La noche agonizaba. El aire había abandonado toda señal de calor, la luz de la luna, ahora distante, no brindaba calor a esta tierra desolada. Tan lejos estaba cualquier señal de ella que aún en un cielo parcialmente despejado, la luna llena parecía luna nueva. La lejana luz de un sol que aún no había nacido se mezclaba con el cielo envejecido que se mantenía estático. Las sabias estrellas estaban muriendo también, su luz ya no palpitaba en el corazón enmarañado del espacio, a los ojos del hombre. La briza recién nacida caía sobre la hierba sin edad, sobre los árboles ancestrales, sobre las flores cándidas y sobre los desamparados que alguna vez habían pertenecido a algún lugar, pero no esta noche. Esta noche no pertenecían a ningún lado en particular: la soledad y la falta de rumbo no son un espacio geográfico y era ese su único lugar en esta dimensión.
¿Estaba todo el planeta sumergido en un sueño? Era difícil decirlo: todo estaba callado, los búhos se habían ido muy lejos, junto con todas las criaturas nocturnas. Los fantasmas no se habían molestado en salir esta noche, los demonios que atormentaban a las almas en pena seguían en el bajo astral, la muerte estaba demasiado ocupada para preocuparse de quitarle el regalo de la vida a unos para dárselo a otros, y los ángeles, dragones, hadas y duendes, estaban haciendo lo que mejor sabían hacer: pretender que no existían.
Estaba llegando el amanecer, el cielo cada vez estaba más claro, y aún así, era una luz gélida, todo el calor de la tierra estaba concentrado en el fondo de ella, demasiado lejos para que cualquier vivo o muerto pudiera sentirla, el calor en el espacio se lo había tragado un agujero negro invisible e inexorable, y la calidez del amor bailaba tango con el odio en otra dimensión. Todos estábamos en el mismo planeta desde incontables lunas llenas y sin embargo por primera vez había igualdad: estábamos solos. El fuego se había extinguido y nos había abandonado.
Lejos, en los confines de un lago lleno de neblina, demasiado oculta por el vapor de agua, demasiado asustada por el silencio, demasiado triste por la soledad y muy desconcertada por la luz sin una pizca de tibieza en su interior, se encontraba una luciérnaga que al igual que la noche, estaba agonizando. La última pizca de fuego se encontraba en su cola, en la cola de la luciérnaga más vieja de todas, que vio nacer a los árboles y enseñó a cantar al viento, que arrulló a la noche y despertó al día, que incendió las nubes en el crepúsculo y desenmarañó los secretos de los eclipses. Se moría la madre de todas las cosas, una pequeña luciérnaga que desafió a la oscuridad sempiterna para hacerla cambiar sus maneras y dividir la existencia entre el frío y el calor.
Sus alas se movían tan despacio que ya casi no podía mantenerse en la densa neblina. Casi no tenía fuerza: se mantenía estática en el centro del lago en cuyas aguas por primera vez los árboles habían echado raíces para que con sus hojas se creara la sombra que cada mañana al despertar el sol, evitarían que la tierra se incendiara y que cuando las nubes lloraran sangre, los hijos de la luciérnaga tuvieran un lugar en donde esperar a que no lloraran más.
La luciérnaga aleteó por última vez y comenzó a caer, caía con la cara levantada para ver por última vez los frutos de su creación, de todos sus esfuerzos para abandonar la soledad en la que todos sus hijos nos encontrábamos cobijados ahora sin saberlo, y al caer, su cola aterrizó en una flor de loto que había florecido en la oscuridad, sus pétalos se llenaron de fuego, pero no se hicieron carbón: tenían en el centro las alas que un fénix le había regalado a la luciérnaga milenios atrás para que su fuego no quemara sus alas por error. Ardía con vehemencia: la luciérnaga anciana ya no podía contener el fuego pero el loto recién nacido era fuerte y se había alcanzado a nutrir del último rayo de luz de la luna. El fuego resplandeció, la noche estaba muerta y las nubes se encontraban en llamas: se habían incendiado, contagiadas por el fuego en la mitad del lago, que despertó al sol y llegó el amanecer. El fuego en el centro de la flor de loto se apagó, y de sus cenizas una pequeña luz insignificante brilló sin que nadie se diera cuenta: la luciérnaga moribunda había vuelto a nacer junto a un nuevo día, y voló de nuevo, se elevó al centro de lago para esperar el atardecer y despertar a la luna, y después volver a morir una vez más.
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N/a: No escribía hace como un año... pero, he me aquí. Al menos por esta noche.
Este escrito va para Maira, mi lectora más querida.
miércoles, 27 de marzo de 2013
sábado, 18 de agosto de 2012
"And seven kingdoms couldn't fill the hole she left behind"
"When the sun rises in the west and sets in the east, when the seas go dry and mountains blow in the wind like leaves... when your womb quickens again, and you bear a living child. Then she will return, and not before"Estiré la mano con deseo de acariciar su rostro, pero no encontré nada: había desaparecido, se había difuminado con el aire casi imperceptible que nos rodea siempre y que sólo notamos cuando sopla lo suficientemente fuerte, busqué desesperadamente tanteando el vacío, convencido que en él mi tacto se conectaría con ella, que el peso de mis dedos reposaría en su cálida piel y que cambiaría de lugar con las pesadillas de la noche anterior: ellas se disiparían y ella sería tangible, pero no fue así. Me quedé ahí con los ojos cerrados, con visiones que no tenían sentido y que además de perturbarme, no hacían nada. Me quedé acostado; las sábanas se fueron con ella y sólo me cobijaron mis miedos. El aroma cálido de su cuello ya no estaba, tampoco el de las flores que estaban en la mesa de noche, tampoco el aroma a café que inundaba la casa temprano en las madrugadas, no había ningún aroma absoluto aparte del mío, y yo hedía al letargo interminable de una existencia que se había quedado en puntos suspensivos hace ya demasiado tiempo.
Abrí mis ojos convencido que encontraría la cama desorganizada a mi lado y la almohada aún con la forma de su cabeza, que vería sus zapatos cerca de la puerta, o en el mejor de los casos, la vería a ella volviendo de la sala con una sonrisa sonrojada iluminándole la cara, sin embargo, no vi ninguna imagen que pudiera presentar el menor rastro de alivio para mí, en cambio, sólo vi un lado de la cama inmaculado, las cortinas cerradas y las luces apagadas. Ni siquiera el primer rayo de sol se atrevía a entrar en la habitación, la soledad y yo estábamos solos. Ella en la habitación de al lado, y yo en mi celda... digo, habitación. Procedí a agudizar el oído, reuní toda la concentración en escuchar algún sonido, la cafetera, la ducha, pasos, risas, lo que fuera, pero los únicos sonidos presentes eran mi respiración agitada y mi corazón que desde hace mucho tiempo, estaba desacompasado. Y como nada de lo anterior sirvió, apelé a mi último recurso: pasé la lengua por mis labios con la esperanza de sentir en ella el sabor a fresa de sus besos, sin embargo, con el paso del tiempo, ellos también se habían marchado y el insípido sabor que había en mi boca, que se define como cualquiera que no sea el de sus labios, estaba tan presente como lo estaba la pesadilla de la que había hablado anteriormente.
Como ninguno de mis sentidos funcionó, y mi sentido común estaba dañado desde antes de conocerla, al igual que mi sentido de la ubicación, recurrí a la absurda ilusión de la existencia de un sexto sentido, y la llamé con mi mente en mil idiomas, pronuncié su nombre mil veces, le hice un pequeño monólogo sin pronunciar ni una palabra, esperanzado que si lo hacía solo en mi cabeza, me escucharía y saldría de donde estaba escondida, jugándome una broma, que sentiría como terciopelo sus brazos alrededor de mi cuello, oiría el latido de su corazón en donde yo solía vivir y sentiría de nuevo después de tanto tiempo el sabor a fresa de sus labios, que me hablaría en dothraki al oído y vería sus ojos brillar como ni siquiera el sol puede hacerlo. Sin embargo, y por variar, en el sexto intento tampoco paso nada. O, bueno, pude inferir que mi sentido común no estaba tan dañado como yo creía, y llegué a la conclusión que la pesadilla de la noche anterior, y la anterior a esa, y la de los años que pasaron casi por obligación, en realidad no eran una pesadilla: eran el recuerdo de cuando ella se había ido para siempre del planeta tierra y había regresado a orión, y yo me quedaba mirándola ascender en el cielo, aferrándome únicamente a una canción de un dialecto que en realidad nunca logré entender, y sin embargo lograba llegar a mí con más intensidad que el único recuerdo de mi infancia; que yo le preguntaba si la última línea de esa canción seguiría siendo verdad y ella respondía con una sonrisa eclipsada por una lágrima, diciéndome algo que, como era costumbre cuando hablábamos, no alcanzaba a oír la primera vez, con la diferencia que en esta ocasión, cuando pregunté "¿qué dijiste?" ya no estaba aquí para responderme.
