jueves, 13 de enero de 2011

Memorias perdidas en el Palantir

Dentro de las profundidades infernales de Moria, adentro, donde nadie se había aproximado antes, muy cerca del magma fundido que rodeaba el cráneo de un Barlog que cayó hace mucho tiempo, un Palantir se ocultaba. Fue después de la destrucción del anillo cuando todo en la tierra retumbó y la piedra vidente se puso en camino.
Pasó cerca de los imponentes ríos de lava, al igual que una vez lo hizo el anillo único, descendió hasta encontrar una salida, y se encaminó hacia las afueras de la montaña.
Estuvo ahí durante incontables lunas, a la intemperie: como cobijado por un manto élfico, nadie podía verlo; ninguna criatura miraba lo suficientemente profundo... Una vez más, cosas que no debieron olvidarse pasaron a ser recuerdo. 6 de los palantiri estaban desaparecidos; en la paz de los nuevos días ya no eran de utilidad.

Inviernos después, fue cuando Frodo, hijo de Samsagaz Gamyi, el primer barón y segundo hijo, en sus viajes, encontró un objeto brillante a la orilla del Anduin, a apenas dos días de la entrada de Fangorn.
Preocupado por ojos curiosos en el cielo, y por nubes aproximándose, guardó la pesada piedra opaca pero con una luz intensa en el centro, y siguió su viaje. Fue hasta un mes después, cuando, descansando en Esgaroth decidió abrir la maleta.

'Cosas que fueron, cosas que son... y cosas que serán' dijo alguna vez la dama Galadriel cuando le mostró a Frodo, hijo de Drogo y Prímula, la imagen en el manantial, en los días oscuros de la comunidad del anillo.

Cuando miró en él, una luz como un sol adentro de un huracán inundó sus ojos. Quedó absorto ante la maravillosa y caótica visión. Después la oscuridad lo absorbió, y dentro de la bruma, fue transportado a una imagen que pronto tomó forma.

Fue en la tercera edad media, la visión de una gran sombra llevando una manta negra, desgarrada y corroída se posesionó de sus ojos. Vio dentro de la sombra, unos ojos rojos como estrellas ensangrentadas, como quien mirase a la muerte en todo su esplendor. No se veía más. Tan negro como las nubes de Mordor era aquél espectro, caminaba lentamente y todo a su paso se llenaba de tristeza. Su fuerte respiración asustaba a las aves que, en terror, huían a su paso. Su pesada armadura marcaba huellas en la tierra, no crecería nada en cada lugar que él había pisado.
Llevaba en su mano una espada larga y muy afilada. El aire sonaba a su paso como si lo cortase, y una pesada atmósfera se sentía en derredor.
Cuando la pálida luna asomó su gracia, cerca de los ojos se pudo ver un yelmo. Tenía la forma de los ojos, y una vez más, ni rastro de su cara. Afiladas púas salían de él, y un gran cuerno lo decoraba, terrible y poderoso.

Tierras cuyo nombre se había perdido mucho tiempo atrás eran las que él caminaba. Llegó a una ciudad abandonada, y entró sin la menor preocupación. Subió hasta lo más alto en el castillo, y llegó por fin al lugar que buscaba.
Fue en un gran salón lleno de libros, donde Alatar moraba, su gran capa azul contrastaba con la oscuridad del lugar. Junto al octavo Palantir se encontraba y las imagenes de Mordor se reflejaban en él.
Descuidado y desprotegido, Alatar no esperaba la llegada del rey brujo Angmar.

Rápido como una sombra se aproximó a el, y con su larga espada, atacó su báculo, dejándolo desprotegido. El gran poder de Sauron se acumulaba en su espada, y el hálito negro acompañado por un cántico en la lengua negra, le daban un poder inimaginable. El Istari no pudo hacer nada, la oscuridad lo consumía...
Un gran grito tan agudo como dos espadas chocando se escuchó saliendo del espectro. El Istari se retorcía de dolor. Era grande su poder pero en la oscuridad no era rival para el líder de los Nazgûl; que potenciado por el recuerdo del anillo, le brindaría un final próximo...

Como una estela de luz en la oscuridad, y una vez más cortando el viento, su larga espada quebrantó el trémulo aire profanado por el hálito, y se encaminó hacia el mago sin titubear...

