akinisia, de quien tomé esta frase: http://twitter.com/#!/Akinisia/status/98468156930138113
Caminábamos al mismo paso, ella parecía apurada, yo, parecía que medía con los pies. Era totalmente comprensible, después de todo, no era un buen sector de la ciudad para que una mujer caminara, de noche. Y, por su figura, no parecía tener edad para beber, de hecho, parecía de unos 16 años, tan rico. Yo, por otro lado, casi doblaba su edad, ya había pasado por todas las etapas que un hombre sano debe vivir, para dejar de ser sano, y, claro, yo no bajaba de degenerado, chirrete, escoria, lacra, garbimba, escoria. Desvarío.
Muchos como yo, casi como yo, también se habían fijado en ella, era una niña muy linda, pero, comprendían al verme, con la mirada fijada siempre en ella, que ya era mi presa, que no tenían nada que hacer ahí. Yo era el macho alfa de ese lugar, por supuesto. Nadie se había atrevido a interponerse en mi camino, desde el tipo al que le quite la lengua, vivo, y le pateé las bolas, mientras se desangraba por la garganta hasta morir. Después, le corté la verga, y la clavé a un poste. Salí en las noticias, desvarío.
Ella caminaba como perdida, como si la fueran a matar en cualquier momento, se oía su respiración agitada. Yo no podía dejar de fantasear con su respiración agitada, en otra locación, con las dos cabezas. Mientras mi mente y falo se regodeaban en su inmundicia, algo inesperado pasó: un habitante de la calle, un gamín cualquiera, desconocido para mí, se acercó a ella, a pedirle dinero, dándole indicaciones de no correr. Puta mierda.
Yo seguí caminando, al mismo paso, haciéndome el desentendido. Cuando él me vio y cruzamos miradas, se disculpó con la niña, acto seguido, empezó a correr. Ella, totalmente atónita, miró a su alrededor, solo me vio a mí, por supuesto. Era unas escena que carecía de sentido para ella, pero para mí, tenía todo el sentido del mundo, nada en mis planes se había alterado.
Ella balbuceó unas palabras, yo fingí no escucharla, y seguí caminando, ocultándome en la bruma, sosteniendo mis manos contra un poste, que estaba justo en la entrada de un potrero, en el barrio Egipto, el único camino disponible hacia cualquier rumbo, a menos, claro, que ella quisiera reencontrarse con el indigente, y todos los demás indigentes que se habían intimidado por mi presencia, haciendo que ella siguiese sana y salva. Caminó hacia mí, la noche me sonreía, con jubilo.
Caminó tan rápido como pudo, yo, esperé a que se adentrara, cuando iba llegando a la mitad del lugar, la parte más oscura, avancé rápidamente, con grandes zancadas, tratando de no hacer ruido. Ella no me vio, pero cuando trató de dar un paso más, aparecí.
Golpeé con fuerza moderada sus costillas, para debilitarla, y pasé mi mano sobre su hombro, tapando su boca, impidiendo que un grito de pánico y dolor arruinara todo, afortunadamente yo sabía lo que estaba haciendo. La despojé rápidamente de su chaqueta, era de cuero, negra, con cremalleras y broches plateados, que se veían a gran distancia. Abajo, tenía una blusa blanca, muy ceñida, y que marcaba a la perfección sus pechos, que, para su corta edad, no estaban nada mal. La rasgué, quedó expuesto su sujetador, ignoro el color, era oscuro en todo caso, por la reducida luz, no se veía nada más. Ella trataba de soltarse, naturalmente, sus esfuerzos incansables, pero en vano. Eso me gustaba, me generaba una erección. Una vez soltado el sujetador, un pequeño golpe seco cerca del omóplato bastó para hacerla perder el equilibrio, y procedí a tumbarla al suelo, quitando su pie de apoyo. La caída fue suave, por supuesto, yo la sujetaba, no quería ensuciar su rostro con sangre, ni barro,en cambio, estaba bañado por las lágrimas que comenzaron a fluir una vez descubrió hacia dónde iba todo esto. Era una chica perspicaz, me gustaba. Acaricié sus nalgas, y bajé su pantalón de cuerina lentamente, dejando expuestas unas delicadas bragas blancas, así que, mientras acababa de desnudarla, pasé mi pulgar sobre su coño, y acto seguido, mordió mi mano. No le dí importancia, seguí en mi labor.