N/a: Yer jalan atthirari anni
jueves, 15 de marzo de 2012
Khaalesi
Dime, Khaalesi, qué clase de fuego es el que me rodea cada vez que me abrazas, y cómo lograste pulir y restaurar un corazón reducido a cenizas por su propio dueño, tan solo con el toque gentil y puro de tus manos. ¿Sabes? Cada noche en la que crece la luna espero a que despiertes, en silencio, porque después de tanto tiempo, no llego a la respuesta que estoy buscando: ¿fueron tus ojos quienes le dieron su luz a la luna, o es el brillo de tus ojos un reflejo de la luna?
Si mis manos que se volvieron ásperas al tacto por tantos años cargando una espada no perturban tus sueños, quisiera acariciar tu cabello bajo el alba.
Esa habilidad tuya, reina mía, de darle color a mis ojos inexpresivos, nunca la alejes de mi lado, pues quiero que te veas reflejada en ellos mientras pasa el tiempo, hasta que el sol se congele y la luna se evapore. Permíteme tomarte de la mano mientras caminamos al encuentro de nuestros ancestros. Se tú quien curará mis heridas de guerra con sus labios, si acaso tuviere que empuñar una espada de nuevo, para proteger el amanecer de nuestra progenie.
Sigue siendo tú, a través de los años, la portadora de alegría y esperanza, porque mis sueños seguirán llevando grabado tu nombre, y mi insomnio tu apellido.
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N/a: dedicado a quien me sacó del sueño en donde yo era aquél que vivía bajo un cielo sin luna.
martes, 13 de marzo de 2012
Musa
¿Quién decide quién está loco? Cantaré para ti, si quieres que lo haga (...) Y esas canciones que le cantas a tus bebés, serán las canciones para verte.Ojos de café, labios de fresa, sonrisa de niña e inocencia de bebé, cuerpo de mujer, alas de ángel, manos de princesa y amor depredador. Musa mía, arrastras mis fantasías a lo largo de tu nombre, encierras mi mente en tus recuerdos adimensionales; llevas el compás de mi sístole, y retrasas la llegada de mi diástole, el sonido de tus suspiros está grabado en mí como una marca de agua, imperceptible, excepto por tus ojos; tus ojos todo lo ven. Creaste el mundo bajo tu propio concepto de belleza, marcas mi camino con cada paso de tus pies descalzos, como alguien que camina, muy despacio por la nieve. Creaste a tu imagen y semejanza mi diccionario, cambiaste el nombre del amor por el tuyo, y nombraste la tristeza como tu ausencia. ¡Oh! ángel de mejillas sonrojadas, es por ti que mis palabras cobran sentido, es por ti que se forman versos en mi mente de la nada, como si fuese un poeta maldito y tu fueres mi amada inmortal.
¡Dime, musa mía! ¿qué clase de magia se lleva a cabo en tu iris, qué universo inexorable se crea cuando sueñas, por qué cuando sueño con harpas ronronean tu nombre, qué le hiciste tú a los nocturnos de Chopin para que me hablaran siempre de tu recuerdo? ¿Qué tienen tus manos que al contacto con las mías provocan la reminiscencia de la añorada infancia? ¿Quién sincronizó tu llanto con el llanto de la luna y quién te hizo señora absoluta de la lluvia? Quisiera saber cómo es que un eclipse de sol son tus ojos cerrados; ¿por qué cuando yo los cierro aún te miro? Quisiera saber quién labró tu aparato fonador, pues lo hizo con cuerdas y martillos, como si de un piano nostálgico se tratase, como si en tu mente siempre hubieran cuatro pinos.
Dime, mi amada inmortal, ¿cómo entras a mi mente por las noches y te vuelves protagonista de todos mis sueños? ¿Cómo puedo volver los lúcidos, para así caminar contigo incluso en el mundo de Morfeo? ¿Cómo alejaste de mi las pesadillas y las cambiaste por el júbilo de tus caricias? Ojalá pudiera estar ahí cuando duermes... para verte en la oscuridad soñar al lado mío.
Oh, musa mía, maldigo a las palabras que habitan adentro de mí, pues no son suficientes para decirte cuanto pasa por mi mente, siempre que ésta levita sobre ti.
¿Estoy enloqueciendo, musa mía? Hay un fuego en tus labios que me quema, y solo un loco podría encontrar calma al quemarse, ¡más aún no me acostumbro! ¿Quién pudiere alguna vez acostumbrarse al paraíso? ¡No me acostumbro a ellos, como los ojos no se acostumbran a ver el amanecer! Porque, después de todo, ¿quién podría acostumbrarse alguna vez a la magia?
Dime, Musa mía, ¿Cuándo me mostrarás que más es irreal? Pues, desde que me proteges en silencio abriste mis ojos a tantas cosas, tantas que de ninguna otra forma podría haber conocido; ¡soberbios fueron mis labios al decir que el amor no existe! pues tú lo marcaste sobre mí, fuerte y refulgente como fuegos artificiales. Dime, Musa mía, ¿Qué más es irreal? Ahora que estás a mi lado, a veces me pregunto si estoy vivo... porque, si lo estoy, ¿por qué me encuentro en el paraíso?
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Nota de Autor: Dedicado a aquella que le cuenta sus secretos a los cuatro pinos.
viernes, 13 de enero de 2012
Luna
Entonces él miró al cielo una vez más buscando las estrellas, y se dio cuenta que había una masa blanca, redonda, luminosa; perfecta. Era la luna. Él ya no vivía en un cielo sin luna. Él ya no tenía que nadar una cascada ascendiente. Él ya no estaba solo y ya no sangraría por desesperación, había dejado de marchitarse. No habían estrellas cayendo del cielo nocturno como meteoros en sus sueños.
Sus palabras dejaron de ser crudas y grotescas, y tenían un lugar de procedencia y un destino al cual llegar, y lo cumplían: llegaban al corazón de ella. Aliviaban por unos instantes sus llantos silenciosos. Ella sonreía. Él sonreía, sentía que ella era feliz.
Él despertó de su pesadilla y al abrir los ojos vio que la luna seguía ahí, y aunque ella había abandonado su lugar en la cama, y todavía lo sentía tibio, todavía olía a ella, él sabía que las estrellas la guiarían de regreso.
Él suspiró. Se sentía incompleto, pero sabía que valía la pena esperar, y una vez más, se quedó mirando a la luna y las estrellas, pues esta vez se quedarían en el cielo: permanecerían.
Él supo que cuando le dijo a ella que era la luna, no había pensado en las noches de luna nueva, cuando ella estaría ausente. Él suspiró nuevamente y antes de girar en la cama aún cálida, recordó que al igual que la luna, ella seguiría estando ahí.
-
jer jalan atthirari anni.
Sus palabras dejaron de ser crudas y grotescas, y tenían un lugar de procedencia y un destino al cual llegar, y lo cumplían: llegaban al corazón de ella. Aliviaban por unos instantes sus llantos silenciosos. Ella sonreía. Él sonreía, sentía que ella era feliz.
Él despertó de su pesadilla y al abrir los ojos vio que la luna seguía ahí, y aunque ella había abandonado su lugar en la cama, y todavía lo sentía tibio, todavía olía a ella, él sabía que las estrellas la guiarían de regreso.
Él suspiró. Se sentía incompleto, pero sabía que valía la pena esperar, y una vez más, se quedó mirando a la luna y las estrellas, pues esta vez se quedarían en el cielo: permanecerían.
Él supo que cuando le dijo a ella que era la luna, no había pensado en las noches de luna nueva, cuando ella estaría ausente. Él suspiró nuevamente y antes de girar en la cama aún cálida, recordó que al igual que la luna, ella seguiría estando ahí.
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jer jalan atthirari anni.
lunes, 9 de enero de 2012
Fábula
I wrote this to cheer you up.
I wrote this, to make you smile.
This, is for you, my moonlight.
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La abeja sabía que aunque solo viviría un día más, y que no volvería a ver a la reina, ni a probar el sabor de la miel, se alejó del panal con un nudo en la garganta.
La abeja voló muy alto, creía que si se encontraba en frente al sol, la luz le daría sabiduría, pero mientras subía, sintió cada vez más frío en las alas y vio el cielo lleno de nubes, y supo que no había forma de encontrar la luz, pues grandes nubes tapaban su camino, y decidió bajar.
Pensó después que si veía su reflejo en un lago cristalino, podría encontrar su verdadera esencia, y el significado de la vida, y por tanto, el significado de la felicidad. La abeja voló muy lejos por la pradera hasta llegar a un gran lago, pero al llegar, las nubes en el cielo dejaron caer pequeñas gotas de briza, y en lugar de verse reflejada, vio una imagen distorsionada de sus franjas amarillas y negras, y viéndose forzada a protegerse de la lluvia, abandonó el lugar.
La abeja estaba empezando a desesperarse, le quedaba poco tiempo para concluir su búsqueda, porque cuando decidió salir, gran parte del día había pasado, y el atardecer estaba cerca, sintiéndose desesperada, pensó que la felicidad era descubrir el mundo, y quiso recorrer todo su entorno, ir más allá de los confines de su mente. Así pues, voló a toda velocidad hasta llegar a un pueblo, y vio humanos por primera vez, al descubrir que le temían y se alejaban mientras movía las alitas graciosamente, sintió una profunda sensación amarga en el fondo de su corazón. Además. ¿por qué esos monstruosos seres gigantes la miraban de esa forma, y hasta trataban de golpeaerla?