Cortó sus vestiduras a la mitad y una armadura élfica que ocultaba tras su manto azul. Su pecho quedó desprotegido, pero la espada del Nazgûl fue quebrada por la magia de la hermosa Galadriel, que bendecía al noble mago.

Alatar suspiro pues creyó que todo había pasado... pero como una estrella fugaz seguida por un parpadeo, el rey brujo sacó una daga, con la cual perforó su corazón.
La sangre fluía de la herida mientras la hoja se volvía polvo, la magia oscura habitaba en la herida y el mago se debilitaba. La habitación con forma de hexágono se llenaba de una extraña neblina mientas las hojas de los libros se desprendían por el viento... el aleteo de un espectro alado se escuchaba en la parte de más arriba, los 8 habían llegado a secundar a su líder.

El mago se retorcía de dolor y la magia de Mordor hacía efecto en él. Con sus últimas fuerzas conscientes trató de escapar, pero era demasiado tarde... rápidamente las otras 7 espadas apuñalaron al Istari.
Aún quedaban alientos en él, la bendición de los elfos prolongaba su agonía... la sangre sagrada caía en el suelo, era profanada por el hálito de los espectros.
Lentamente y sin titubear, Khamûl salió de la tiniebla en la que estaba, en la puerta de la habitación, y desenfundando un hacha con runas en la lengua negra, decapitó al mago moribundo.

El lugar dejó de ser sagrado, la gran biblioteca estaba llena de sangre, las alas de los espectros destruían el lugar... los chillidos de victoria lo volvían terrorífico. Una vez terminada la labor, y habiendo cogido el Palantir, salieron del lugar abandonado.

Los otros 4 Istari sintieron profundo en su corazón como Alagar había muerto, acompañando en la bruma a Pallando, quien había muerto la luna anterior.
Así pues, los magos azules fracasaron en el Este.

La visión se hizo clara otra vez y Frodo salió de su trance. Ya había amanecido. Con lagrimas y perturbado, y con las manos en su cabeza, quedó impactado para siempre por lo que había visto en esa habitación.
Profundo y enterrado en la historia de la tercera edad, observó en secreto, las memorias perdidas en el Palantir.

sábado, 8 de enero de 2011

Sacrificio profano

... Una vez sonó la décimo-primera campanada, salí de la bruma y desplegué mis negras alas. Me lancé desde los abismos del fin del mundo mientras los vientos huracanados chocaban contra mi rostro. Mis largos cuernos hacían resistencia a él y creaban un sonido particularmente aterrador para todas las aves que se encontraban cerca, aunque los cuervos chillaban a mi paso, sus ojos amarillos como el cielo del atardecer ardían como fuego. Al igual que los míos, las llamas del abismo habitaban en ellos.
Mi tarea no era fácil pero sabía en donde buscar. En los restos de la catedral encontraría el ángel que cayó del cielo. cuando la diosa luna se cruzase con el sol, y el día y la noche se fundieran en uno solo, le quitaría la vida al ángel, y reclamaría como mío el firmamento.

Sería en Notre-Dame el lugar del sacrificio.
Llegué a tierra finalmente, al aterrizar me apoyé en mi rodilla izquierda y pie derecho. Caí firmemente y todo en la tierra retumbó. Quedó un gran roto en el asfalto enladrillado, estaba ardiendo. Veía las llamas infernales las cuales me habían bendecido al nacer, emanar de mis pies. La ceniza de la piedra fundida en lava del imponente Eyjafjallajökull, el lugar donde nací, dejaba una fina estela a mi paso. Todo lugar en donde pisaba quedaba con las huellas de mi ser. El cielo se estremeció; cayeron rayos. Mi sola presencia profanaba el lugar, y eso dibujaba una sonrisa enferma y retorcida en mi rostro, mis colmillos cortaban la carne bajo mis labios cuando sonreía de esta forma.