Una vez estuvo todo preparado, sin ningún afán bajé la cremallera de mi pantalón, saqué mi verga, y la pasé sobre su culo un rato, solo un rato, era suave y tierno, tan hermosa, pensé. Acto seguido, besé su cuello, sentí como un escalofrío la recorría, feliz navidad, le dije, e introduje mi polla hasta el fondo, con gran dificultad. Dudé si era virgen, no encontré himen en el camino, pero por el dolor que parecía sentir, no creo que hubiese tenido una experiencia de índole sexual alguna vez. Hombre afortunado, pensé. Pocas veces puedo deleitarme con una virgen, pensé.
La faena siguió durante aproximadamente media hora, con la misma potencia que al principio, sin ninguna consideración, sin detenerme a atender su dolor, amaba esos espasmos de dolor que la recorrían, estaba enamorado de su sufrimiento, y, claro, podía hacerla sufrir más. Saqué mi polla de su vulva, y que apuntaba a la luna. Con gran dificultad, usando una sola mano, separé sus cándidas nalgas, e introduje mi verga en su ano. Las lágrimas volvieron a humedecer mis dedos, y yo estaba en el paraíso, mientras ella se quemaba en el infierno. Así es el amor, en todo caso. Seguí, no por mucho tiempo, estaba demasiado excitado, entre otras cosas, por su tristeza. Cuando estuve listo para venirme, recordé algo que había leído en internet, donkey punch, le decían, así que la golpeé con todas mis fuerzas cerca de la nuca, y, cuando el espasmo llevó a que apretara el culo, me vine, sintiéndome una vez más, en el paraíso. La noqueé, creo. No me importó, me limpié con sus bragas, y la limpié a ella también. Como estaba dormida, aproveché para morder sus tetas un rato. Me volví a excitar. Esperé a que despertara. Pasó media hora, creo, pero despertó. Si yo fuera ella, hubiese fingido que dormía, ¡ay! la inocencia.
Una vez despertó, la golpeé hasta que muriera, mientras repetía el procedimiento anterior, pero esta vez, mirándola a los ojos, y sin darle ninguna importancia a que sus gritos inundaran toda la ciudad, sin importarme que sus súplicas despertaran al mismo Dios, o al diablo. Después de todo, uno no puede amar en silencio, el amor tiene que hacer ruido, y esa era mi forma de demostrarle a aquella desconocida de piel pálida y cabello negro, que me había enamorado de su sufrimiento.
N/a: Créditos a mi querida Akinisia, de quien tomé esta frase: http://twitter.com/#!/Akinisia/status/98468156930138113
sábado, 18 de junio de 2011
Quimera
Somos una sociedad averiada y petulante, bifacética, somos una sociedad amorfa regida por dos principios: el morbo, y la enfermedad.
Es por eso que nuestra mirada se educa desde una edad muy temprana para seleccionar muy cuidadosamente aquello que se debe observar de cerca. Nuestros ojos son indiferentes, cortantes, mezquinos; nos rehusamos a darle atención a aquellos que ruegan desesperadamente por ella, tratando de encajar, los convertimos en aquello que después, con vanaglorio, llamamos fenómenos. Oh, sí. Subnormales, freaks, la lista de palabras denigrantes es infinita, pues para eso se nos entrenó.
El asunto cambia notablemente cuando detectamos una pizca de morbo o enfermedad, en todo caso. Nuestras miradas giran ansiosas, tratando de buscar el espectáculo bizarro que nos puedan ofrecer unos pocos infortunados. Enfermos mentales, retrasados, gente con enfermedades sexuales, mutilados, cualquier cosa es buena para entretener a nuestro irrespetuoso y sediento ser.