Muy triste se dijo a sí misma que la felicidad era hacer eso para lo que habías nacido, y buscó la flor más cercana para extraer el polen y llevarlo al panal, y así después de estar entre cera y cubierto de miel, ella y su familia podrían comer. Entonces recordó que el panal estaba muy lejos, y que no alcanzaría a llegar con vida.
Habiendo abandonado toda esperanza, decidió simplemente deambular hasta el último momento, lejos de su familia, y aún más lejos de su respuesta.
Encontrándose casi afuera del pueblo, vio que una abeja perdida y con poco tiempo de nacida estaba intentando escapar de un humano muy malo, que trataba de matarla a toda costa. La abeja voló a toda velocidad, y diciéndole a la abeja bebé que escapara, picó al humano en el cuello, sabiendo que moriría después de eso, y que, de todas formas, faltaba menos de media hora para su muerte.
La abeja se sintió más feliz que nunca, aunque sentía dolor, pues, aunque nunca supo el significado de felicidad, y estaba lejos de todo cuanto conocía, supo que ser feliz no estaba relacionado con su entorno, ni con el significado de la existencia... en sus últimos segundos, la abeja supo que la felicidad es esa sensación que llena nuestro ser, cuando estamos seguros de haber hecho lo que dicta nuestra alma; de haber seguido al corazón.
En cuanto a la abeja bebé, encontró su camino al panal, y todos en la colonia festejaron el regreso de la pequeña cría de la reina que se había extraviado momentos después de nacer.
lunes, 14 de noviembre de 2011
Nostalgia
Cuando por fin se rompió el silencio, cuando, por fin el conocido y añorado rumor de su voz volvió a mis oídos, cuando sus labios musitaron aquella noticia, temida e inexorable, me encontré haciendo lo único que siempre deseé no hacer: saturé mi cabeza, para no pensar. Llené mi mente de cálculos, de cualquier cosa que me mantuviese alejado de la realidad. Mi subconsciente dominaba mientras yo, encadenado a la bruma, gritaba en desesperación.
Tanto en la bruma, como en el intransigente encierro mental, me encontré abrazando un recuerdo incorpóreo; hundido en un solo acto de locura. Me vi a mí mismo embriagado con la idea desquiciada de una dimensión paralela en donde aún no perdía mi mente, ni desvariaba en copas de coñac.
Me vi desaparecer en el titánico agujero negro de soledad, que producía el reflejo de sus ojos, ahora inalcanzables.
Tanto en la bruma, como en el intransigente encierro mental, me encontré abrazando un recuerdo incorpóreo; hundido en un solo acto de locura. Me vi a mí mismo embriagado con la idea desquiciada de una dimensión paralela en donde aún no perdía mi mente, ni desvariaba en copas de coñac.
Me vi desaparecer en el titánico agujero negro de soledad, que producía el reflejo de sus ojos, ahora inalcanzables.
viernes, 11 de noviembre de 2011
Nota del autor. -no es escrito-
Si tengo el blog un poco descuidado, es porque la universidad no me ha dejado mucho tiempo, y, me tomé un ligero descanso para evaluar el rumbo de mi escritura. De todas formas, ahora que se acercan las vacaciones, trataré de actualizarlo más seguido, y, bueno, eso.
Para los lectores que se comunicaban conmigo vía formspring, supongo que ya sabrán que lo cerré. Pueden, de todas formas, comunicarse conmigo vía twitter. @HagarEinherjer
Eso es todo. Saludos.
Para los lectores que se comunicaban conmigo vía formspring, supongo que ya sabrán que lo cerré. Pueden, de todas formas, comunicarse conmigo vía twitter. @HagarEinherjer
Eso es todo. Saludos.
lunes, 17 de octubre de 2011
Prosa pérfida desvariante.
El sonido barroquiano del clavecín me introdujo lentamente en un mundo irreal y paralelo, caí en sopor. En la seguridad del sopor, no me sentí perseguido, de repente, ya no estaba solo, y me dormí. No estaba en un lugar en específico, y no podía distinguir la época, todo parecía extrañamente igual, en el vacío. ¿Estaba realmente dormido? No sentía diferencia alguna, aparte de esa extraña sensación de tranquilidad, no era familiar para mí, no hacía parte de mi realidad, y por eso supe que estaba soñando.
Soñé que ella seguía aquí, viviendo, que era la luna, y yo era sol y estrellas, me vi a mí mismo a su lado, la protegía, mis brazos se entrelazaban en su cuello, y ella respiraba despreocupada. Soñé que había una sonrisa en sus labios; una sonrisa sincera y totalitaria, no había espacio para la tristeza en ella, porque, en este extraño sueño, la cálida caricia incorpórea de su risa, era el único sentimiento que salía de sus labios, y en sus ojos no había vacío ni melancolía ocultándose detrás de esa máscara que ella tenía para no hacerme notar que gracias a mí, era miserable.
Soñé que no había un nudo que quemaba mi garganta, ni un agujero negro en mi pecho que congelaba mi corazón, y mis venas, porque, en ese lugar, ella se encontraba conmigo, y ella curaba mis heridas, y purificaba mi sangre y que en ese entonces, mi existencia no se resumía ni encajaba a la perfección, en la palabra perfidia, porque ella hacía de mí alguien mejor.
Al despertar, noté que estaba soñando con el pasado una vez más, en esa época en la que mi cielo todavía no me había traicionado, y el veneno que se desprendía de mis besos, no había marchitado su cristalino corazón. Al despertar, recordé que cuando ella se fue, mi vida se apagó.
N/a: la ultima frase hace referencia a erase una vez el amor, pero tuve que matarlo.
Helga, shafka jalan atthirari anni. <3
Soñé que ella seguía aquí, viviendo, que era la luna, y yo era sol y estrellas, me vi a mí mismo a su lado, la protegía, mis brazos se entrelazaban en su cuello, y ella respiraba despreocupada. Soñé que había una sonrisa en sus labios; una sonrisa sincera y totalitaria, no había espacio para la tristeza en ella, porque, en este extraño sueño, la cálida caricia incorpórea de su risa, era el único sentimiento que salía de sus labios, y en sus ojos no había vacío ni melancolía ocultándose detrás de esa máscara que ella tenía para no hacerme notar que gracias a mí, era miserable.
Soñé que no había un nudo que quemaba mi garganta, ni un agujero negro en mi pecho que congelaba mi corazón, y mis venas, porque, en ese lugar, ella se encontraba conmigo, y ella curaba mis heridas, y purificaba mi sangre y que en ese entonces, mi existencia no se resumía ni encajaba a la perfección, en la palabra perfidia, porque ella hacía de mí alguien mejor.
Al despertar, noté que estaba soñando con el pasado una vez más, en esa época en la que mi cielo todavía no me había traicionado, y el veneno que se desprendía de mis besos, no había marchitado su cristalino corazón. Al despertar, recordé que cuando ella se fue, mi vida se apagó.
N/a: la ultima frase hace referencia a erase una vez el amor, pero tuve que matarlo.
Helga, shafka jalan atthirari anni. <3
domingo, 9 de octubre de 2011
Ella desaparecía.
Ella desaparecía, y yo no lo notaba. Pasaba por alto que estaba cada vez más ausente.
Ella desaparecía, y yo seguía ahí, viéndola; creyendo ingenuamente que todo seguía igual.
Ella desaparecía... estaba muriendo, yo no me daba cuenta.
Ella desaparecía, y yo seguía en la jaula donde una voz incorpórea susurraba tenue y repetidamente que todo estaba bien.
Ella desaparecía, y las cadenas me subyugaban a la ignorancia, como un velo que cubría mi rostro...
Ella desaparecía, y yo estaba alejándome de ella.
Ella desaparecía: yo seguía existiendo.
Ella desaparecía y el brillo de sus ojos ahora trémulo, me sacó del trance nebuloso en el que estaba.
Ella desaparecía, y corrí desesperado, tratando de alcanzar una meta imposible, mientras ella desaparecía, yo trataba de darle la mano, de no dejarla caer en el abismo: no eran más que fútiles intentos.
Ella desaparecía, y ahora, inconsciente, yacía acostada en mis rodillas.
Ella desaparecía, el aliento de la vida se le escapaba... yo la miraba, como un niño que contempla una colmena de abejas incendiándose.
Ella desaparecía, sus costillas protuberantes se pegaban a su piel, y sus pulmones eran casi visibles, y sus venas transparentes.
Ella desaparecía, y yo sostenía sus manos esqueléticas, con mis ojos nublados por el velo, desvariaba.
Ella desaparecía, y yo podía ver que las cuencas de sus ojos estaban ahora vacías, y que ya no podría ver nunca más la luz de la luna iluminándonos en el reflejo de la lluvia.
Ella desapareció, y yo me quedé sentado en la tierra, aferrándome a un recuerdo etéreo.
