N/a: No se tomen el título en serio.
Y la vida se convirtió en la tinta de la pluma regándose en el papel, tachando las palabras que había escrito casi inconsciente, y reformando mi obra sin mi consentimiento, el mero acto de vivir se convirtió en la hoja de papel desaparecida a la mitad del desenlace de un buen libro.
Vivir era, en resumen, la sensación de inseguridad incrustada en la mitad del pecho al despertar de un sueño en el que sentía que caía a un abismo sin fin, ese abismo no era nada más que la vida; despertar no era más que una prueba que aquél sueño simbólico era una representación de mi realidad, se mimetizaban, eran uno solo, porque cuando mi cabeza golpeaba el frío y áspero fondo del abismo, justo ahí abría los ojos y me veía, vivo, fatigado; con miedo y desorientado, al igual que vine al mundo, al igual que me iré de él.
No era el hecho de vivir lo que volvía tediosa la vida, era la vida misma quien se encargaba de acabarse a si misma. Definirla y magnificarla cada segundo era, lo que realmente, la volvía despreciable. Agradecer por la inercia, celebrar esa inercia, llorar al pensar que la inercia se acaba; eso era la carga que se fatigaba a si misma y me fatigaba a mí, y me golpeaba cuando estaba mirando por una ventana como la gente corría escondiéndose del granizo; esa carrera que nunca iban a ganar.
La vida, apartándola de su mero significado no era tan mala como en realidad es, también era tener tinta en cada segundo, y escribir en cada exhalación un Haiku perfecto sobre la mera actividad enzimática, y la respiración celular, era bosquejar en un lienzo inexistente las pupilas dilatadas y saber que más que amor, simplemente era una reacción hormonal. Era más o menos, caminar por la calle con una botella de agua llena de vodka y beberla sin ningún afán, tal vez era sentir en la garganta el humo juguetón y expulsarlo muy despacio, observar cómo el aire se vuelve tóxico, blanco, pesado; intercambiar miradas con aquellos que indignados, nos recuerdan que fumar está mal, decirles con los ojos que está mal que estén respirando ahora mismo, que no deberían existir pero aún así lo hacen.
Y el tedio, el tedio era una parte esencial, era su alter-ego, su antítesis; su reflejo en el agua. Ese que nos llevaba a decisiones incomprensibles en entornos insospechados y muy seguramente llegábamos a lamentar aquella decisión, que era un poco como despertar con sangre ajena en los labios y ver que alguien se acaba de suicidar a nuestro lado, y no tener control de absolutamente nada. Esperar incansable un bus que no va a llegar, una respuesta que no existe, escuchar por horas los problemas de un desconocido que está a punto de morir.
Vivir se convirtió en estar regido por reglas más allá del entendimiento y la lógica, pensar de una manera complaciente para todos los demás, hacer las cosas porque se debía, o se acostumbraba, ser un vil niño explorador hasta los 85 años (si se tiene tan mala suerte).
Rezar para no ir a donde se encontraba alguien que no existe, y a cambio, ir al lado de otro igualmente inexistente.
Vivir era en esencia cubrir con carbón incandescente el manuscrito de tu obra maestra en un ataque psicótico; arrojar el codex gigas que te había sido confiado en un sueño a un mar de sangre, porque tu voluntad estaba atrapada por hilos de marioneta...
Afortunadamente, al morir deduje que, podía escribir con la tinta de mi propia inexistencia sobre el papel infinito de mi recuerdo profanado, la esencia misma de la lujuria y pasión de lo desconocido, embriagarme con el veneno de la prohibición, recitar con mi garganta -en vida- desgarrada los cánticos profanos que relataban la búsqueda épica de aquella llave que pudiese abrir las puertas de la muerte, y cruzarlas; y después ingerir la llave, para recordarle a la misma inercia, que ella había labrado su propio camino hacia aquella fuerza externa que me pudiese liberar de sus cuerdas de marioneta, y ahogarla junto al tiempo en mi sangre venenosa.
lunes, 4 de abril de 2011
jueves, 24 de marzo de 2011
Somnífero.
Dedicado a Naoko, pues le duele la cabeza... ♥
Él se sentó a su lado y la contempló mientras estaba acostada. Tenía la mano extendida, y sujetaba la mano de ella, eran las nueve de la noche. Ella, estaba en la cama, ya preparándose para dormir, solo faltaba el somnífero, lo había olvidado y se dispuso a pararse pero...
-No te molestes, yo iré por él -Dijo su compañero, con una voz sutil y atenta.
-No te molestes...
-No es ninguna molestia. Espérame aquí. ¿Te traigo agua?
-Si eres tan amable, muchas gracias.
-No tienes que ser tan formal; comienza a contar ovejas, no tardaré. -Concluyó él.
Acto seguido, salió de la habitación sin hacer ninguna clase de ruido, sin mirar atrás, con un paso constante, y la espalda erguida; con la mirada al frente, y el orgullo en alto.
Entró a la cocina, sin prender las luces, conocía el lugar de memoria pues había vivido con ella más de seis años, y cuando él se fue, ella no pudo volver a dormir, no sin medicamentos.
Incluso cuando él iba a visitarla y pasaba las noches, y semanas con ella, las pastillas nunca podían faltar. Ella no dormía para poder pensar más en la falta que él le hacía, y cuando estuvo de vuelta, comenzó a pensar en la falta que le hizo y en los errores inexistentes que hicieron que se alejara.
Sacó el vaso de cristal de una puerta de madera guiándose únicamente por sus recuerdos, todo estaba oscuro. Lo sostuvo y abrió la llave a su mínima potencia, para no generar ningún ruido que pudiese perturbarla a ella. Llenó el vaso lentamente con la mirada fija en el grifo de metal, con mucha paciencia, y con una sonrisa apenas dibujada y muy borrosa en su rostro, una vez terminó de llenarlo pasó los dedos por la llave, apenas la rozó, y el agua dejó de caer. Con la mano libre se acarició el cabello y lo retiró de su rostro acomodándolo detrás de sus oídos, aunque volvería a la posición original después de unos minutos.