No importa cuán herida esté la persona con nuestra atención cortante como dagas, así es mejor, y nos deleitamos con su sufrimiento ¡Oh sí!, ¿para qué preocuparnos? Si les damos nuestra aceptación, no hay más espectáculo, pues a su vez ellos tratan de encajar, encajan entre nosotros -o ustedes- como la paria de la sociedad, como el mutante encadenado en el circo medieval.
...pero así nacimos, y así moriremos, alimentados por la obscenidad ajena, la nuestra no importa, por supuesto, la podemos esconder.
Y es que, no hay nada mejor para nosotros que, al despertar, recoger el periódico y leerlo con un café muy oscuro, y muy caliente, que nos queme para sentirnos malhumorados todo el día, y al abrir el periódico casi sin interés, encontrar en primera plana una historia muy detallada de cómo un padre violó, torturó, mató, y volvió a violar, a toda su familia, incluyendo los bebés.
Por supuesto, es un espectáculo propio del mejor titiritero, lo importante aquí no es cuán atroz haya sido el crimen, sino poner a prueba nuestra reluciente máscara de indignación, y comentarlo con todos los demás que, junto al café negro, hicieron el mismo ritual que nosotros acabamos de hacer; sin ningún tacto hacia los cuerpos profanados, dejar fluir nuestras lenguas mordaces hasta niveles nunca antes pensados, sentirnos alguien mejor, siempre y cuando, claro, sea porque somos -por fuera- intachables.
¡Oh!, los humanos... nacen como mamíferos, crecen como parásitos, y actúan como hienas, una vez se reúnen. Son una quimera, todos son una quimera, yo también soy una quimera. Muestran una desaprobación llena de odio a todo aquello que se sale del esquema de la normalidad, trazado por la moral de algún anciano senil. Por supuesto, hay que desaprobar todo comportamiento ajeno al trazado por unas leyes invisibles y hace mucho tiempo extintas, pues, si alguien se atreve a mostrarse simpatizante de la causa, es una vez más, parte del morbo y la enfermedad -mental- de la enajenación.
Deben mostrarse intachables, como hechos de cristal, no importa si existe algún delito anónimo, lo importante es lo que se muestra en la -pútrida- sociedad; pues está estipulado desde hace mucho tiempo, que no importa cuán dañado se está por dentro, lo importante es cuán buena sea esa máscara que deciden llevar, hasta que, después de un arrebato, cometan algún acto de locura que los dejen plasmados en las lenguas de paupérrima educación, de todos aquellos que alguna vez se hicieron llamar semejantes.
Es por eso que nuestra mirada se educa desde una edad muy temprana para seleccionar muy cuidadosamente aquello que se debe observar de cerca. Nuestros ojos son indiferentes, cortantes, mezquinos; nos rehusamos a darle atención a aquellos que ruegan desesperadamente por ella, tratando de encajar, los convertimos en aquello que después, con vanaglorio, llamamos fenómenos. Oh, sí. Subnormales, freaks, la lista de palabras denigrantes es infinita, pues para eso se nos entrenó.
El asunto cambia notablemente cuando detectamos una pizca de morbo o enfermedad, en todo caso. Nuestras miradas giran ansiosas, tratando de buscar el espectáculo bizarro que nos puedan ofrecer unos pocos infortunados. Enfermos mentales, retrasados, gente con enfermedades sexuales, mutilados, cualquier cosa es buena para entretener a nuestro irrespetuoso y sediento ser.
No importa cuán herida esté la persona con nuestra atención cortante como dagas, así es mejor, y nos deleitamos con su sufrimiento ¡Oh sí!, ¿para qué preocuparnos? Si les damos nuestra aceptación, no hay más espectáculo, pues a su vez ellos tratan de encajar, encajan entre nosotros -o ustedes- como la paria de la sociedad, como el mutante encadenado en el circo medieval.
...pero así nacimos, y así moriremos, alimentados por la obscenidad ajena, la nuestra no importa, por supuesto, la podemos esconder.
Y es que, no hay nada mejor para nosotros que, al despertar, recoger el periódico y leerlo con un café muy oscuro, y muy caliente, que nos queme para sentirnos malhumorados todo el día, y al abrir el periódico casi sin interés, encontrar en primera plana una historia muy detallada de cómo un padre violó, torturó, mató, y volvió a violar, a toda su familia, incluyendo los bebés.