Ella desapareció, al igual que el sol, la luna y las estrellas.
Ella desapareció, y yo seguí existiendo... y maldije a la muerte al no desaparecer con ella...
Cuando ella desapareció, yo me dejé caer al abismo, solo para encontrar que estaba de nuevo en la jaula, sujeto a las cadenas de su memoria.
Ella desaparecía, y yo seguía ahí, viéndola; creyendo ingenuamente que todo seguía igual.
Ella desaparecía... estaba muriendo, yo no me daba cuenta.
Ella desaparecía, y yo seguía en la jaula donde una voz incorpórea susurraba tenue y repetidamente que todo estaba bien.
Ella desaparecía, y las cadenas me subyugaban a la ignorancia, como un velo que cubría mi rostro...
Ella desaparecía, y yo estaba alejándome de ella.
Ella desaparecía: yo seguía existiendo.
Ella desaparecía y el brillo de sus ojos ahora trémulo, me sacó del trance nebuloso en el que estaba.
Ella desaparecía, y corrí desesperado, tratando de alcanzar una meta imposible, mientras ella desaparecía, yo trataba de darle la mano, de no dejarla caer en el abismo: no eran más que fútiles intentos.
Ella desaparecía, y ahora, inconsciente, yacía acostada en mis rodillas.
Ella desaparecía, el aliento de la vida se le escapaba... yo la miraba, como un niño que contempla una colmena de abejas incendiándose.
Ella desaparecía, sus costillas protuberantes se pegaban a su piel, y sus pulmones eran casi visibles, y sus venas transparentes.
Ella desaparecía, y yo sostenía sus manos esqueléticas, con mis ojos nublados por el velo, desvariaba.
Ella desaparecía, y yo podía ver que las cuencas de sus ojos estaban ahora vacías, y que ya no podría ver nunca más la luz de la luna iluminándonos en el reflejo de la lluvia.
Ella desapareció, y yo me quedé sentado en la tierra, aferrándome a un recuerdo etéreo.
Ella desapareció, al igual que el sol, la luna y las estrellas.
Ella desapareció, y yo seguí existiendo... y maldije a la muerte al no desaparecer con ella...
Cuando ella desapareció, yo me dejé caer al abismo, solo para encontrar que estaba de nuevo en la jaula, sujeto a las cadenas de su memoria.
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Succubi
Las nubes antecedieron la bruma, esta, a su vez, atrajo a las tinieblas, en las tinieblas no hubo luna, ni luz en cera que pudiera disipar la niebla.
Ninguna antorcha, ni luz, ni estela, nada más que tiniebla. Parpadeé, lo hice con fuerza; convenciéndome después de un tiempo que no había diferencia: ojos cerrados o abiertos, la oscuridad era la misma, la oscuridad no evanescía, la luz estaba desterrada.
Caí en el sopor, obligado por el aire denso, aún frío, de la mano de la luz ausente, mezquina. No hubo sin embargo diferencia alguna entre sopor y lucidez, nada que me permitiese saber en dónde estaba en realidad... una cama, el bajo astral, el Hades.
El aire se hizo prescindible, así como la vida, así como la realidad; a lo largo del túnel incierto en el que estaba, eché de menos mis sentidos; ahí estaba yo, en medio de la nada, adormecido, como un anciano de ojos débiles, pasos lentos, pulso trémulo, hablar sereno, de oídos debilitados y reflejos entumecidos, como si la luna con su ausencia se hubiere llevado hasta la última gota de vitalidad de mí.
Ansié despertar, pero, ¿estaba realmente dormido? y entonces la sentí: la fragancia inconfundible de los pétalos de una rosa primaveral que, al alba, aún se aferra a los dedos sempiternos de la nieve, que guiaban un abrazo inexorable de singular calidez, matizando con el gélido ambiente circundante, y reconocí con los sentidos adormecidos, la suavidad propia de la seda; del abrazo inconfundible de una amante.
Sus dedos recorrieron mi espalda, oí su voz musitar palabras que mi mente no podía procesar... y traté de abrir los ojos para ver sus labios, ver el brillo de sus ojos, aún así, estaban abiertos, pese a la distancia milimétrica, todo seguía oscuro, como si no estuviese ahí. Sus labios rozaron los míos, la respiración agitada que emitía se posó en mi cuello, alejándome completamente de cualquier recuerdo hostil, y, por ende, del mero principio de la existencia, pues nos fundimos, de repente; y ya no hubo lugar para pensamientos, ni una voz interior hablando, ni la vitalidad que restaba en mí, que, de repente, se evaporaba, dejándome satisfactoriamente vacío, como en una nube de éxtasis...
Y entonces, desperté, todo rastro de ella no estaba, ni del fuerte peso que sometía a mis sentidos, ni del sopor sempiterno que me embriagaba, tampoco había rastro de mi vida, que, con ella, había desaparecido, no quedaba nada más en aquél lúgubre lugar que los restos de un hombre que ya no se aferraba a su existencia, con sangre en el pecho, y la huella en cenizas del beso de una succubo, que mientras él, por primera vez se sentía completo, drenaba todo lo que alguna vez hubo en él, para siempre.
N/a: Dedicado a Helga, mi sueño lúcido, quien en vez de nutrirse de la llama de la vida que hay en mí, la alimenta; la hace más brillante. <3
Ninguna antorcha, ni luz, ni estela, nada más que tiniebla. Parpadeé, lo hice con fuerza; convenciéndome después de un tiempo que no había diferencia: ojos cerrados o abiertos, la oscuridad era la misma, la oscuridad no evanescía, la luz estaba desterrada.
Caí en el sopor, obligado por el aire denso, aún frío, de la mano de la luz ausente, mezquina. No hubo sin embargo diferencia alguna entre sopor y lucidez, nada que me permitiese saber en dónde estaba en realidad... una cama, el bajo astral, el Hades.
El aire se hizo prescindible, así como la vida, así como la realidad; a lo largo del túnel incierto en el que estaba, eché de menos mis sentidos; ahí estaba yo, en medio de la nada, adormecido, como un anciano de ojos débiles, pasos lentos, pulso trémulo, hablar sereno, de oídos debilitados y reflejos entumecidos, como si la luna con su ausencia se hubiere llevado hasta la última gota de vitalidad de mí.
Ansié despertar, pero, ¿estaba realmente dormido? y entonces la sentí: la fragancia inconfundible de los pétalos de una rosa primaveral que, al alba, aún se aferra a los dedos sempiternos de la nieve, que guiaban un abrazo inexorable de singular calidez, matizando con el gélido ambiente circundante, y reconocí con los sentidos adormecidos, la suavidad propia de la seda; del abrazo inconfundible de una amante.
Sus dedos recorrieron mi espalda, oí su voz musitar palabras que mi mente no podía procesar... y traté de abrir los ojos para ver sus labios, ver el brillo de sus ojos, aún así, estaban abiertos, pese a la distancia milimétrica, todo seguía oscuro, como si no estuviese ahí. Sus labios rozaron los míos, la respiración agitada que emitía se posó en mi cuello, alejándome completamente de cualquier recuerdo hostil, y, por ende, del mero principio de la existencia, pues nos fundimos, de repente; y ya no hubo lugar para pensamientos, ni una voz interior hablando, ni la vitalidad que restaba en mí, que, de repente, se evaporaba, dejándome satisfactoriamente vacío, como en una nube de éxtasis...
Y entonces, desperté, todo rastro de ella no estaba, ni del fuerte peso que sometía a mis sentidos, ni del sopor sempiterno que me embriagaba, tampoco había rastro de mi vida, que, con ella, había desaparecido, no quedaba nada más en aquél lúgubre lugar que los restos de un hombre que ya no se aferraba a su existencia, con sangre en el pecho, y la huella en cenizas del beso de una succubo, que mientras él, por primera vez se sentía completo, drenaba todo lo que alguna vez hubo en él, para siempre.
N/a: Dedicado a Helga, mi sueño lúcido, quien en vez de nutrirse de la llama de la vida que hay en mí, la alimenta; la hace más brillante. <3
miércoles, 31 de agosto de 2011
domingo, 21 de agosto de 2011
Luna de mi vida
N/a: Yer jalan atthirari anni, Helga, khaleesi. ♥
Paso mis dedos por tu silueta, inalcanzable. Acaricio el vacío, idealizo en él tu presencia. Cierro mis dedos alrededor, y solo encuentro aire que huye también, quedo como al principio.
Busco el calor de un cuerpo cercano en la noche, pero solo encuentro la tórrida indiferencia de una fogata, que ilumina el bosque, en donde me encuentro perdido, buscándote.
El humo de la madera que se aleja de esta vida se alza a la inmensidad, a alcanzarte, más el insípido blanco que cubre el cielo responde en negativo, me devuelve a donde estaba, el inerte sonido de la danza entre carbones incandescentes, el bosque fundido en el olvido, y mi errático pensar.
Pasan los días, evanesces, sé que estás a mi lado, más para mis ojos eres etérea. Siento tus palabras de niebla rodeándome, me ahogan, pero no es más que viento para mis insensatos oídos humanos, que se ponen en mi contra, me traicionan, no me dejan alcanzarte.