Él, le decía a ella que la amaba, que la seguía amando, y todos le creían, ella también le creía a pesar de todo el pasado oscuro que (literalmente) no la dejaba dormir en las noches. Y él también creía desde lo más profundo de su corazón gangrenado y rodeado por hiedra venenosa que la amaba, que la amaba a su manera.
Se detuvo en el comedor, y sacó un frasco de plástico de su maleta, que estaba en la silla que daba contra la puerta, la misma silla en la que siempre había estado. La cerró sin hacer ruido, y la metió en el bolsillo de su pantalón, fijándose que no hiciera ruido con las llaves.
-¿En qué lugar tienes las píldoras? -Preguntó.
-En el baño, al lado del grifo, es el único frasco que hay, es de color naranja traslucido. -Respondió ella somnolienta.
Él se apresuró a entrar, abriendo la puerta con sutileza como un gato caminando en los tejados, y destapó el tarro con cuidado, y sacó el de su bolsillo, depositó varias píldoras en aquél que se encontraba en el baño, y dejó una para ella, y volvió a guardar el frasco, con el mismo cuidado que la vez anterior.
Lo volvió a cerrar, con cuidado, cogió la píldora y entró de nuevo a la habitación, ella lo esperaba con los ojos entre-cerrados, y con una enorme sonrisa en sus labios, era sincera, pero ocultaba una enorme tristeza, la que siempre había estado ahí desde que él se fue, la que creció cuando él volvió, hasta dejarla a un paso de la muerte, pero con un perfecto estado de salud. Ella lo sentía así, pero quería aferrarse a la vida porque él estaba con ella una vez más. Por eso trataba de no llorar, y despertaba con la almohada mojada y sus labios con sabor a sal.
Él se volvió a sentar, dejó el vaso en la mesita de noche, sin pronunciar palabra, acarició su rostro, y su cabello, con mucho cuidado de no lastimarla, y besó cada uno de sus ojos, para que pudiera dormir, ella sonrió; él le cerró los ojos y le dijo que se concentrara en dormir, y le dio la píldora, ella, con la píldora en la boca comenzó a reír y...
-¡Déjame abrir los ojos, no puedo tomarme al agua acostada! -Dijo entre risas, y mordiendo un poco la píldora para no botarla.
-Tus deseos son mis ordenes.
Y la ayudó a parar, dándole el vaso y ayudándola a tomarlo hasta la última gota, pues ella decía que la píldora tenía un sabor horrible que nunca antes había sentido, y después quitándole el vaso de las manos, y poniéndolo en su lugar de nuevo.
-Es que eres demasiado mimada, en realidad. -Agregó él mientras ella hacía un puchero y volvía a su posición para dormir.
...Y puso sus labios en su sien, dijo que permanecería así hasta que se durmiera, y acarició su rostro lentamente.
-Te quiero... -Dijo ella con la voz entre cortada.
-Preocúpate por dormir y dime que me quieres de nuevo al despertar, pues no me iré de aquí.
-Pero... tú...¿Me quieres?
-Tú ya sabes la respuesta.
-...
-Pero sí, te quiero.
Ella sonrió, le gustaba oírlo siempre antes de dormir. Él sonrió también, pero su sonrisa dibujada con un lapiz demasiado fino, no duró demasiado y su rostro volvió a ser tan neutro como siempre.
Acariciando su rostro, ella finalmente se fue al reino de los sueños, mientras su alma escapaba al reino de los muertos y el oxígeno dejaba de fluir, y su piel perdía temperatura muy rápidamente. El somnífero mortal había hecho efecto, y él, sin hacer ruido, para no despertarla de su sueño mortífero, se fue muy despacio, con una nueva sonrisa dibujada con carbón.
Él decía que la amaba, y en verdad se sentía así. Sin embargo, se engañaba a sí mismo y a todos los demás como todos los mentirosos nos vemos forzados a hacer.
Él había vuelto, pues cuando se fue sólo se había llevado sus sueños y esperanzas con él, pero, él quería más, quería su vida como ella se lo había jurado frente al altar. Él había regresado para llevarse con él todo lo que le pertenecía, y ahora dejaba el lugar una vez más, desolado, mientras el cadáver que dormía plácido derramaba una última lágrima entre sueños... pero ella no iba a despertar esta vez con el gusto a sal en sus labios.
Él durmió mejor que nunca, y nunca en toda su vida volvió a dormir también, por fin, después de diez años, había matado a esa persona que odiaba desde la primera vez que besó.
Él se sentó a su lado y la contempló mientras estaba acostada. Tenía la mano extendida, y sujetaba la mano de ella, eran las nueve de la noche. Ella, estaba en la cama, ya preparándose para dormir, solo faltaba el somnífero, lo había olvidado y se dispuso a pararse pero...
-No te molestes, yo iré por él -Dijo su compañero, con una voz sutil y atenta.
-No te molestes...
-No es ninguna molestia. Espérame aquí. ¿Te traigo agua?
-Si eres tan amable, muchas gracias.
-No tienes que ser tan formal; comienza a contar ovejas, no tardaré. -Concluyó él.
Acto seguido, salió de la habitación sin hacer ninguna clase de ruido, sin mirar atrás, con un paso constante, y la espalda erguida; con la mirada al frente, y el orgullo en alto.
Entró a la cocina, sin prender las luces, conocía el lugar de memoria pues había vivido con ella más de seis años, y cuando él se fue, ella no pudo volver a dormir, no sin medicamentos.
Incluso cuando él iba a visitarla y pasaba las noches, y semanas con ella, las pastillas nunca podían faltar. Ella no dormía para poder pensar más en la falta que él le hacía, y cuando estuvo de vuelta, comenzó a pensar en la falta que le hizo y en los errores inexistentes que hicieron que se alejara.