Por supuesto, es un espectáculo propio del mejor titiritero, lo importante aquí no es cuán atroz haya sido el crimen, sino poner a prueba nuestra reluciente máscara de indignación, y comentarlo con todos los demás que, junto al café negro, hicieron el mismo ritual que nosotros acabamos de hacer; sin ningún tacto hacia los cuerpos profanados, dejar fluir nuestras lenguas mordaces hasta niveles nunca antes pensados, sentirnos alguien mejor, siempre y cuando, claro, sea porque somos -por fuera- intachables.
¡Oh!, los humanos... nacen como mamíferos, crecen como parásitos, y actúan como hienas, una vez se reúnen. Son una quimera, todos son una quimera, yo también soy una quimera. Muestran una desaprobación llena de odio a todo aquello que se sale del esquema de la normalidad, trazado por la moral de algún anciano senil. Por supuesto, hay que desaprobar todo comportamiento ajeno al trazado por unas leyes invisibles y hace mucho tiempo extintas, pues, si alguien se atreve a mostrarse simpatizante de la causa, es una vez más, parte del morbo y la enfermedad -mental- de la enajenación.
Deben mostrarse intachables, como hechos de cristal, no importa si existe algún delito anónimo, lo importante es lo que se muestra en la -pútrida- sociedad; pues está estipulado desde hace mucho tiempo, que no importa cuán dañado se está por dentro, lo importante es cuán buena sea esa máscara que deciden llevar, hasta que, después de un arrebato, cometan algún acto de locura que los dejen plasmados en las lenguas de paupérrima educación, de todos aquellos que alguna vez se hicieron llamar semejantes.
miércoles, 15 de junio de 2011
Gaspard
Existencia. Los que, como yo, estamos totalmente desligados a cualquier vínculo sentimental hacia ella, la describimos de una forma en particular: grandes contrastes. La vida y la muerte, el cielo y el mar, el fuego y el agua... todo a nuestro alrededor se basa en contrastes, si tenemos la suficiente disciplina para observar atentamente, como el cuerpo robusto de la copa rota de vino, en la que bebo ahora mismo, y el frágil y delicado reflejo inmaculado del scarbo... el scarbo incorpóreo, transparente, ebrio y juguetón, que se formaba en su espalda produciendo escalofríos, en tiempos más alegres -los de ahora son muy lúgubres-, en los que yo acariciaba su cálida piel desnuda con mis dedos, llenándome de calor en la noche más fría.
Y como de todo principio acaece un final, pasaron los días, bajó el telón.
...El calor desapareció de su cuerpo, el scarbo, murió con mis dedos, sus ojos se volvieron opacos, la vida que una vez habitó en ellos, fue robada por su sombra, que, con una vida propia con la cual podía sobrevivir sin necesidad de luz, ni de un cuerpo ajeno... la dejó sola.
Sus labios se volvieron fríos, sus manos, cada vez más pálidas. Sus dedos cada vez más tensos, y su sonrisa más forzada... ¿Era ella todavía, realmente? A veces, pensaba que era alguien más, una mujer nacida en el invierno, que no conocía la luz del sol.
...Tal vez la luz, era la que no conocía a sus ojos.
Ella se sentaba cada día, hasta el anochecer, en el mismo lugar, no musitaba palabra, no producía sonido alguno. Su cabeza girada, como esperando eso que no va a volver, se mantenía inexpresiva: sus emociones huyeron con su sombra. Ella vestía de negro, sentada en el alfeizar con ventanas ocultas bajo tablones de madera, el alfeizar era blanco, blancas eran también, las paredes a sus lados, y el techo, el pasillo... blanco era el color que representaba el vacío en su espíritu, al igual que un niño que nace muerto, nula era la única definición, para quien miraba en su alma.
Su corazón andaba a destiempo, su pulso, era errático, desquiciado, desvariante, amorfo... era el único sonido a su alrededor, y al escuchar lentamente, se percibía como, lentamente, surgía el patrón de una melodía fúnebre, la que acompañaba al gaspard, cada noche.