Sin dudar ni un solo segundo, me encaminé sin prisa. Aun quedaban diez minutos antes del momento destinado.
Entré por la puerta del juicio final, y sentí ahí mismo el triste intento de la luz por impedir mi paso, no pasó nada. La puerta quedó con la marca de mi sigil apenas la toqué.
Ascendí lentamente como quien llega a la muerte hasta llegar a la galería de los reyes. El poder de la luz sagrada se volvía cada vez más fuerte, pero no significaba nada para mi. Siempre la oscuridad ha triunfado, y esta no sería la excepción.
Invoqué la gracia del fuego negro, el que había cobijado a los balrog, antaño. Salió de mis ojos e incineré el lugar. Comenzó a llover en el cielo. Toda figura divina en él lamentaba la perdida que había sido, y que estaba a punto de ser. Nadie se animó a bajar a mi encuentro.
Al alcanzar el rosetón, desplegué mis alas una vez más. Grandes e imponentes, heredadas de los dragones negros, generaron una briza tórrida y cortante que destruyó el lugar, estaba a pasos de mi objetivo, y a solo dos minutos de la hora escrita en las profecías infernales.
En la galería de las quimeras, volé rápidamente hasta alcanzar la torre sur. La gracia del ángel cegó mis ojos por un momento, pero después recobré la vista y estuve listo para todo cuanto pudiese pasar.

Allí, acostada, con las manos cruzadas en el pecho, dormía hermosa e inmaculada. había un brillo en toda su piel que iluminaba la noche, pues la luna estaba teñida de sangre. Las nubes negras como mi alma, las estrellas ocultas por miedo. Ella era la única luz que brillaba en el lugar, y pronto se iba a extinguir.
Aterricé con suavidad sin dejar el menor rastro además de la ceniza en el suelo, me costaba caminar. Una vez la toqué, su gracia me quemó. No importa, era un dolor menor por un reinado eterno.

Ella despertó sobresaltada, pero no hizo el menor movimiento, miraba hacia mi con una compasión infinita; me enfermaba. sonrió y volvió a cerrar los ojos, tenía ojos grises como lunas, y el cabello blanco como la nieve le llegaba hasta la cintura.
Aún aquella sonrisa adornaba su rostro cuando llegó el momento decisivo. Suspiró, salió nieve de sus labios, se derritió al contacto con mis cuernos.
Sin dudarlo, las garras de hierro en mis dedos cortaron su cuello, con la delicadeza merecida; comenzó a sangrar. la sangre llegó a sus labios puros como un manantial y los manchó. Del cielo llovió sangre, y su cabello y piel se mancharon para siempre, ya no era santa, le había quitado el don de la inmortalidad; ya no había nada que la protegiese, pero seguía siendo la primogénita de Dios.
Con lagrimas de sangre en mis ojos, lleno de ansias y con mis colmillos desgarrando mi piel, apuñalé su pecho y saqué su corazón. Su sangre me quemaba aún más que su presencia, grité como un gran lobo herido. En ese momento, suspiró un último aliento de vida y después se desvaneció como polvo en el viento. Cenizas en fuego que quemaron el viento a su paso. El oxigeno entró en combustión y el cielo empezó a quemarse. Se quemaba rápida y gloriosamente.

Devoré rápidamente aquel corazón y me levanté del suelo lleno de una nueva fuerza, nada me detenía, y el cielo se quemaba. Volé a la velocidad del sonido hasta el cielo y salí del planeta, mientras todo se fundía en llamas y la luna lloraba desconsolada, el sol se extinguió para siempre junto a su guardiana, y las estrellas lloraron también. Cayó una lluvia de cometas en la galaxia, y la luna roja fue el nuevo sol. Las estrellas que se estrellaron formaron una nueva constelación gélida y con solo una mancha de sangre, de las cenizas que antes volaron en el cielo.

Mientras todo se destruía y sembraba la semilla del caos así en el infierno como en la tierra; descendí hasta el centro del planeta donde un trono esperaba mi llegada y una serpiente se enredaba en él. Mientras las almas mortales lloraban y creaban cánticos, y los espíritus poblaban el lugar.

La sangre de los muertos danzaba en el aire, y las estrellas caían del cielo. De la tierra manó el cáliz perdido, y lo llené con la sangre de la última humana viviente: el caos reinó para siempre en un nuevo infierno material y corpóreo, hasta el momento en el que, al igual que el sol, me convertí en cenizas y abandoné el plano de la existencia corporal.


jueves, 6 de enero de 2011

El lamento del vampiro.