Pasan entre mis venas, gotas amargas de sangre desteñida, aunque tu amor rodea mi ser, me cobija, mi corazón hecho de cenizas no me permite sentirlo, ni sentir el palpitar tan propio de él, enfermo, palpitar que bombea sangre blanquecina, palpitar que me debilita, me encadena a una dimensión maldita donde no puedo encontrarte, ¡oh!, luna de mi vida.
... Me aferro a tu silueta, a la luz que en campo abierto me protege, me ilumina. Te veo de lejos, infinita. Te siento arcana, te deseo corpórea, te sueño factible, más, desde mi prisión de carne y hueso, te reconozco imposible; luna de mi vida, ¡y quisiera ser un lobo!, aullarle al reflejo de tu imagen perfecta en el estanque de lágrimas perdidas, y una vez más, acaricio tu figura, invisible, y te hago dueña de lo que queda de mi vida, pues la locura me consume, me vuelve volátil; miscible.
Haces arder la sangre incolora en mi pecho, y estrangulas mi garganta con el nudo de tu ausencia, y sin embargo sigo aquí, moribundo, sin un par de alas para alcanzarte.
Solo puedo esperar, incinerado, a que la muerte me sonría, a que, como una ventisca de nieve, eleve mi alma hasta una dimensión desconocida, en donde al morir, no seas incorpórea, ni te oculte la neblina, donde, etéreos, inciertos e imposibles, podamos reunirnos, luna de mi vida.
Paso mis dedos por tu silueta, inalcanzable. Acaricio el vacío, idealizo en él tu presencia. Cierro mis dedos alrededor, y solo encuentro aire que huye también, quedo como al principio.
Busco el calor de un cuerpo cercano en la noche, pero solo encuentro la tórrida indiferencia de una fogata, que ilumina el bosque, en donde me encuentro perdido, buscándote.
El humo de la madera que se aleja de esta vida se alza a la inmensidad, a alcanzarte, más el insípido blanco que cubre el cielo responde en negativo, me devuelve a donde estaba, el inerte sonido de la danza entre carbones incandescentes, el bosque fundido en el olvido, y mi errático pensar.
Pasan los días, evanesces, sé que estás a mi lado, más para mis ojos eres etérea. Siento tus palabras de niebla rodeándome, me ahogan, pero no es más que viento para mis insensatos oídos humanos, que se ponen en mi contra, me traicionan, no me dejan alcanzarte.
Pasan entre mis venas, gotas amargas de sangre desteñida, aunque tu amor rodea mi ser, me cobija, mi corazón hecho de cenizas no me permite sentirlo, ni sentir el palpitar tan propio de él, enfermo, palpitar que bombea sangre blanquecina, palpitar que me debilita, me encadena a una dimensión maldita donde no puedo encontrarte, ¡oh!, luna de mi vida.
... Me aferro a tu silueta, a la luz que en campo abierto me protege, me ilumina. Te veo de lejos, infinita. Te siento arcana, te deseo corpórea, te sueño factible, más, desde mi prisión de carne y hueso, te reconozco imposible; luna de mi vida, ¡y quisiera ser un lobo!, aullarle al reflejo de tu imagen perfecta en el estanque de lágrimas perdidas, y una vez más, acaricio tu figura, invisible, y te hago dueña de lo que queda de mi vida, pues la locura me consume, me vuelve volátil; miscible.
Haces arder la sangre incolora en mi pecho, y estrangulas mi garganta con el nudo de tu ausencia, y sin embargo sigo aquí, moribundo, sin un par de alas para alcanzarte.
Solo puedo esperar, incinerado, a que la muerte me sonría, a que, como una ventisca de nieve, eleve mi alma hasta una dimensión desconocida, en donde al morir, no seas incorpórea, ni te oculte la neblina, donde, etéreos, inciertos e imposibles, podamos reunirnos, luna de mi vida.
martes, 2 de agosto de 2011
Historia de amor.
La vi caminando, tan linda ella, pasaba por la candelaria, la seguí. Llevaba unos audífonos blancos, como de iPod, y, al parecer, estaba sumergida en la música, caminaba sin preocupación alguna. Sin embargo, yo era cauteloso.
Caminábamos al mismo paso, ella parecía apurada, yo, parecía que medía con los pies. Era totalmente comprensible, después de todo, no era un buen sector de la ciudad para que una mujer caminara, de noche. Y, por su figura, no parecía tener edad para beber, de hecho, parecía de unos 16 años, tan rico. Yo, por otro lado, casi doblaba su edad, ya había pasado por todas las etapas que un hombre sano debe vivir, para dejar de ser sano, y, claro, yo no bajaba de degenerado, chirrete, escoria, lacra, garbimba, escoria. Desvarío.
Muchos como yo, casi como yo, también se habían fijado en ella, era una niña muy linda, pero, comprendían al verme, con la mirada fijada siempre en ella, que ya era mi presa, que no tenían nada que hacer ahí. Yo era el macho alfa de ese lugar, por supuesto. Nadie se había atrevido a interponerse en mi camino, desde el tipo al que le quite la lengua, vivo, y le pateé las bolas, mientras se desangraba por la garganta hasta morir. Después, le corté la verga, y la clavé a un poste. Salí en las noticias, desvarío.
Ella caminaba como perdida, como si la fueran a matar en cualquier momento, se oía su respiración agitada. Yo no podía dejar de fantasear con su respiración agitada, en otra locación, con las dos cabezas. Mientras mi mente y falo se regodeaban en su inmundicia, algo inesperado pasó: un habitante de la calle, un gamín cualquiera, desconocido para mí, se acercó a ella, a pedirle dinero, dándole indicaciones de no correr. Puta mierda.
Yo seguí caminando, al mismo paso, haciéndome el desentendido. Cuando él me vio y cruzamos miradas, se disculpó con la niña, acto seguido, empezó a correr. Ella, totalmente atónita, miró a su alrededor, solo me vio a mí, por supuesto. Era unas escena que carecía de sentido para ella, pero para mí, tenía todo el sentido del mundo, nada en mis planes se había alterado.
Ella balbuceó unas palabras, yo fingí no escucharla, y seguí caminando, ocultándome en la bruma, sosteniendo mis manos contra un poste, que estaba justo en la entrada de un potrero, en el barrio Egipto, el único camino disponible hacia cualquier rumbo, a menos, claro, que ella quisiera reencontrarse con el indigente, y todos los demás indigentes que se habían intimidado por mi presencia, haciendo que ella siguiese sana y salva. Caminó hacia mí, la noche me sonreía, con jubilo.
Caminó tan rápido como pudo, yo, esperé a que se adentrara, cuando iba llegando a la mitad del lugar, la parte más oscura, avancé rápidamente, con grandes zancadas, tratando de no hacer ruido. Ella no me vio, pero cuando trató de dar un paso más, aparecí.
Golpeé con fuerza moderada sus costillas, para debilitarla, y pasé mi mano sobre su hombro, tapando su boca, impidiendo que un grito de pánico y dolor arruinara todo, afortunadamente yo sabía lo que estaba haciendo. La despojé rápidamente de su chaqueta, era de cuero, negra, con cremalleras y broches plateados, que se veían a gran distancia. Abajo, tenía una blusa blanca, muy ceñida, y que marcaba a la perfección sus pechos, que, para su corta edad, no estaban nada mal. La rasgué, quedó expuesto su sujetador, ignoro el color, era oscuro en todo caso, por la reducida luz, no se veía nada más. Ella trataba de soltarse, naturalmente, sus esfuerzos incansables, pero en vano. Eso me gustaba, me generaba una erección. Una vez soltado el sujetador, un pequeño golpe seco cerca del omóplato bastó para hacerla perder el equilibrio, y procedí a tumbarla al suelo, quitando su pie de apoyo. La caída fue suave, por supuesto, yo la sujetaba, no quería ensuciar su rostro con sangre, ni barro,en cambio, estaba bañado por las lágrimas que comenzaron a fluir una vez descubrió hacia dónde iba todo esto. Era una chica perspicaz, me gustaba. Acaricié sus nalgas, y bajé su pantalón de cuerina lentamente, dejando expuestas unas delicadas bragas blancas, así que, mientras acababa de desnudarla, pasé mi pulgar sobre su coño, y acto seguido, mordió mi mano. No le dí importancia, seguí en mi labor.
Una vez estuvo todo preparado, sin ningún afán bajé la cremallera de mi pantalón, saqué mi verga, y la pasé sobre su culo un rato, solo un rato, era suave y tierno, tan hermosa, pensé. Acto seguido, besé su cuello, sentí como un escalofrío la recorría, feliz navidad, le dije, e introduje mi polla hasta el fondo, con gran dificultad. Dudé si era virgen, no encontré himen en el camino, pero por el dolor que parecía sentir, no creo que hubiese tenido una experiencia de índole sexual alguna vez. Hombre afortunado, pensé. Pocas veces puedo deleitarme con una virgen, pensé.