Sacó el vaso de cristal de una puerta de madera guiándose únicamente por sus recuerdos, todo estaba oscuro. Lo sostuvo y abrió la llave a su mínima potencia, para no generar ningún ruido que pudiese perturbarla a ella. Llenó el vaso lentamente con la mirada fija en el grifo de metal, con mucha paciencia, y con una sonrisa apenas dibujada y muy borrosa en su rostro, una vez terminó de llenarlo pasó los dedos por la llave, apenas la rozó, y el agua dejó de caer. Con la mano libre se acarició el cabello y lo retiró de su rostro acomodándolo detrás de sus oídos, aunque volvería a la posición original después de unos minutos.
Él, le decía a ella que la amaba, que la seguía amando, y todos le creían, ella también le creía a pesar de todo el pasado oscuro que (literalmente) no la dejaba dormir en las noches. Y él también creía desde lo más profundo de su corazón gangrenado y rodeado por hiedra venenosa que la amaba, que la amaba a su manera.
Se detuvo en el comedor, y sacó un frasco de plástico de su maleta, que estaba en la silla que daba contra la puerta, la misma silla en la que siempre había estado. La cerró sin hacer ruido, y la metió en el bolsillo de su pantalón, fijándose que no hiciera ruido con las llaves.
-¿En qué lugar tienes las píldoras? -Preguntó.
-En el baño, al lado del grifo, es el único frasco que hay, es de color naranja traslucido. -Respondió ella somnolienta.
Él se apresuró a entrar, abriendo la puerta con sutileza como un gato caminando en los tejados, y destapó el tarro con cuidado, y sacó el de su bolsillo, depositó varias píldoras en aquél que se encontraba en el baño, y dejó una para ella, y volvió a guardar el frasco, con el mismo cuidado que la vez anterior.
Lo volvió a cerrar, con cuidado, cogió la píldora y entró de nuevo a la habitación, ella lo esperaba con los ojos entre-cerrados, y con una enorme sonrisa en sus labios, era sincera, pero ocultaba una enorme tristeza, la que siempre había estado ahí desde que él se fue, la que creció cuando él volvió, hasta dejarla a un paso de la muerte, pero con un perfecto estado de salud. Ella lo sentía así, pero quería aferrarse a la vida porque él estaba con ella una vez más. Por eso trataba de no llorar, y despertaba con la almohada mojada y sus labios con sabor a sal.
Él se volvió a sentar, dejó el vaso en la mesita de noche, sin pronunciar palabra, acarició su rostro, y su cabello, con mucho cuidado de no lastimarla, y besó cada uno de sus ojos, para que pudiera dormir, ella sonrió; él le cerró los ojos y le dijo que se concentrara en dormir, y le dio la píldora, ella, con la píldora en la boca comenzó a reír y...
-¡Déjame abrir los ojos, no puedo tomarme al agua acostada! -Dijo entre risas, y mordiendo un poco la píldora para no botarla.
-Tus deseos son mis ordenes.
Y la ayudó a parar, dándole el vaso y ayudándola a tomarlo hasta la última gota, pues ella decía que la píldora tenía un sabor horrible que nunca antes había sentido, y después quitándole el vaso de las manos, y poniéndolo en su lugar de nuevo.
-Es que eres demasiado mimada, en realidad. -Agregó él mientras ella hacía un puchero y volvía a su posición para dormir.
...Y puso sus labios en su sien, dijo que permanecería así hasta que se durmiera, y acarició su rostro lentamente.
-Te quiero... -Dijo ella con la voz entre cortada.
-Preocúpate por dormir y dime que me quieres de nuevo al despertar, pues no me iré de aquí.
-Pero... tú...¿Me quieres?
-Tú ya sabes la respuesta.
-...
-Pero sí, te quiero.
Ella sonrió, le gustaba oírlo siempre antes de dormir. Él sonrió también, pero su sonrisa dibujada con un lapiz demasiado fino, no duró demasiado y su rostro volvió a ser tan neutro como siempre.
Acariciando su rostro, ella finalmente se fue al reino de los sueños, mientras su alma escapaba al reino de los muertos y el oxígeno dejaba de fluir, y su piel perdía temperatura muy rápidamente. El somnífero mortal había hecho efecto, y él, sin hacer ruido, para no despertarla de su sueño mortífero, se fue muy despacio, con una nueva sonrisa dibujada con carbón.
Él decía que la amaba, y en verdad se sentía así. Sin embargo, se engañaba a sí mismo y a todos los demás como todos los mentirosos nos vemos forzados a hacer.
Él había vuelto, pues cuando se fue sólo se había llevado sus sueños y esperanzas con él, pero, él quería más, quería su vida como ella se lo había jurado frente al altar. Él había regresado para llevarse con él todo lo que le pertenecía, y ahora dejaba el lugar una vez más, desolado, mientras el cadáver que dormía plácido derramaba una última lágrima entre sueños... pero ella no iba a despertar esta vez con el gusto a sal en sus labios.
Él durmió mejor que nunca, y nunca en toda su vida volvió a dormir también, por fin, después de diez años, había matado a esa persona que odiaba desde la primera vez que besó.
Fact
N/a: Non an actual poem or something.
En el periodo de menos de tres meses que ha transcurrido he, casi, alcanzado la cantidad de escritos del total del año pasado. Tal vez porque comencé en Mayo, o porque, en todo caso, ahora tengo más mierda que escribir.
En todo caso antes me detenía menos a pensar en qué escribir y las letras fluían, y todo se basaba en el mismo tema. Para no entrar en clichés decidí variar un poco. Por lo menos a mí, no me ha dado el resultado que esperaba pues sigo pensando que cada escrito es una cochinada igual o mayor a la anterior.
Pero como no voy a perder el tiempo de escritura cuestionándome qué tan mal lo hice esta vez o cuan parecido es al anterior, prefiero dejarlo aquí plasmado y, compartir bien sea, con mi persona, o con algún lector ocasional que por error entró a este lugar de nadie, aquello que pasa por mi mente siempre que acabo de escribir, además, claro, de una sensación de desahogo que cada vez es menor.