El cielo se encontraba despejado, no había una sola nube en él, la luna ya resplandecía, siempre se aproximaba a mi, siempre sabía qué iba a pasar mucho tiempo antes que sucediera. Era una gran luna llena escarlata, tenía el color de la sangre. Sabía que esta noche alguien más iba a morir.
Como una sombra caminé sin atraer mirada alguna en las frías y solitarias calles de Londres.

Nada llamó mi atención esta vez, no había nada fuera de lo común. Mujeres tristes, borrachos... los árboles.
Deambulé alrededor de una hora por la ciudad. ¿Sería una equivocación? ¿Acaso existía otro como yo, otro ángel de la oscuridad? No... era imposible, no fui el primero, pero estaba seguro que había sido el último. El único sobreviviente, a quien el tiempo no llevó a la muerte, a quien el tiempo no le causó la desesperación suficiente para ser quemado por el sol.

Perdido en mis pensamientos, por fin vi algo que llamó mi atención. Era una mujer que caminaba sola. Por su contextura y estatura deduje que tendría quince o diecisiete años... Era apenas una niña, y aún así nada me había atraído tanto desde la noche en que drené a mi prometida, tres siglos atrás.

Tenía la piel demasiado pálida... parecía que estuviese muerta, estaba de espalda a mi, solo veía sus brazos y piernas, su fino cabello café que llegaba hasta unos centímetros más allá del cuello cubría su nuca...
Como guiado por una voz que habitaba en mi mente me dirigí a ella sin importarme si mis pasos ya no eran delicados, si todos podían verme; si prenderían llamas en mi presencia y me llevarían a la muerte en una hoguera. Solo esa imagen como onírica e irreal importaba ahora. Solo aquella musa que parecía de otra realidad.

Sin que ella lo notase posé mi mano derecha sobre sus labios para que no gritara y la llevé a lo alto de un edificio de un solo salto. No pesaba nada... parecía una pluma a mis manos gélidas e inmortales, y en cambio sus labios estaban tan cálidos que me estremecí.
La sangre dejó de importar por un momento, sus labios me hechizaron, y algo como humano, como mortal... como bohemio renació en mi y la besé por un leve instante. Nunca habían sentido mis labios una sensación igual. Era como si besara la esencia misma de la vida.
Un instante después resurgió el monstruo que siempre fui, y mis labios se separaron de los de ella, observé su fino rostro como si de la diosa de la belleza se tratase y me perdí en la inmensidad de sus ojos de nether y estrellas. Como la perla más rara del universo.

Cuando reaccioné me dirigí a la pálida piel de su cuello, mis afilados colmillos perforaron en él como si una hoja de acero ardiendo tocase levemente el hielo polar.
El liquido arcano de su vida fluía por mis labios, se sentía dulce y mágico, como nada lo había sido antes en estos seiscientos años. Seguí bebiendo sin parar, estaba loco de placer, de lujuria... su corazón latía frenético aferrándose a la vida; estaba sincronizado con el mío; aunque perdía intensidad lentamente.... pronto la iba a matar y lo sabía, me aterraba la idea, pero por otro lado el éxtasis era demasiado grande. Demasiado intenso. Ella suspiró. Apretó con sus finas manos las mías fuertemente, pero no fue algo brusco; de hecho fue pasional. Mientras las ultimas gotas de aquél elixir carmesí corrían por mis labios y me llenaban de poder, de una nueva vida, me llenaban de su esencia, ella se soltó de mi con una fuerza inexplicable, casi tan pálida como la nieve se encontraba ahora... con sus labios llenos de sangre y el brillo de sus ojos desvaneciéndose, mientras los míos se iluminaban por las llamas del infierno, acercó sus labios a los míos y me dio un último beso sangriento. Después cayó muerta.

Estuve de pie frente a su cadáver por tiempo indefinido, corrió lluvia y limpió su herida. Eran las gotas más frías que había sentido... Como si el cielo llorase por su ángel caído, y le reclamase al infierno mi alma. Como el más grande hereje, como la blasfemia más grande...
Yo estupefacto solo miré a sus ojos extintos, a sus labios morados por el frío y con la sangre que aún no se desmanchaba.
Sentí que pronto saldría el sol pero no le di importancia, seguí contemplándola de todas formas. Entonces, el primer rayo de sol quemó mi rostro, y después el resto de mi cuerpo; ahí permanecí por toda la eternidad. Muerto junto a ella, mientras el cielo tocaba el requiem efímero del lamento del vampiro.

miércoles, 5 de enero de 2011

Onírica.