La faena siguió durante aproximadamente media hora, con la misma potencia que al principio, sin ninguna consideración, sin detenerme a atender su dolor, amaba esos espasmos de dolor que la recorrían, estaba enamorado de su sufrimiento, y, claro, podía hacerla sufrir más. Saqué mi polla de su vulva, y que apuntaba a la luna. Con gran dificultad, usando una sola mano, separé sus cándidas nalgas, e introduje mi verga en su ano. Las lágrimas volvieron a humedecer mis dedos, y yo estaba en el paraíso, mientras ella se quemaba en el infierno. Así es el amor, en todo caso. Seguí, no por mucho tiempo, estaba demasiado excitado, entre otras cosas, por su tristeza. Cuando estuve listo para venirme, recordé algo que había leído en internet, donkey punch, le decían, así que la golpeé con todas mis fuerzas cerca de la nuca, y, cuando el espasmo llevó a que apretara el culo, me vine, sintiéndome una vez más, en el paraíso. La noqueé, creo. No me importó, me limpié con sus bragas, y la limpié a ella también. Como estaba dormida, aproveché para morder sus tetas un rato. Me volví a excitar. Esperé a que despertara. Pasó media hora, creo, pero despertó. Si yo fuera ella, hubiese fingido que dormía, ¡ay! la inocencia.
Una vez despertó, la golpeé hasta que muriera, mientras repetía el procedimiento anterior, pero esta vez, mirándola a los ojos, y sin darle ninguna importancia a que sus gritos inundaran toda la ciudad, sin importarme que sus súplicas despertaran al mismo Dios, o al diablo. Después de todo, uno no puede amar en silencio, el amor tiene que hacer ruido, y esa era mi forma de demostrarle a aquella desconocida de piel pálida y cabello negro, que me había enamorado de su sufrimiento.
N/a: Créditos a mi querida Akinisia, de quien tomé esta frase: http://twitter.com/#!/Akinisia/status/98468156930138113
Caminábamos al mismo paso, ella parecía apurada, yo, parecía que medía con los pies. Era totalmente comprensible, después de todo, no era un buen sector de la ciudad para que una mujer caminara, de noche. Y, por su figura, no parecía tener edad para beber, de hecho, parecía de unos 16 años, tan rico. Yo, por otro lado, casi doblaba su edad, ya había pasado por todas las etapas que un hombre sano debe vivir, para dejar de ser sano, y, claro, yo no bajaba de degenerado, chirrete, escoria, lacra, garbimba, escoria. Desvarío.
Muchos como yo, casi como yo, también se habían fijado en ella, era una niña muy linda, pero, comprendían al verme, con la mirada fijada siempre en ella, que ya era mi presa, que no tenían nada que hacer ahí. Yo era el macho alfa de ese lugar, por supuesto. Nadie se había atrevido a interponerse en mi camino, desde el tipo al que le quite la lengua, vivo, y le pateé las bolas, mientras se desangraba por la garganta hasta morir. Después, le corté la verga, y la clavé a un poste. Salí en las noticias, desvarío.
Ella caminaba como perdida, como si la fueran a matar en cualquier momento, se oía su respiración agitada. Yo no podía dejar de fantasear con su respiración agitada, en otra locación, con las dos cabezas. Mientras mi mente y falo se regodeaban en su inmundicia, algo inesperado pasó: un habitante de la calle, un gamín cualquiera, desconocido para mí, se acercó a ella, a pedirle dinero, dándole indicaciones de no correr. Puta mierda.
Yo seguí caminando, al mismo paso, haciéndome el desentendido. Cuando él me vio y cruzamos miradas, se disculpó con la niña, acto seguido, empezó a correr. Ella, totalmente atónita, miró a su alrededor, solo me vio a mí, por supuesto. Era unas escena que carecía de sentido para ella, pero para mí, tenía todo el sentido del mundo, nada en mis planes se había alterado.
Ella balbuceó unas palabras, yo fingí no escucharla, y seguí caminando, ocultándome en la bruma, sosteniendo mis manos contra un poste, que estaba justo en la entrada de un potrero, en el barrio Egipto, el único camino disponible hacia cualquier rumbo, a menos, claro, que ella quisiera reencontrarse con el indigente, y todos los demás indigentes que se habían intimidado por mi presencia, haciendo que ella siguiese sana y salva. Caminó hacia mí, la noche me sonreía, con jubilo.
Caminó tan rápido como pudo, yo, esperé a que se adentrara, cuando iba llegando a la mitad del lugar, la parte más oscura, avancé rápidamente, con grandes zancadas, tratando de no hacer ruido. Ella no me vio, pero cuando trató de dar un paso más, aparecí.
Golpeé con fuerza moderada sus costillas, para debilitarla, y pasé mi mano sobre su hombro, tapando su boca, impidiendo que un grito de pánico y dolor arruinara todo, afortunadamente yo sabía lo que estaba haciendo. La despojé rápidamente de su chaqueta, era de cuero, negra, con cremalleras y broches plateados, que se veían a gran distancia. Abajo, tenía una blusa blanca, muy ceñida, y que marcaba a la perfección sus pechos, que, para su corta edad, no estaban nada mal. La rasgué, quedó expuesto su sujetador, ignoro el color, era oscuro en todo caso, por la reducida luz, no se veía nada más. Ella trataba de soltarse, naturalmente, sus esfuerzos incansables, pero en vano. Eso me gustaba, me generaba una erección. Una vez soltado el sujetador, un pequeño golpe seco cerca del omóplato bastó para hacerla perder el equilibrio, y procedí a tumbarla al suelo, quitando su pie de apoyo. La caída fue suave, por supuesto, yo la sujetaba, no quería ensuciar su rostro con sangre, ni barro,en cambio, estaba bañado por las lágrimas que comenzaron a fluir una vez descubrió hacia dónde iba todo esto. Era una chica perspicaz, me gustaba. Acaricié sus nalgas, y bajé su pantalón de cuerina lentamente, dejando expuestas unas delicadas bragas blancas, así que, mientras acababa de desnudarla, pasé mi pulgar sobre su coño, y acto seguido, mordió mi mano. No le dí importancia, seguí en mi labor.
Una vez estuvo todo preparado, sin ningún afán bajé la cremallera de mi pantalón, saqué mi verga, y la pasé sobre su culo un rato, solo un rato, era suave y tierno, tan hermosa, pensé. Acto seguido, besé su cuello, sentí como un escalofrío la recorría, feliz navidad, le dije, e introduje mi polla hasta el fondo, con gran dificultad. Dudé si era virgen, no encontré himen en el camino, pero por el dolor que parecía sentir, no creo que hubiese tenido una experiencia de índole sexual alguna vez. Hombre afortunado, pensé. Pocas veces puedo deleitarme con una virgen, pensé.
La faena siguió durante aproximadamente media hora, con la misma potencia que al principio, sin ninguna consideración, sin detenerme a atender su dolor, amaba esos espasmos de dolor que la recorrían, estaba enamorado de su sufrimiento, y, claro, podía hacerla sufrir más. Saqué mi polla de su vulva, y que apuntaba a la luna. Con gran dificultad, usando una sola mano, separé sus cándidas nalgas, e introduje mi verga en su ano. Las lágrimas volvieron a humedecer mis dedos, y yo estaba en el paraíso, mientras ella se quemaba en el infierno. Así es el amor, en todo caso. Seguí, no por mucho tiempo, estaba demasiado excitado, entre otras cosas, por su tristeza. Cuando estuve listo para venirme, recordé algo que había leído en internet, donkey punch, le decían, así que la golpeé con todas mis fuerzas cerca de la nuca, y, cuando el espasmo llevó a que apretara el culo, me vine, sintiéndome una vez más, en el paraíso. La noqueé, creo. No me importó, me limpié con sus bragas, y la limpié a ella también. Como estaba dormida, aproveché para morder sus tetas un rato. Me volví a excitar. Esperé a que despertara. Pasó media hora, creo, pero despertó. Si yo fuera ella, hubiese fingido que dormía, ¡ay! la inocencia.
Una vez despertó, la golpeé hasta que muriera, mientras repetía el procedimiento anterior, pero esta vez, mirándola a los ojos, y sin darle ninguna importancia a que sus gritos inundaran toda la ciudad, sin importarme que sus súplicas despertaran al mismo Dios, o al diablo. Después de todo, uno no puede amar en silencio, el amor tiene que hacer ruido, y esa era mi forma de demostrarle a aquella desconocida de piel pálida y cabello negro, que me había enamorado de su sufrimiento.
N/a: Créditos a mi querida Akinisia, de quien tomé esta frase: http://twitter.com/#!/Akinisia/status/98468156930138113
sábado, 18 de junio de 2011
Quimera
Somos una sociedad averiada y petulante, bifacética, somos una sociedad amorfa regida por dos principios: el morbo, y la enfermedad.
Es por eso que nuestra mirada se educa desde una edad muy temprana para seleccionar muy cuidadosamente aquello que se debe observar de cerca. Nuestros ojos son indiferentes, cortantes, mezquinos; nos rehusamos a darle atención a aquellos que ruegan desesperadamente por ella, tratando de encajar, los convertimos en aquello que después, con vanaglorio, llamamos fenómenos. Oh, sí. Subnormales, freaks, la lista de palabras denigrantes es infinita, pues para eso se nos entrenó.