Sospecho, que, como dijo alguna vez Daniel Hernandez, escribir tiene un patrón de vicio. La primera vez que lo hice (en este blog) fue todo un descubrimiento, fue casi mágico, y en verdad, sentí ganas de seguir escribiendo, sin embargo esa sensación desapareció lentamente. A veces sospecho que sigo escribiendo por simple inercia, porque mis pensamientos son demasiados y tengo que plasmarlos en algún lugar para que me causen repudio y así, nunca más vuelvan a estar presente. Otras veces pienso que, simplemente escribo, para esas tres o cuatro personas, que (creo) me leen constantemente.
Como sea.
En el periodo de menos de tres meses que ha transcurrido he, casi, alcanzado la cantidad de escritos del total del año pasado. Tal vez porque comencé en Mayo, o porque, en todo caso, ahora tengo más mierda que escribir.
En todo caso antes me detenía menos a pensar en qué escribir y las letras fluían, y todo se basaba en el mismo tema. Para no entrar en clichés decidí variar un poco. Por lo menos a mí, no me ha dado el resultado que esperaba pues sigo pensando que cada escrito es una cochinada igual o mayor a la anterior.
Pero como no voy a perder el tiempo de escritura cuestionándome qué tan mal lo hice esta vez o cuan parecido es al anterior, prefiero dejarlo aquí plasmado y, compartir bien sea, con mi persona, o con algún lector ocasional que por error entró a este lugar de nadie, aquello que pasa por mi mente siempre que acabo de escribir, además, claro, de una sensación de desahogo que cada vez es menor.
Sospecho, que, como dijo alguna vez Daniel Hernandez, escribir tiene un patrón de vicio. La primera vez que lo hice (en este blog) fue todo un descubrimiento, fue casi mágico, y en verdad, sentí ganas de seguir escribiendo, sin embargo esa sensación desapareció lentamente. A veces sospecho que sigo escribiendo por simple inercia, porque mis pensamientos son demasiados y tengo que plasmarlos en algún lugar para que me causen repudio y así, nunca más vuelvan a estar presente. Otras veces pienso que, simplemente escribo, para esas tres o cuatro personas, que (creo) me leen constantemente.
Como sea.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Confesión
Estábamos sentados en el suelo de madera, eran las tres de la mañana, y ella tenía frío. La chimenea estaba encendida, para quitar dicho frío. No había funcionado. Me ofrecí a abrazarla, pero se negó; me ofrecí a prestarle mi abrigo, sonrió. Dijo que prefería el abrazo.
-¿Entonces te abrazo? -Pregunté.
-Ya te dije antes. No.
Sonreí desanimado.
Pasaron los minutos, pasaban rápido pero yo los sentía, se nos había acabado el tema tiempo atrás. Bebíamos vino. Yo mucho más que ella, por cierto. Tenía la misma copa hace una hora y recién iba por la mitad. Yo ya me había acabado una botella, estaba mareado. No por el vino, en todo caso me miraba su sonrisa indiferente y su mirada iluminada por el fuego.
Nuestras miradas se cruzaban ocasionalmente, mientras hablábamos, hablábamos poco, nos mirábamos menos. Esta vez, era, extrañamente, menos incómodo que las anteriores. Me sentía feliz con ella, las conversaciones a solas, sin embargo, nunca fueron ni fluidas, ni confortables. Excepto si habían chistes de por medio, pero esta vez no era así.
-Oye. -Susurré.
-Dime.
-¿Qué pasa, si te digo que te quiero?
-Te mato. Es inadmisible que digas tal atrocidad.
-Entonces mátame, porque te quiero -Dije, sintiendo que hormigas guerreras devoraban mi garganta, y tejían un nudo con los restos.
Ella abandonó su lugar cálido al lado de la chimenea. Yo no sabía qué pasaba. Volvió con algo en sus manos, yo miraba que el cielo se estaba aclarando, por la ventana.
-Shhh, no digas palabra. -Susurró con sus labios apoyados en mi oído.
Me estremecí. Sus labios estaban helados. Lentamente puso un dedo, de forma vertical, sobre mis labios, sus manos siempre estaban frías, esta vez, no era la excepción.
Lentamente retiró la mano, y comenzó a cortar mi chaqueta, de abajo para arriba, por la línea de la columna; después la camiseta. El frío era impresionante, como si la chimenea no existiese, como si nada aparte del metal frío e indiferente de las tijeras (y sus labios) estuviese presente en ese momento.
Después de pasados varios segundos, puso su mano fría en mi espalda, cerca del pulmón, aferrándose, estaba helada, pero el frío desapareció rápido, cuando, el tibio ardor en mi espalda comenzó a fluir. Ella estaba cortándola con una daga, de abajo hacia arriba una vez más, siguiendo la figura de mis vertebras, lo hacía suave, y muy despacio. No era una herida mortal, ni mucho menos, pero salieron algunas gotas de sangre que ella esparció con su mano por mi espalda. Una vez llegó al cuello, posó el filo de la daga contra mi garganta, tragué saliva, pero no pasó nada.
-¿Qué pasa? -Pregunté, vamos, mátame.
No hubo respuesta. Ella lamió un poco de la sangre de mi espalda, y apoyándose con su mano libre, se giró hasta estar frente a mí. Sin quitar nunca la daga de mi cuello. Después, con su mano libre, levantó mi rostro y posó su frente contra la mía. No musitaba palabra, respiraba el aire ebrio y fatigado al rededor del lugar, todavía vacío.
Acarició mi rostro lentamente con su mano, sintiendo mi agitación, jugando un poco con mi barba. Volvió a poner sus dedos en mi boca, y la cerró lentamente, hizo presión para que permaneciera cerrada, y quieta. Muy despacio, quitó la daga de mi cuello, y trémula, dejó la punta contra mis labios, temblando cada vez más, cortó en una linea vertical, ambos labios. La herida era ligeramente profunda, exhalé apenas terminó, ella botó la daga al suelo, el sonido contra la madera devolvió instantáneamente todo cuanto estuvo en la habitación antes, a nuestros ojos somnolientos.