Cuando al fin cerré los ojos todo se llenó de oscuridad como es costumbre, pero ahí mismo algo comenzó a distraerme. No podía dormir. La supuesta oscuridad ya no existía en su absoluto, era solo el fondo de una imagen que se iba formando.
¿No se suponía que debía haber oscuridad? No entendía nada... ¿Qué eran esas siluetas de colores que danzaban; cuál era su significado?, no hubo respuesta. Simplemente un vórtice de entropía destrozando a su antojo lo que se suponía era la calma de mi mente.
No puedo precisar cuanto tiempo pasé así. Cuando por fin me acostumbré a lo que yo insistía era una molesta danza de colores debido al estrés, aunque secretamente me fascinaba, volvió a cambiar. Esta vez me condujo a la nieve, no alcancé a acostumbrarme al paisaje del invierno finlandés cuando de nuevo pasaron cosas por mi mente que no pude entender. Simplemente eran demasiado rápidas, demasiado confusas, demasiado hermosas. Y después la calma...
En dicha calma surgió una melodía en mi cabeza, era el desenlace de la balada 1 de Chopin, tal vez una de las melodías más hermosas que hubiese escuchado, la que siempre me llenaba de paz, la que pasaba por mi mente mientras escribía... Y después otra vez la oscuridad.

Habiendo estado suficiente tiempo en la oscuridad, y sin darme cuenta, después de haber comenzado a rogar en el silencio de la noche que regresaran esas imagenes, comenzaron a sonar los últimos compases de la balada, indicaban la armonía en el caos, como ver la luz del cielo en la mitad de una tormenta; y entonces, cuando el silencio volvió, comenzó desvanecerse el velo negro una vez más.
Vino a mi mente un rostro, y una vez más, no entendí. Pero no hubo tiempo para preguntas retóricas, todo mi ser se dedicó a contemplar.
Su rostro era pálido, inmaculado, su delicada piel me recordaba la nieve cuando descendía muy lentamente desde el cielo septentrional. Sus labios, eran los labios de un ángel, tersos como el cielo azul, bautizados con el misterio de la luna, puros como la primera gota de agua del universo... Arcanos como un agujero negro.
No sé cuanto tiempo pasé contemplando aquellos detalles, después, pensé tener frente a mi el universo. Pero en realidad había llegado a sus ojos. Tan profundos como el océano, tan densos como la infinidad misma, eran claros como el brillo de una galaxia lejana, de un color indescifrable, divagué sin saberlo por horas tratando de entender si eran grises como las nubes en el cielo cuando está comenzando a llover... ¿a caso eran azules como cuando se observa la tierra desde el espacio? tal vez sus ojos estaban tallados en jade... con un diamante negro adornándolos en la mitad, como si una hermosa y caótica galaxia fuese magistralmente adornada por un sol eclipsado que resplandece sin igual a pesar de su profunda oscuridad.
No tenía caso seguir; moriría antes de descubrirlo. En todo caso toda la belleza que alguna vez hubiese podido llegar a existir en esta o cualquier otra realidad se encontraba en ellos, tal vez, porque eran tan hermosos que no tenía sentido pensar en algún otro tipo de belleza, tal vez porque si existiese un Dios, su única obra posible hubiesen sido aquellos ojos; tal vez porque sus ojos mismos eran el infinito y nosotros habitábamos en ellos sin saberlo.
Y después de aquellos ojos... un cabello del color del roble; el árbol sagrado del cual viene la vida. Tan fino como el oro y delicado como si fuesen finos hilos de mithril colocados uno tras otro delicada y cuidadosamente, como creando una obra de arte en hielo.
Etérea era su imagen y se comenzaba a diluir muy lentamente en mi, mientras la oscuridad volvía y lo más hermoso que hubiese contemplado alguna vez se sumergía muy despacio en el mar de mis recuerdos...
Sin embargo, nunca estuvo demasiado sumergida en él, pues siempre siguió respirando en mis sueños... Aquella visión onírica nunca desapareció por completo. Incluso cuando los inviernos pasaron y se marchitaron mis pensamientos, aquella musa etérea estuvo presente en mi, hasta el día que caí muerto.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Un último primer beso.