Sus pulgares estaban entrelazados, estáticos, una figura trémula en sus labios, de vez en cuando se arrimaba, un nudo en la garganta que gritaba por salir en forma de llanto, pero el llanto no fluía por su rostro porque sus ojos estaban secos, y él, derrotado, volvía a esconderse, cada vez más grande, dentro de aquél cuerpo vacío donde sólo él era huésped.
Parecía una silueta, de lejos. Parecía un fantasma, de cerca... solo a pocos centímetros de ella, se notaba que era corpórea, y que estaba viva, pero nadie se atrevía a perturbar el demacrado paisaje de desolación, ni la muerte se atrevía a acercarse, y por ello, conforme las lunas pasaban, cada vez más tristes, y más congeladas... ella seguía ahí, sin envejecer, sin levantarse... y apenas respirando, por inercia.
Ella permanecía inmóvil, de un negro denso como bruma, sobre un blanco espeso como neblina. Ella seguía ahí, con la esperanza de desaparecer esbozada en el filo de su mirada perdida en algún punto fijo e inexistente.
Al final, antes que el sol se congelara, y la luna fuese consumida por el fuego, de sus ojos salió una única lágrima congelada, y esa lágrima era su alma, la cual se difuminó en el viento, y escapó de la prisión que duró mil años.
Ella, sin sombra y sin alma, se convirtió lentamente en porcelana, con los labios cerrados, y la mirada apagada, seguía viviendo, por supuesto, pero al fin, y como hace mil inviernos lo había deseado, no podía sentir nada, ni el nudo en la garganta que había escapado con su alma.
N/a: Para Ruu ♥, después de once días sin escribir en este lugar.
Y como de todo principio acaece un final, pasaron los días, bajó el telón.
...El calor desapareció de su cuerpo, el scarbo, murió con mis dedos, sus ojos se volvieron opacos, la vida que una vez habitó en ellos, fue robada por su sombra, que, con una vida propia con la cual podía sobrevivir sin necesidad de luz, ni de un cuerpo ajeno... la dejó sola.
Sus labios se volvieron fríos, sus manos, cada vez más pálidas. Sus dedos cada vez más tensos, y su sonrisa más forzada... ¿Era ella todavía, realmente? A veces, pensaba que era alguien más, una mujer nacida en el invierno, que no conocía la luz del sol.
...Tal vez la luz, era la que no conocía a sus ojos.
Ella se sentaba cada día, hasta el anochecer, en el mismo lugar, no musitaba palabra, no producía sonido alguno. Su cabeza girada, como esperando eso que no va a volver, se mantenía inexpresiva: sus emociones huyeron con su sombra. Ella vestía de negro, sentada en el alfeizar con ventanas ocultas bajo tablones de madera, el alfeizar era blanco, blancas eran también, las paredes a sus lados, y el techo, el pasillo... blanco era el color que representaba el vacío en su espíritu, al igual que un niño que nace muerto, nula era la única definición, para quien miraba en su alma.
Su corazón andaba a destiempo, su pulso, era errático, desquiciado, desvariante, amorfo... era el único sonido a su alrededor, y al escuchar lentamente, se percibía como, lentamente, surgía el patrón de una melodía fúnebre, la que acompañaba al gaspard, cada noche.
Sus pulgares estaban entrelazados, estáticos, una figura trémula en sus labios, de vez en cuando se arrimaba, un nudo en la garganta que gritaba por salir en forma de llanto, pero el llanto no fluía por su rostro porque sus ojos estaban secos, y él, derrotado, volvía a esconderse, cada vez más grande, dentro de aquél cuerpo vacío donde sólo él era huésped.
Parecía una silueta, de lejos. Parecía un fantasma, de cerca... solo a pocos centímetros de ella, se notaba que era corpórea, y que estaba viva, pero nadie se atrevía a perturbar el demacrado paisaje de desolación, ni la muerte se atrevía a acercarse, y por ello, conforme las lunas pasaban, cada vez más tristes, y más congeladas... ella seguía ahí, sin envejecer, sin levantarse... y apenas respirando, por inercia.