El asunto cambia notablemente cuando detectamos una pizca de morbo o enfermedad, en todo caso. Nuestras miradas giran ansiosas, tratando de buscar el espectáculo bizarro que nos puedan ofrecer unos pocos infortunados. Enfermos mentales, retrasados, gente con enfermedades sexuales, mutilados, cualquier cosa es buena para entretener a nuestro irrespetuoso y sediento ser.
No importa cuán herida esté la persona con nuestra atención cortante como dagas, así es mejor, y nos deleitamos con su sufrimiento ¡Oh sí!, ¿para qué preocuparnos? Si les damos nuestra aceptación, no hay más espectáculo, pues a su vez ellos tratan de encajar, encajan entre nosotros -o ustedes- como la paria de la sociedad, como el mutante encadenado en el circo medieval.
...pero así nacimos, y así moriremos, alimentados por la obscenidad ajena, la nuestra no importa, por supuesto, la podemos esconder.
Y es que, no hay nada mejor para nosotros que, al despertar, recoger el periódico y leerlo con un café muy oscuro, y muy caliente, que nos queme para sentirnos malhumorados todo el día, y al abrir el periódico casi sin interés, encontrar en primera plana una historia muy detallada de cómo un padre violó, torturó, mató, y volvió a violar, a toda su familia, incluyendo los bebés.
Por supuesto, es un espectáculo propio del mejor titiritero, lo importante aquí no es cuán atroz haya sido el crimen, sino poner a prueba nuestra reluciente máscara de indignación, y comentarlo con todos los demás que, junto al café negro, hicieron el mismo ritual que nosotros acabamos de hacer; sin ningún tacto hacia los cuerpos profanados, dejar fluir nuestras lenguas mordaces hasta niveles nunca antes pensados, sentirnos alguien mejor, siempre y cuando, claro, sea porque somos -por fuera- intachables.
¡Oh!, los humanos... nacen como mamíferos, crecen como parásitos, y actúan como hienas, una vez se reúnen. Son una quimera, todos son una quimera, yo también soy una quimera. Muestran una desaprobación llena de odio a todo aquello que se sale del esquema de la normalidad, trazado por la moral de algún anciano senil. Por supuesto, hay que desaprobar todo comportamiento ajeno al trazado por unas leyes invisibles y hace mucho tiempo extintas, pues, si alguien se atreve a mostrarse simpatizante de la causa, es una vez más, parte del morbo y la enfermedad -mental- de la enajenación.
Deben mostrarse intachables, como hechos de cristal, no importa si existe algún delito anónimo, lo importante es lo que se muestra en la -pútrida- sociedad; pues está estipulado desde hace mucho tiempo, que no importa cuán dañado se está por dentro, lo importante es cuán buena sea esa máscara que deciden llevar, hasta que, después de un arrebato, cometan algún acto de locura que los dejen plasmados en las lenguas de paupérrima educación, de todos aquellos que alguna vez se hicieron llamar semejantes.
Es por eso que nuestra mirada se educa desde una edad muy temprana para seleccionar muy cuidadosamente aquello que se debe observar de cerca. Nuestros ojos son indiferentes, cortantes, mezquinos; nos rehusamos a darle atención a aquellos que ruegan desesperadamente por ella, tratando de encajar, los convertimos en aquello que después, con vanaglorio, llamamos fenómenos. Oh, sí. Subnormales, freaks, la lista de palabras denigrantes es infinita, pues para eso se nos entrenó.
El asunto cambia notablemente cuando detectamos una pizca de morbo o enfermedad, en todo caso. Nuestras miradas giran ansiosas, tratando de buscar el espectáculo bizarro que nos puedan ofrecer unos pocos infortunados. Enfermos mentales, retrasados, gente con enfermedades sexuales, mutilados, cualquier cosa es buena para entretener a nuestro irrespetuoso y sediento ser.
No importa cuán herida esté la persona con nuestra atención cortante como dagas, así es mejor, y nos deleitamos con su sufrimiento ¡Oh sí!, ¿para qué preocuparnos? Si les damos nuestra aceptación, no hay más espectáculo, pues a su vez ellos tratan de encajar, encajan entre nosotros -o ustedes- como la paria de la sociedad, como el mutante encadenado en el circo medieval.
...pero así nacimos, y así moriremos, alimentados por la obscenidad ajena, la nuestra no importa, por supuesto, la podemos esconder.
Y es que, no hay nada mejor para nosotros que, al despertar, recoger el periódico y leerlo con un café muy oscuro, y muy caliente, que nos queme para sentirnos malhumorados todo el día, y al abrir el periódico casi sin interés, encontrar en primera plana una historia muy detallada de cómo un padre violó, torturó, mató, y volvió a violar, a toda su familia, incluyendo los bebés.
Por supuesto, es un espectáculo propio del mejor titiritero, lo importante aquí no es cuán atroz haya sido el crimen, sino poner a prueba nuestra reluciente máscara de indignación, y comentarlo con todos los demás que, junto al café negro, hicieron el mismo ritual que nosotros acabamos de hacer; sin ningún tacto hacia los cuerpos profanados, dejar fluir nuestras lenguas mordaces hasta niveles nunca antes pensados, sentirnos alguien mejor, siempre y cuando, claro, sea porque somos -por fuera- intachables.
¡Oh!, los humanos... nacen como mamíferos, crecen como parásitos, y actúan como hienas, una vez se reúnen. Son una quimera, todos son una quimera, yo también soy una quimera. Muestran una desaprobación llena de odio a todo aquello que se sale del esquema de la normalidad, trazado por la moral de algún anciano senil. Por supuesto, hay que desaprobar todo comportamiento ajeno al trazado por unas leyes invisibles y hace mucho tiempo extintas, pues, si alguien se atreve a mostrarse simpatizante de la causa, es una vez más, parte del morbo y la enfermedad -mental- de la enajenación.
Deben mostrarse intachables, como hechos de cristal, no importa si existe algún delito anónimo, lo importante es lo que se muestra en la -pútrida- sociedad; pues está estipulado desde hace mucho tiempo, que no importa cuán dañado se está por dentro, lo importante es cuán buena sea esa máscara que deciden llevar, hasta que, después de un arrebato, cometan algún acto de locura que los dejen plasmados en las lenguas de paupérrima educación, de todos aquellos que alguna vez se hicieron llamar semejantes.
miércoles, 15 de junio de 2011
Gaspard
Existencia. Los que, como yo, estamos totalmente desligados a cualquier vínculo sentimental hacia ella, la describimos de una forma en particular: grandes contrastes. La vida y la muerte, el cielo y el mar, el fuego y el agua... todo a nuestro alrededor se basa en contrastes, si tenemos la suficiente disciplina para observar atentamente, como el cuerpo robusto de la copa rota de vino, en la que bebo ahora mismo, y el frágil y delicado reflejo inmaculado del scarbo... el scarbo incorpóreo, transparente, ebrio y juguetón, que se formaba en su espalda produciendo escalofríos, en tiempos más alegres -los de ahora son muy lúgubres-, en los que yo acariciaba su cálida piel desnuda con mis dedos, llenándome de calor en la noche más fría.
Y como de todo principio acaece un final, pasaron los días, bajó el telón.
...El calor desapareció de su cuerpo, el scarbo, murió con mis dedos, sus ojos se volvieron opacos, la vida que una vez habitó en ellos, fue robada por su sombra, que, con una vida propia con la cual podía sobrevivir sin necesidad de luz, ni de un cuerpo ajeno... la dejó sola.
Sus labios se volvieron fríos, sus manos, cada vez más pálidas. Sus dedos cada vez más tensos, y su sonrisa más forzada... ¿Era ella todavía, realmente? A veces, pensaba que era alguien más, una mujer nacida en el invierno, que no conocía la luz del sol.
...Tal vez la luz, era la que no conocía a sus ojos.
Ella se sentaba cada día, hasta el anochecer, en el mismo lugar, no musitaba palabra, no producía sonido alguno. Su cabeza girada, como esperando eso que no va a volver, se mantenía inexpresiva: sus emociones huyeron con su sombra. Ella vestía de negro, sentada en el alfeizar con ventanas ocultas bajo tablones de madera, el alfeizar era blanco, blancas eran también, las paredes a sus lados, y el techo, el pasillo... blanco era el color que representaba el vacío en su espíritu, al igual que un niño que nace muerto, nula era la única definición, para quien miraba en su alma.
Su corazón andaba a destiempo, su pulso, era errático, desquiciado, desvariante, amorfo... era el único sonido a su alrededor, y al escuchar lentamente, se percibía como, lentamente, surgía el patrón de una melodía fúnebre, la que acompañaba al gaspard, cada noche.