No importa cuanta quietud tengan las hojas de un árbol, el césped en el suelo, las nubes en el cielo. Tampoco mirar al mismo punto indefinidamente, bajo ninguna circunstancia el tiempo se detiene. No importa si creemos que ha parado y algún momento es mágico, o si el tedio nos consume y parece que cada vez es más lento. Es el mismo en todo caso. Nada que hacer.

Ella siente que el tiempo no existe, el tiempo no pasa; no la conoce. Para ella, el tiempo no es importante, no la afecta. A sus conocidos sí, pero no le importa qué les pase a ellos, los contextos son irrelevantes: al final siempre es lo mismo.

Han pasado siglos, milenios; para ella es como un parpadeo, no está ligada al espacio tiempo. Habita como alguna vez lo hizo ese ser que todos llamaron Dios, incorpórea e infinita. Pero hasta para Dios existió el tiempo.

Ella no se preocupa de Dios, lo conoce desde antes que ellos, ella sólo se preocupa de una cosa: estar lista para el encuentro, como el tiempo no existe; ella nunca está corta de tiempo. Siempre puntual, siempre precisa. Fue quien le enseñó las palabras al sabio mago blanco: "No llego tarde ni temprano, llego precisamente cuando tengo que llegar".

Decimos que no podemos verle, tal vez ella piensa otra cosa.
Mientras espera en su estancia etérea, cepilla su larga cabellera, tiñe sus labios del color escarlata, pone un collar hecho de polvo de estrellas en su delicado cuello, y un anillo brillante como el sol, decorado con un agujero negro, así en él se funde todo a su contacto, cuando decide llegar al encuentro.
Una vez está lista, se pone un vestido negro, espera fundirse con la oscuridad de los pensamientos de su próxima pareja. No importa si es hombre o mujer; tampoco la edad, pues el tiempo nunca se presenta en aquellos momentos de su encuentro.
No es una mujer caprichosa, cualquier lugar es bueno, y es tan buena compañía que incluso quienes no la conocen, siempre murmuran su nombre (con miedo).

Hablando de ella; se ha presentado el momento, la ocasión es adecuada, su galán está ansioso: espera inquiero el encuentro; mientras piensa en esto y aquello, ella camina a tempo lento.

Está segura que nada se antepondrá en su camino, por eso cierra los ojos, siente dentro de sí que es esperada, no tiene que cuidar sus pasos; aquél anillo quitó todo en derredor a la velocidad de un parpadeo, camina a ciegas pues no quiere que nada le dañe la sorpresa. ¿Quién será su nueva pareja?

Una vez está ante él, ella abre los ojos, no se presenta pues sabe que ya es conocida. Sin embargo, y por gentileza, se inclina ante él como si fuese una princesa saludando a un príncipe que ha venido a pedir su mano, y en seguida se acerca. Delicadamente acaricia sus dedos y sube hasta el cuello, pasa sus fríos y delicados dedos desde el hasta su cabello, juguetea un poco con su rostro, mientras él muere de miedo...
Acerca entonces sus gélidos labios hasta los de él, y después de besarle, lentamente la vida lo abandona, el aliento primordial que lo mantenía atado a este plano sale por su boca... pues ha recibido el beso de la muerte.

Ni muy largo ni muy corto es el encuentro; el tiempo no existe para ella, fue su primer amor, el tiempo ya está muerto. No hay Dios que pueda castigarle pues cuando él la creó, y vio sus hermosos ojos calló profundamente enamorado de ella; la besó sin dudarlo y cayó muerto.

Después de otra velada, regresa a sus aposentos al final del universo; donde espera calmada y paciente, la llegada de un nuevo encuentro.


domingo, 31 de octubre de 2010

Reminiscencia de un alma errática.

... ¿y qué podría decir de aquella noche?