Ella permanecía inmóvil, de un negro denso como bruma, sobre un blanco espeso como neblina. Ella seguía ahí, con la esperanza de desaparecer esbozada en el filo de su mirada perdida en algún punto fijo e inexistente.
Al final, antes que el sol se congelara, y la luna fuese consumida por el fuego, de sus ojos salió una única lágrima congelada, y esa lágrima era su alma, la cual se difuminó en el viento, y escapó de la prisión que duró mil años.
Ella, sin sombra y sin alma, se convirtió lentamente en porcelana, con los labios cerrados, y la mirada apagada, seguía viviendo, por supuesto, pero al fin, y como hace mil inviernos lo había deseado, no podía sentir nada, ni el nudo en la garganta que había escapado con su alma.
N/a: Para Ruu ♥, después de once días sin escribir en este lugar.
sábado, 4 de junio de 2011
café negro.
Sentí ganas de golpearla. La vi, y sentí ganas de descargar en ella toda mi ira acumulada, ira que ella había generado previamente -y que seguiría generando posteriormente-. Estábamos ahí, parados frente a frente, imaginé como la tiraba por la escalera, como halaba su cabello, como, con un corta uñas, laceraba su piel, tersa y cándida. Aluciné. La golpeaba en mis fantasías, mis golpes iban y venían como estruendos en una fuerte lluvia huracanada, y su sangre fluía como las gotas que acompañaban esos estruendos. La mordía, sacaba sus ojos, cortaba sus labios, quemaba sus dedos...
Entonces un sonido me trajo de vuelta a la abrumadora realidad, era ella, hablándome -aún más- disgustada, diciéndome que atendiera a sus palabras, que dejara de pensar en quién sabe qué, que no me atreviera a dejarla hablando sola. Que más me valía haberla escuchado y estar pensando en una respuesta, y por una fracción de segundo, mi mano se encaminó hacia ella, por esa milesima, todas esas fantasías se hicieron realidad, y pude saborear el sublime caos, pero una milesima después, todo volvió a ser real, y mi mano se encontraba en su cuello, acariciando con la yema del pulgar su mejilla, diciéndole te quiero, y dándole un inexpresivo pero cálido beso de despedida en los labios, para que sus reclamos desaparecieran y yo pudiera volver a fantasear con mil formas de deshacerme de ella, como cada mañana a las 7 de la mañana, justo después de un amargo café negro.
Entonces un sonido me trajo de vuelta a la abrumadora realidad, era ella, hablándome -aún más- disgustada, diciéndome que atendiera a sus palabras, que dejara de pensar en quién sabe qué, que no me atreviera a dejarla hablando sola. Que más me valía haberla escuchado y estar pensando en una respuesta, y por una fracción de segundo, mi mano se encaminó hacia ella, por esa milesima, todas esas fantasías se hicieron realidad, y pude saborear el sublime caos, pero una milesima después, todo volvió a ser real, y mi mano se encontraba en su cuello, acariciando con la yema del pulgar su mejilla, diciéndole te quiero, y dándole un inexpresivo pero cálido beso de despedida en los labios, para que sus reclamos desaparecieran y yo pudiera volver a fantasear con mil formas de deshacerme de ella, como cada mañana a las 7 de la mañana, justo después de un amargo café negro.
martes, 31 de mayo de 2011
Futilidad
Sentí ganas de disparar, cerré los ojos con fuerza, y vi como en el interior, en el negro, tan profundo, se formaba una imagen amorfa de color rojo, que comenzaba a volverse fucsia, y luego azul. Abrí los ojos, y, con la mirada distorsionada, recorrí el entorno, estaba desordenado, como lo había dejado cinco segundos atrás, antes de tratar de encontrar respuestas inexistentes en la oscuridad de mis párpados.
Acaricié el frío metal del revolver, no pesaba mucho, por alguna extraña razón, contemplé aquél negro opaco que se confundía con el de mis ojos cerrados, cada pequeño detalle... titubeé, desvarié, y acaricié el gatillo con mi índice, estaba frío, mi respiración también estaba fría, y el sudor que bajaba por mi nuca.