La sangre bajó de mi rostro con rapidez manchando mi piel, mientras ella quitaba su mano de mi boca y contorneaba mi rostro con sus dedos ensangrentados. Acercó, sin afán, sus labios a la herida, y los dejó quietos en el lugar donde aún salía sangre, una vez más, lamió de forma sutil, la herida, solo una vez, y después quitó su rostro y su mano de la cercanía del mío. Se puso de pie, y me tendió la mano, ayudándome a parar.
-Vámonos a dormir, -dijo ella, con la voz entre cortada, el licor ha hecho efecto, y ya casi ha salido el sol, y tú debes morir mientras la luna está ahí para presenciarlo.
Atónito, obedecí, sin pronunciar palabra me dirigí a la habitación, con la mirada perdida y la respiración agitada; viendo su imagen distorsionada desaparecer; sintiendo aún sus labios quemando mis heridas; dejando a mi paso las gotas de sangre con sabor a vino envenenado.
-¿Entonces te abrazo? -Pregunté.
-Ya te dije antes. No.
Sonreí desanimado.
Pasaron los minutos, pasaban rápido pero yo los sentía, se nos había acabado el tema tiempo atrás. Bebíamos vino. Yo mucho más que ella, por cierto. Tenía la misma copa hace una hora y recién iba por la mitad. Yo ya me había acabado una botella, estaba mareado. No por el vino, en todo caso me miraba su sonrisa indiferente y su mirada iluminada por el fuego.
Nuestras miradas se cruzaban ocasionalmente, mientras hablábamos, hablábamos poco, nos mirábamos menos. Esta vez, era, extrañamente, menos incómodo que las anteriores. Me sentía feliz con ella, las conversaciones a solas, sin embargo, nunca fueron ni fluidas, ni confortables. Excepto si habían chistes de por medio, pero esta vez no era así.
-Oye. -Susurré.
-Dime.
-¿Qué pasa, si te digo que te quiero?
-Te mato. Es inadmisible que digas tal atrocidad.
-Entonces mátame, porque te quiero -Dije, sintiendo que hormigas guerreras devoraban mi garganta, y tejían un nudo con los restos.
Ella abandonó su lugar cálido al lado de la chimenea. Yo no sabía qué pasaba. Volvió con algo en sus manos, yo miraba que el cielo se estaba aclarando, por la ventana.
-Shhh, no digas palabra. -Susurró con sus labios apoyados en mi oído.
Me estremecí. Sus labios estaban helados. Lentamente puso un dedo, de forma vertical, sobre mis labios, sus manos siempre estaban frías, esta vez, no era la excepción.
Lentamente retiró la mano, y comenzó a cortar mi chaqueta, de abajo para arriba, por la línea de la columna; después la camiseta. El frío era impresionante, como si la chimenea no existiese, como si nada aparte del metal frío e indiferente de las tijeras (y sus labios) estuviese presente en ese momento.
Después de pasados varios segundos, puso su mano fría en mi espalda, cerca del pulmón, aferrándose, estaba helada, pero el frío desapareció rápido, cuando, el tibio ardor en mi espalda comenzó a fluir. Ella estaba cortándola con una daga, de abajo hacia arriba una vez más, siguiendo la figura de mis vertebras, lo hacía suave, y muy despacio. No era una herida mortal, ni mucho menos, pero salieron algunas gotas de sangre que ella esparció con su mano por mi espalda. Una vez llegó al cuello, posó el filo de la daga contra mi garganta, tragué saliva, pero no pasó nada.
-¿Qué pasa? -Pregunté, vamos, mátame.
No hubo respuesta. Ella lamió un poco de la sangre de mi espalda, y apoyándose con su mano libre, se giró hasta estar frente a mí. Sin quitar nunca la daga de mi cuello. Después, con su mano libre, levantó mi rostro y posó su frente contra la mía. No musitaba palabra, respiraba el aire ebrio y fatigado al rededor del lugar, todavía vacío.
Acarició mi rostro lentamente con su mano, sintiendo mi agitación, jugando un poco con mi barba. Volvió a poner sus dedos en mi boca, y la cerró lentamente, hizo presión para que permaneciera cerrada, y quieta. Muy despacio, quitó la daga de mi cuello, y trémula, dejó la punta contra mis labios, temblando cada vez más, cortó en una linea vertical, ambos labios. La herida era ligeramente profunda, exhalé apenas terminó, ella botó la daga al suelo, el sonido contra la madera devolvió instantáneamente todo cuanto estuvo en la habitación antes, a nuestros ojos somnolientos.
La sangre bajó de mi rostro con rapidez manchando mi piel, mientras ella quitaba su mano de mi boca y contorneaba mi rostro con sus dedos ensangrentados. Acercó, sin afán, sus labios a la herida, y los dejó quietos en el lugar donde aún salía sangre, una vez más, lamió de forma sutil, la herida, solo una vez, y después quitó su rostro y su mano de la cercanía del mío. Se puso de pie, y me tendió la mano, ayudándome a parar.
-Vámonos a dormir, -dijo ella, con la voz entre cortada, el licor ha hecho efecto, y ya casi ha salido el sol, y tú debes morir mientras la luna está ahí para presenciarlo.
Atónito, obedecí, sin pronunciar palabra me dirigí a la habitación, con la mirada perdida y la respiración agitada; viendo su imagen distorsionada desaparecer; sintiendo aún sus labios quemando mis heridas; dejando a mi paso las gotas de sangre con sabor a vino envenenado.
lunes, 21 de marzo de 2011
Pensamiento reflejo
...Entonces parpadeé y después de un simple suspiro la vida se convirtió en disfrutar del frío a tu lado en las madrugadas, cayéndome de sueño pero quedándome despierto para verte sonreír, y oír las palabras somnolientas que musitabas inconsciente en la noche congelada, y dormirme sin notarlo; soñar que juego con tu cabello y acaricio tu rostro, y ver al despertar, que eras la noche de celestes solitarios.
domingo, 20 de marzo de 2011
Veneno.