La oscura bruma yacía posada en el cielo nocturno, mientras la luna iluminaba mi somnoliente estado casi humano, casi muerto, casi irreal. Recuerdo que caía una suave lluvia, generaba un cántico etéreo que adornaba tenuemente aquél paisaje para algunos terrorífico; para mí encantador.

Las hojas del roble, se veían de un color verde oscuro, casi negro, por la oscuridad que solo la luna hacía que no fuese absoluta, repiqueteaban las gotas en cada una de sus hojas, en cada rama. A veces habían corrientes de viento, entonces la lluvia corría diagonalmente: también se mojaba el tronco. El césped, a sus pies, no estaba a salvo, las gontas resvalaban, todo estaba húmedo, empapado. cada centímetro del parque, cada teja en el techo, cada suspiro invisible, cada caricia inexistente en las tristes almas de aquellos que paseaban solitarios: sin afán.

Mi alma, también estaba empapada de la lluvia, pero no había tristeza en mí, no quedaba nada. Nada, salvo el recuerdo de una figura que no existía más que en mi mente -eso creía yo- algo que habiá venido a mí en una pesadilla. Sus negras alas como un ángel de la muerte tapaban el sol en mi sueño, lo oscurecían, como si fuese un eclipse.

El tiempo seguía pasando inequívoco, insensible. Imperturvable. Solo la melodía multivariable del rocío me permitía saber que no estaba atascado, ya no se veía gente. Solo un espectro asomado por la ventana de un antiguo castillo, pero no me podían ver en la oscuridad. No hacía parte del paisaje; mientras pensaba que, todo había acabado por esta noche; que el embrujo de la luna ya no me tenía en trance, que la mágia del espectáculo estaba próxima a terminar... justo como la aparición estelar de la muerte en la cadencia de la vida, en el más claro matís de la existencia... apareció el artífice de mis pesadillas, aquél demonio alado.

Me encontré desvariante e indefenso; perturvado, sí, pero a la vez fascinado. Sin importar cuan real fue mi sueño, con qué detalle estaban marcadas las facciones de él, y cuán perplejo me había dejado, llegando a dudar de la realidad, temiendo dormir para no encontrarlo otra vez, sabía que estaba en la realidad en este momento: ningun rayo de sol podría despertarme.

Sus ojos de color negro como la profundidad de un lago, y de expreción vácua, distante... y sin embargo, tal vez por mi sugestión, parecían fijados en mi. Era la mismísima mirada de la muerte.

La inquebrantable armonía de la melodía caótica de la lluvia, fluía ahora acompañada por sus gritos, el inconfundible sonido de aquel cuervo... ese que indicaba venir por mi: buscarme. Incluso si no entendía, creía entender. Incluso; aunque hubiese reinado el silencio, su sola mirada era suficiente. El sonido infernal solo lo reafirmaba... me mostraba su inexorable astucia, la proximidad de mi final en aquella noche fría y lúgubre cubierta por la bruma del cielo. Nadie recordaría que pasó, aquél espectro en la ventana que nunca nadie vio simplemente dejaría de estar ahí.

En efecto... era la misma muerte; el era la muerte. Había venido a llevarme, y yo, lo había soñado. Sus plumas humedecidas parecían muy pesadas, pero él obviamente seguía su vuelo circular sin ningún esfuerzo. Como la gracia de las olas golpeando la arena blanca de las playas griegas, haciendo espuma inmaculada; así era su vuelo perfecto. Cada pluma, cada centímetro, de su ser, atraía la poca y mortecína luz de la luna como si fuese un agujero negro, nada aparte de él captaba mi atención ahora, hasta que interrumpió el círuclo perfecto de su vuelo esquemático: se dirigió casi perdido, casi difuso; errático, hacia mi, y tal como pasó en mis sueños, me fundí completamente en la oscuridad.

No recuerdo qué pasó después de eso, solo, nunca volví a ver la luz del sol. Nada que no fuese la luz de la luna me guiaba, las estrellas se apagaban a mi paso. No se qué pasó. Sólo pude ver aquél demonio alado de frente aproximarse; después de ello perdí la consciencia, me fundí con la oscuridad.