Pasaron unos minutos de reflexión, en los que, tal vez sin darme cuenta, me despedí de todo lo que había abandonado sin decir palabra, y de todo lo que iba a abandonar de la misma manera. Mis familiares lejanos, mis padres, mis hijos, y mis amigos, no sabrían nada de mí hasta que fuera demasiado tarde, hasta que la macabra imagen de un yo en descomposición, rodeado de insectos que, irrespetuosos y ajenos al dolor de aquellos que me quisieron, o fingían quererme, se posara fija en sus ojos.
Hice una mueca de dolor, presioné los dientes hasta que me dolieron los oídos, volví a cerrar los ojos, era demasiado cobarde para actuar con los ojos cerrados, y puse mi cabeza apuntando contra el frío techo que, indiferente, seguía ahí estático como siempre, lleno de un color blanco inexpresivo. Las lágrimas brotaron de mis ojos, pero antes que se deslizaran juguetonas hasta mis labios, presioné el gatillo.
No pasó nada, lo presioné otra vez, sonó una explosión, y de forma instintiva abrí los ojos, me encontraba con las manos pegadas al cuerpo, aprisionadas por la camisa de fuerza, sentado en un rincón de una habitación con un tedioso color blanco, con las paredes cubiertas de un material blando, pero desconocido para mí, que evitaba que me hiciera daño... más daño del que me producía el encierro, un daño mental y devastador, pero que no era letal, y por tanto no me mataba.
Estaba despertando de un sueño, un pasaje por mi subconsciente: el único sitio donde podía sentirme libre, ya que, no se me permitía abandonar ese lugar. Sin embargo, en mis sueños tampoco era libre, era la décima vez, en diez noches, que soñaba con la misma escena en la oscura habitación. Era el décimo paseo a un laberinto de futilidad, donde, al igual que en la realidad que se me había obligado a vivir, las cosas nunca salían como lo esperaba.
Acaricié el frío metal del revolver, no pesaba mucho, por alguna extraña razón, contemplé aquél negro opaco que se confundía con el de mis ojos cerrados, cada pequeño detalle... titubeé, desvarié, y acaricié el gatillo con mi índice, estaba frío, mi respiración también estaba fría, y el sudor que bajaba por mi nuca.
Pasaron unos minutos de reflexión, en los que, tal vez sin darme cuenta, me despedí de todo lo que había abandonado sin decir palabra, y de todo lo que iba a abandonar de la misma manera. Mis familiares lejanos, mis padres, mis hijos, y mis amigos, no sabrían nada de mí hasta que fuera demasiado tarde, hasta que la macabra imagen de un yo en descomposición, rodeado de insectos que, irrespetuosos y ajenos al dolor de aquellos que me quisieron, o fingían quererme, se posara fija en sus ojos.
Hice una mueca de dolor, presioné los dientes hasta que me dolieron los oídos, volví a cerrar los ojos, era demasiado cobarde para actuar con los ojos cerrados, y puse mi cabeza apuntando contra el frío techo que, indiferente, seguía ahí estático como siempre, lleno de un color blanco inexpresivo. Las lágrimas brotaron de mis ojos, pero antes que se deslizaran juguetonas hasta mis labios, presioné el gatillo.
No pasó nada, lo presioné otra vez, sonó una explosión, y de forma instintiva abrí los ojos, me encontraba con las manos pegadas al cuerpo, aprisionadas por la camisa de fuerza, sentado en un rincón de una habitación con un tedioso color blanco, con las paredes cubiertas de un material blando, pero desconocido para mí, que evitaba que me hiciera daño... más daño del que me producía el encierro, un daño mental y devastador, pero que no era letal, y por tanto no me mataba.
Estaba despertando de un sueño, un pasaje por mi subconsciente: el único sitio donde podía sentirme libre, ya que, no se me permitía abandonar ese lugar. Sin embargo, en mis sueños tampoco era libre, era la décima vez, en diez noches, que soñaba con la misma escena en la oscura habitación. Era el décimo paseo a un laberinto de futilidad, donde, al igual que en la realidad que se me había obligado a vivir, las cosas nunca salían como lo esperaba.
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