N/a: Inspirado y dedicado a la señorita Ale Leopard. ♥
Solía mirarla a distancia, a veces era un movimiento mecánico, como de inercia. Cuando me daba cuenta, estaba mirándola sin razón, muchas veces no podía recordar cuando mis ojos pasaban de estar fijos en la nada, a estar fijos en ella, que estaba rodeada por el enigma; mirarla a ella era como mirar al cielo cuando se encuentra despejado en las noches, y buscar estrellas invisibles, y perderse en la inmensidad.
La miraba, buscaba algo que estaba ahí pero era invisible, o al menos; oculto para mis ojos, y sin embargo podía sentirlo, era casi táctil.
Ella solía caminar a paso lento, de forma grácil, despreocupada. Dejaba impregnado con su esencia cada lugar por el cual pasaba. Cuando acariciaba una flor, esta moría tiempo después por la gran depresión que le producía el estar lejos de ella; pues cautivaba cada ser viviente con el que tenía contacto.
Los girasoles ignoraban el astro de fuego en el cielo, cuando ella estaba cerca, para, en cambio, absorber toda su esencia etérea; y se llenaban de su silencio y el recuerdo de sus ojos entre cerrados.
Solía pasear por parajes inhóspitos, siempre descalza, sentía el frío, y la tierra áspera; o el hielo, y entonces suspiraba. Sus suspiros parecían teñir el aire a su paso; como de un color violeta, y el lugar entero quedaba teñido de lujuria; sus labios pálidos y ligeramente húmedos, se abrían muy lento, se seguían rozando; era solo una pequeña apertura por la cual escapaba el oxígeno que, al salir, se teñía, y muy despacio volvían a cerrarse totalmente, mientras todo cuanto estuviese cerca se estremecía, en silencio, para no perturbar el equilibrio de aquel instante, que, efímero y trémulo, se desvanecía y, igualmente en silencio, llenaba el vacío con su ausencia, y todo se volvía gris a su paso, pues al igual que las flores; el entorno la extrañaba.
Su cabello era acariciado por el viento, se confundía con el cielo oscurecido de la noche triste. Se movía, errático; tapaba su rostro, solía meterse entre sus labios. Ella jugaba con él, mientras caminaba, lo movía suavemente entre sus dedos, como un gato jugando con estambre. Estaba hecho de seda, y brillaba bajo la luz de la luna y las estrellas.
Ella simplemente sonreía, sacaba el cabello de sus labios, el cual, inquieto y mecido por el viento, se rehusaba a quedarse entre sus manos, o en su espalda. Cuando sonreía sus ojos se entrecerraban, y sus cejas se arqueaban, y una vez más el ambiente se llenaba de esa sensación indescriptible, pero encantadora, que producían sus suspiros.
Sus ojos, parecían absorber la luz que los tocaba. Nada se veía en ellos, ni siquiera el reflejo de de las luciérnagas que, juguetonas, bailaban a su alrededor. Iluminaban su rostro de amarillo, su pálida piel de nieve se teñía por el brillo de las luciérnagas, sin embargo, sus ojos no reflejaban nada. Aunque, cuando sonreía, ellos emanaban felicidad.
Su mano derecha jugaba con su cabello, con los animales; con el viento, con sus labios. Era tersa y congelada, como el agua de las lagunas, y demasiado gentil. Sus labios, estaban teñido por el veneno de las plantas, un veneno mortal, el cual besaría sin dudarlo, pues era ése su mayor encanto. Ella era la muerte que rondaba alrededor de mí, nos buscábamos, como busca un lobo la luz fría de la luna. Sin embargo, siempre que estábamos cerca, se alejaba sin musitar palabra.
Su mano izquierda cargaba un puñal; la hoja estaba encantada con sus suspiros y sus lágrimas; el puñal era para asesinarme, aunque yo sabía, que iba a morir primero por sus labios... o por su ausencia.
Solía mirarla a distancia, a veces era un movimiento mecánico, como de inercia. Cuando me daba cuenta, estaba mirándola sin razón, muchas veces no podía recordar cuando mis ojos pasaban de estar fijos en la nada, a estar fijos en ella, que estaba rodeada por el enigma; mirarla a ella era como mirar al cielo cuando se encuentra despejado en las noches, y buscar estrellas invisibles, y perderse en la inmensidad.
La miraba, buscaba algo que estaba ahí pero era invisible, o al menos; oculto para mis ojos, y sin embargo podía sentirlo, era casi táctil.
Ella solía caminar a paso lento, de forma grácil, despreocupada. Dejaba impregnado con su esencia cada lugar por el cual pasaba. Cuando acariciaba una flor, esta moría tiempo después por la gran depresión que le producía el estar lejos de ella; pues cautivaba cada ser viviente con el que tenía contacto.
Los girasoles ignoraban el astro de fuego en el cielo, cuando ella estaba cerca, para, en cambio, absorber toda su esencia etérea; y se llenaban de su silencio y el recuerdo de sus ojos entre cerrados.
Solía pasear por parajes inhóspitos, siempre descalza, sentía el frío, y la tierra áspera; o el hielo, y entonces suspiraba. Sus suspiros parecían teñir el aire a su paso; como de un color violeta, y el lugar entero quedaba teñido de lujuria; sus labios pálidos y ligeramente húmedos, se abrían muy lento, se seguían rozando; era solo una pequeña apertura por la cual escapaba el oxígeno que, al salir, se teñía, y muy despacio volvían a cerrarse totalmente, mientras todo cuanto estuviese cerca se estremecía, en silencio, para no perturbar el equilibrio de aquel instante, que, efímero y trémulo, se desvanecía y, igualmente en silencio, llenaba el vacío con su ausencia, y todo se volvía gris a su paso, pues al igual que las flores; el entorno la extrañaba.