El espectro estático de la ventana, por fín se desprendió de aquellos marcos de madera que se podría con el paso del tiempo... es lo único que puedo decir. Después de iterminables lunas, y varios inviernos, comprendí simplemente que el cuervpo no era más que un mensajero de la muerte: quedas liberado de aquél castillo abandonado, fantasma. Pero jamás dejarás este lugar, vagarás cada noche quebrado y vacío por esta ciudad, solo acompañado por el sonido de la lluvia. Entonces comprendí, que ese demonio no era nadie más que yo, y que aquella pesadilla solo fue premunisión; que al igual que aqué cuervo, viajaría cada noche asustando otras almas perdidas, escondido y cobijado, por la inminente oscuridad, esa oscuridad que no era más que el reflejo de mi alma, la que alguna vez ocupó un cuerpo, la que ahora viaja incorpórea...


Y bien, Nat: siempre que suele haber una maraña en mis pensamientos y se revuelven como una densa nube difusa en la que irremediablemente nada puede salir, ahí estás tu para darle claridad a mi mente. Después de unos segundos, todo es tan claro como el reflejo de la luna en un manantial. Esto es para ti, muchas gracias.

Btw, hace mucho no escribía, espero que les guste

Réquiem de las llamas

Suena una pequeña orquesta en la bruma de la noche, y todo el silencio desaparece: se va junto a la oscuridad, la cual es precedida por el frío. Todos los matices de la perpetua noche van desapareciendo lentamente a su paso.

El incansable sonido se intensifica hasta llegar a mis oídos; ante mi se hace presente algo tan antiguo como la misma oscuridad, y tan fuerte que es capaz de consumirla... y solo el vacío extinguiría su furia.

La orquesta furiosa del fuego que arde llena mis oídos, suena la leña saltar hasta convertirse en la más ínfima expresión de la existencia en el planeta y aún negro y carbonado, sigue reluciendo la pasión del rojo vivo que soporta el calor infernal de aquél fuego incesable que se ha apoderado de una nueva velada. Este bosque en el que descansaba, tan negro como las otras noches, y frío como el ártico, ahora se ha convertido en un portal directo hacia el averno.

Hasta el último ápice de paz ha sido devorado esta noche, y hasta la luna se tiñe de color carmesí que el fuego inmaculado hace rugir como salido de la garganta de un dragón.

El espectáculo del cielo que pareciera de atardecer por sus interminable gama de colores y la bruma como de madrugada generados por el humo, se unen al compás del réquiem infernal. El verde se vuelve negro lentamente precedido por el rojo que lo consume fieramente.

Hasta el poderoso y soberbio roble del cual nacieron las runas, está siendo consumido por el demonio que ataca esta noche. Y yo, el espíritu del bosque, lo contemplo todo desde el balcón donde yacen las estrellas. Veo mi hogar ser devorado por aquél titan, y huelo el aroma de la sangre de los animales que se evapora... el olor de la madera quemada se mezcla con la sangre, y yo, inmerso en la poesía caótica del fuego consumiendo todo cuanto conocí, no puedo hacer más que contemplar el momento... un poco fundido con él, un poco sabiendo que soy el viento y solo avivo el calor; un poco melancólico por perder mi hogar. Y demasiado excitado para poder pensar en algo más que aquél hermoso calor, que tiñe la tenue noche; quitándomelo todo.

Las horas pasan como segundos, y el espectáculo ha llegado a su final. Dejando todo en oscuridad nuevamente, y una gélida luna escarlata; opaca por las nubes, pero con suficiente brillo para iluminar aquel cráter necrótico tapizado de ceniza, en donde alguna vez viví.

Llegan entonces los vientos del norte, y decido bajar de mi pedestal para fundirme con la ceniza de todo lo que representaba mi existencia... pues solo aquél bosque mantenía vivo mi recuerdo.

Una vez impregnado cada gramo de ceniza, siento el viento fluir, y me desplazo con el aire que está perfumado por el aroma del roble del cual nací una vez, hasta desvanecerme en las tórridas ventiscas, hasta desaparecer...

N/a:Esto lo escribí ayer, mientras esperaba que llegara una amiga. Hace unos días le dije a Nat, que iba a escribir algo para ella, porque me mostró un escrito suyo; y me encantó. Y bien, aquí está.

Sin nada más que decir, espero que les guste.

Feliz Samhain para todos.