Su cabello era acariciado por el viento, se confundía con el cielo oscurecido de la noche triste. Se movía, errático; tapaba su rostro, solía meterse entre sus labios. Ella jugaba con él, mientras caminaba, lo movía suavemente entre sus dedos, como un gato jugando con estambre. Estaba hecho de seda, y brillaba bajo la luz de la luna y las estrellas.
Ella simplemente sonreía, sacaba el cabello de sus labios, el cual, inquieto y mecido por el viento, se rehusaba a quedarse entre sus manos, o en su espalda. Cuando sonreía sus ojos se entrecerraban, y sus cejas se arqueaban, y una vez más el ambiente se llenaba de esa sensación indescriptible, pero encantadora, que producían sus suspiros.
Sus ojos, parecían absorber la luz que los tocaba. Nada se veía en ellos, ni siquiera el reflejo de de las luciérnagas que, juguetonas, bailaban a su alrededor. Iluminaban su rostro de amarillo, su pálida piel de nieve se teñía por el brillo de las luciérnagas, sin embargo, sus ojos no reflejaban nada. Aunque, cuando sonreía, ellos emanaban felicidad.
Su mano derecha jugaba con su cabello, con los animales; con el viento, con sus labios. Era tersa y congelada, como el agua de las lagunas, y demasiado gentil. Sus labios, estaban teñido por el veneno de las plantas, un veneno mortal, el cual besaría sin dudarlo, pues era ése su mayor encanto. Ella era la muerte que rondaba alrededor de mí, nos buscábamos, como busca un lobo la luz fría de la luna. Sin embargo, siempre que estábamos cerca, se alejaba sin musitar palabra.
Su mano izquierda cargaba un puñal; la hoja estaba encantada con sus suspiros y sus lágrimas; el puñal era para asesinarme, aunque yo sabía, que iba a morir primero por sus labios... o por su ausencia.
martes, 15 de marzo de 2011
La leyenda de la luna sangrante.
Existió una vez, en las lejanas tierras árticas, en una era ya olvidada, una doncella descendiente de los imponentes dragones nórdicos.
Vivía en una casa alejada de todo, en un lugar con un clima tan bajo que ningun otro humano podría sobrevivir, así que vivía totalmente sola.
Era una casita de leña sin ninguna clase de lujo, solo para protegerla de los vientos torrenciales que solían azotar la sima de la montaña. Aún así, y debido a todo el tiempo libre que tenía, la casa estaba bellamente decorada, ella misma había hecho las decoraciones con un cuchillo. Había tallado sobre la madera la imagen de una cascada, y cerca a su cama habían ramificaciones de rosas de todo tipo, menos los tulipanes.
Constantemente limpiaba las ventanas, así podía ver el paisaje, aunque, en realidad no había mucho que ver. Todo el lugar era blanco, al menos la parte visible, aunque atrás de la casa había un lago congelado y varios robles cristalizados. La nieve se había apoderado de la mayoría de la montaña, sin embargo, no pasaba mucha a ese lugar, solo ocasionalmente, en las noches más frías.
Los robles se habían congelado generaciones más atrás, su madera era maciza y muy fuerte, así que permanecían vivos sin nada que los derrumbase. Las hojas se caían eventualmente, y aún así, siempre volvían a crecer; las hojas eran de vidrio y cuando caían se rompían por todo el lugar; los árboles, por ende, tenían a su alrededor una peligrosa trampa que, más de una vez, había lastimado a la doncella que, llena de curiosidad, había tratado de internarse en el bosque.
No había ningún ser viviente en todo el lugar, ninguno, además de ella; era la luna su única amiga, por lo cual, derramaba lágrimas gélidas cada mañana, causada por su inmensa soledad. Solía esperar paciente, durante las incontables horas, a que llegara el devastador anochecer, pues podía hablar con la luna hasta el amanecer. Una vez llegado, entre lágrimas se despedían, y el ciclo volvía a comenzar, cada día era irremediablemente igual; en un tiempo tan lejano que aún los días no tenían nombre, y el invierno reinaba durante todo el año, era el amo y señor de la tierra; todo era de él y de su mortífero abrazo helado.
Cerca del lago solían crecer tulipanes azules, que eventualmente, cuando las gotas de rocío aparecían lentamente, se congelaban, muy despacio. Ella siempre estaba sentada en el alfeizar, miraba con una leve sonrisa como, uno por uno se iba cubriendo de hielo, eran ellos lo único que alegraban sus días; por lo cual, a pesar de la desolada realidad que había tenido que vivir, aún seguía sonriendo de vez en cuando, y secando sus lagrimas casi congeladas.
De vez en cuando salía de la casa para ir a ver las rosas, pero nuevamente, volvía a lastimarse, pues el césped también estaba hecho de cristales rotos, aún así, ella con gusto derramaba la sangre en el lugar, para sentir la vida cerca aunque fuese por un momento. Su sangre escarlata teñía todo el lugar, y se diluía lentamente; la sangre se deslizaba hasta llegar al lago, y entonces él también se pintaba de un tenue color rojizo.
Después de aquellos días en los que, agobiada por su inagotable soledad, iba a ver a los tulipanes; tenía que esperar pacientemente a que todas sus heridas cerraran, alejada también de la luna y de la ventana, sumida aún más en el oscuro vórtice que consumía su alma inmortal.
Así pasaban los días, los meses y los años; ella, agotada, seguía mirando en la ventana. Sus ojos grises, siempre agotados, siempre llenos de lágrimas, las cuales de vez en cuando se deslizaban por su piel pálida como el entorno que la rodeaba, su cabellera solía moverse con el viento, tapando su rostro de vez en cuando; era roja pues se había teñido con la sangre que incontables veces derramó cerca de los tulipanes congelados. Congelados como su alma y su corazón; congelados como el aire que respiraba sin otra razón que la inercia, congelados como las nubes que ocultaban a las estrellas, congelados... como el tiempo que llevaba sobre sus hombros inmortales.
A veces, del cielo caía granizo; aquél granizo golpeaba la tierra como meteoros, y destruía el césped y las hojas de los robles, y rompía muy lentamente los tulipanes congelados. Ella observaba desde la ventana, sintiendo que se partía su corazón, cuando, irremediablemente uno a uno se rompía hasta volverse polvo que volaba en la atmósfera. Ella lloraba lágrimas de sangre cada vez que esto sucedía, pues, sentía que hasta las flores la abandonaban. La luna oía sus sollozos, y cada vez que pasaba esto, ella lloraba también, pintada de carmesí. Así ha transcurrido por siempre su vida de soledad, desde los tiempos antes de la luz hasta la actualidad.
Se dice que cuando la luna se levanta teñida por el carmín, está consolando a la princesa, que llora amargas lágrimas de sangre por los tulipanes que se rompen al unísono con su corazón.
----------------
N/a: Dedicado a Naoko ♥ Te amo~ <3
Vivía en una casa alejada de todo, en un lugar con un clima tan bajo que ningun otro humano podría sobrevivir, así que vivía totalmente sola.
Era una casita de leña sin ninguna clase de lujo, solo para protegerla de los vientos torrenciales que solían azotar la sima de la montaña. Aún así, y debido a todo el tiempo libre que tenía, la casa estaba bellamente decorada, ella misma había hecho las decoraciones con un cuchillo. Había tallado sobre la madera la imagen de una cascada, y cerca a su cama habían ramificaciones de rosas de todo tipo, menos los tulipanes.
Constantemente limpiaba las ventanas, así podía ver el paisaje, aunque, en realidad no había mucho que ver. Todo el lugar era blanco, al menos la parte visible, aunque atrás de la casa había un lago congelado y varios robles cristalizados. La nieve se había apoderado de la mayoría de la montaña, sin embargo, no pasaba mucha a ese lugar, solo ocasionalmente, en las noches más frías.
Los robles se habían congelado generaciones más atrás, su madera era maciza y muy fuerte, así que permanecían vivos sin nada que los derrumbase. Las hojas se caían eventualmente, y aún así, siempre volvían a crecer; las hojas eran de vidrio y cuando caían se rompían por todo el lugar; los árboles, por ende, tenían a su alrededor una peligrosa trampa que, más de una vez, había lastimado a la doncella que, llena de curiosidad, había tratado de internarse en el bosque.
No había ningún ser viviente en todo el lugar, ninguno, además de ella; era la luna su única amiga, por lo cual, derramaba lágrimas gélidas cada mañana, causada por su inmensa soledad. Solía esperar paciente, durante las incontables horas, a que llegara el devastador anochecer, pues podía hablar con la luna hasta el amanecer. Una vez llegado, entre lágrimas se despedían, y el ciclo volvía a comenzar, cada día era irremediablemente igual; en un tiempo tan lejano que aún los días no tenían nombre, y el invierno reinaba durante todo el año, era el amo y señor de la tierra; todo era de él y de su mortífero abrazo helado.
Cerca del lago solían crecer tulipanes azules, que eventualmente, cuando las gotas de rocío aparecían lentamente, se congelaban, muy despacio. Ella siempre estaba sentada en el alfeizar, miraba con una leve sonrisa como, uno por uno se iba cubriendo de hielo, eran ellos lo único que alegraban sus días; por lo cual, a pesar de la desolada realidad que había tenido que vivir, aún seguía sonriendo de vez en cuando, y secando sus lagrimas casi congeladas.
De vez en cuando salía de la casa para ir a ver las rosas, pero nuevamente, volvía a lastimarse, pues el césped también estaba hecho de cristales rotos, aún así, ella con gusto derramaba la sangre en el lugar, para sentir la vida cerca aunque fuese por un momento. Su sangre escarlata teñía todo el lugar, y se diluía lentamente; la sangre se deslizaba hasta llegar al lago, y entonces él también se pintaba de un tenue color rojizo.
Después de aquellos días en los que, agobiada por su inagotable soledad, iba a ver a los tulipanes; tenía que esperar pacientemente a que todas sus heridas cerraran, alejada también de la luna y de la ventana, sumida aún más en el oscuro vórtice que consumía su alma inmortal.
Así pasaban los días, los meses y los años; ella, agotada, seguía mirando en la ventana. Sus ojos grises, siempre agotados, siempre llenos de lágrimas, las cuales de vez en cuando se deslizaban por su piel pálida como el entorno que la rodeaba, su cabellera solía moverse con el viento, tapando su rostro de vez en cuando; era roja pues se había teñido con la sangre que incontables veces derramó cerca de los tulipanes congelados. Congelados como su alma y su corazón; congelados como el aire que respiraba sin otra razón que la inercia, congelados como las nubes que ocultaban a las estrellas, congelados... como el tiempo que llevaba sobre sus hombros inmortales.
A veces, del cielo caía granizo; aquél granizo golpeaba la tierra como meteoros, y destruía el césped y las hojas de los robles, y rompía muy lentamente los tulipanes congelados. Ella observaba desde la ventana, sintiendo que se partía su corazón, cuando, irremediablemente uno a uno se rompía hasta volverse polvo que volaba en la atmósfera. Ella lloraba lágrimas de sangre cada vez que esto sucedía, pues, sentía que hasta las flores la abandonaban. La luna oía sus sollozos, y cada vez que pasaba esto, ella lloraba también, pintada de carmesí. Así ha transcurrido por siempre su vida de soledad, desde los tiempos antes de la luz hasta la actualidad.
Se dice que cuando la luna se levanta teñida por el carmín, está consolando a la princesa, que llora amargas lágrimas de sangre por los tulipanes que se rompen al unísono con su corazón.
----------------
N/a: Dedicado a Naoko ♥ Te amo~ <3
Suscribirse a:
Entradas (Atom)