Sus pulgares estaban entrelazados, estáticos, una figura trémula en sus labios, de vez en cuando se arrimaba, un nudo en la garganta que gritaba por salir en forma de llanto, pero el llanto no fluía por su rostro porque sus ojos estaban secos, y él, derrotado, volvía a esconderse, cada vez más grande, dentro de aquél cuerpo vacío donde sólo él era huésped.
Parecía una silueta, de lejos. Parecía un fantasma, de cerca... solo a pocos centímetros de ella, se notaba que era corpórea, y que estaba viva, pero nadie se atrevía a perturbar el demacrado paisaje de desolación, ni la muerte se atrevía a acercarse, y por ello, conforme las lunas pasaban, cada vez más tristes, y más congeladas... ella seguía ahí, sin envejecer, sin levantarse... y apenas respirando, por inercia.
Ella permanecía inmóvil, de un negro denso como bruma, sobre un blanco espeso como neblina. Ella seguía ahí, con la esperanza de desaparecer esbozada en el filo de su mirada perdida en algún punto fijo e inexistente.
Al final, antes que el sol se congelara, y la luna fuese consumida por el fuego, de sus ojos salió una única lágrima congelada, y esa lágrima era su alma, la cual se difuminó en el viento, y escapó de la prisión que duró mil años.
Ella, sin sombra y sin alma, se convirtió lentamente en porcelana, con los labios cerrados, y la mirada apagada, seguía viviendo, por supuesto, pero al fin, y como hace mil inviernos lo había deseado, no podía sentir nada, ni el nudo en la garganta que había escapado con su alma.
N/a: Para Ruu ♥, después de once días sin escribir en este lugar.
Y como de todo principio acaece un final, pasaron los días, bajó el telón.
...El calor desapareció de su cuerpo, el scarbo, murió con mis dedos, sus ojos se volvieron opacos, la vida que una vez habitó en ellos, fue robada por su sombra, que, con una vida propia con la cual podía sobrevivir sin necesidad de luz, ni de un cuerpo ajeno... la dejó sola.
Sus labios se volvieron fríos, sus manos, cada vez más pálidas. Sus dedos cada vez más tensos, y su sonrisa más forzada... ¿Era ella todavía, realmente? A veces, pensaba que era alguien más, una mujer nacida en el invierno, que no conocía la luz del sol.
...Tal vez la luz, era la que no conocía a sus ojos.
Ella se sentaba cada día, hasta el anochecer, en el mismo lugar, no musitaba palabra, no producía sonido alguno. Su cabeza girada, como esperando eso que no va a volver, se mantenía inexpresiva: sus emociones huyeron con su sombra. Ella vestía de negro, sentada en el alfeizar con ventanas ocultas bajo tablones de madera, el alfeizar era blanco, blancas eran también, las paredes a sus lados, y el techo, el pasillo... blanco era el color que representaba el vacío en su espíritu, al igual que un niño que nace muerto, nula era la única definición, para quien miraba en su alma.
Su corazón andaba a destiempo, su pulso, era errático, desquiciado, desvariante, amorfo... era el único sonido a su alrededor, y al escuchar lentamente, se percibía como, lentamente, surgía el patrón de una melodía fúnebre, la que acompañaba al gaspard, cada noche.
Sus pulgares estaban entrelazados, estáticos, una figura trémula en sus labios, de vez en cuando se arrimaba, un nudo en la garganta que gritaba por salir en forma de llanto, pero el llanto no fluía por su rostro porque sus ojos estaban secos, y él, derrotado, volvía a esconderse, cada vez más grande, dentro de aquél cuerpo vacío donde sólo él era huésped.
Parecía una silueta, de lejos. Parecía un fantasma, de cerca... solo a pocos centímetros de ella, se notaba que era corpórea, y que estaba viva, pero nadie se atrevía a perturbar el demacrado paisaje de desolación, ni la muerte se atrevía a acercarse, y por ello, conforme las lunas pasaban, cada vez más tristes, y más congeladas... ella seguía ahí, sin envejecer, sin levantarse... y apenas respirando, por inercia.
Ella permanecía inmóvil, de un negro denso como bruma, sobre un blanco espeso como neblina. Ella seguía ahí, con la esperanza de desaparecer esbozada en el filo de su mirada perdida en algún punto fijo e inexistente.
Al final, antes que el sol se congelara, y la luna fuese consumida por el fuego, de sus ojos salió una única lágrima congelada, y esa lágrima era su alma, la cual se difuminó en el viento, y escapó de la prisión que duró mil años.
Ella, sin sombra y sin alma, se convirtió lentamente en porcelana, con los labios cerrados, y la mirada apagada, seguía viviendo, por supuesto, pero al fin, y como hace mil inviernos lo había deseado, no podía sentir nada, ni el nudo en la garganta que había escapado con su alma.
N/a: Para Ruu ♥, después de once días sin escribir en este lugar.
sábado, 4 de junio de 2011
café negro.
Sentí ganas de golpearla. La vi, y sentí ganas de descargar en ella toda mi ira acumulada, ira que ella había generado previamente -y que seguiría generando posteriormente-. Estábamos ahí, parados frente a frente, imaginé como la tiraba por la escalera, como halaba su cabello, como, con un corta uñas, laceraba su piel, tersa y cándida. Aluciné. La golpeaba en mis fantasías, mis golpes iban y venían como estruendos en una fuerte lluvia huracanada, y su sangre fluía como las gotas que acompañaban esos estruendos. La mordía, sacaba sus ojos, cortaba sus labios, quemaba sus dedos...
Entonces un sonido me trajo de vuelta a la abrumadora realidad, era ella, hablándome -aún más- disgustada, diciéndome que atendiera a sus palabras, que dejara de pensar en quién sabe qué, que no me atreviera a dejarla hablando sola. Que más me valía haberla escuchado y estar pensando en una respuesta, y por una fracción de segundo, mi mano se encaminó hacia ella, por esa milesima, todas esas fantasías se hicieron realidad, y pude saborear el sublime caos, pero una milesima después, todo volvió a ser real, y mi mano se encontraba en su cuello, acariciando con la yema del pulgar su mejilla, diciéndole te quiero, y dándole un inexpresivo pero cálido beso de despedida en los labios, para que sus reclamos desaparecieran y yo pudiera volver a fantasear con mil formas de deshacerme de ella, como cada mañana a las 7 de la mañana, justo después de un amargo café negro.
Entonces un sonido me trajo de vuelta a la abrumadora realidad, era ella, hablándome -aún más- disgustada, diciéndome que atendiera a sus palabras, que dejara de pensar en quién sabe qué, que no me atreviera a dejarla hablando sola. Que más me valía haberla escuchado y estar pensando en una respuesta, y por una fracción de segundo, mi mano se encaminó hacia ella, por esa milesima, todas esas fantasías se hicieron realidad, y pude saborear el sublime caos, pero una milesima después, todo volvió a ser real, y mi mano se encontraba en su cuello, acariciando con la yema del pulgar su mejilla, diciéndole te quiero, y dándole un inexpresivo pero cálido beso de despedida en los labios, para que sus reclamos desaparecieran y yo pudiera volver a fantasear con mil formas de deshacerme de ella, como cada mañana a las 7 de la mañana, justo después de un amargo café negro.
martes, 31 de mayo de 2011
Futilidad
Sentí ganas de disparar, cerré los ojos con fuerza, y vi como en el interior, en el negro, tan profundo, se formaba una imagen amorfa de color rojo, que comenzaba a volverse fucsia, y luego azul. Abrí los ojos, y, con la mirada distorsionada, recorrí el entorno, estaba desordenado, como lo había dejado cinco segundos atrás, antes de tratar de encontrar respuestas inexistentes en la oscuridad de mis párpados.
Acaricié el frío metal del revolver, no pesaba mucho, por alguna extraña razón, contemplé aquél negro opaco que se confundía con el de mis ojos cerrados, cada pequeño detalle... titubeé, desvarié, y acaricié el gatillo con mi índice, estaba frío, mi respiración también estaba fría, y el sudor que bajaba por mi nuca.
Pasaron unos minutos de reflexión, en los que, tal vez sin darme cuenta, me despedí de todo lo que había abandonado sin decir palabra, y de todo lo que iba a abandonar de la misma manera. Mis familiares lejanos, mis padres, mis hijos, y mis amigos, no sabrían nada de mí hasta que fuera demasiado tarde, hasta que la macabra imagen de un yo en descomposición, rodeado de insectos que, irrespetuosos y ajenos al dolor de aquellos que me quisieron, o fingían quererme, se posara fija en sus ojos.
Hice una mueca de dolor, presioné los dientes hasta que me dolieron los oídos, volví a cerrar los ojos, era demasiado cobarde para actuar con los ojos cerrados, y puse mi cabeza apuntando contra el frío techo que, indiferente, seguía ahí estático como siempre, lleno de un color blanco inexpresivo. Las lágrimas brotaron de mis ojos, pero antes que se deslizaran juguetonas hasta mis labios, presioné el gatillo.
No pasó nada, lo presioné otra vez, sonó una explosión, y de forma instintiva abrí los ojos, me encontraba con las manos pegadas al cuerpo, aprisionadas por la camisa de fuerza, sentado en un rincón de una habitación con un tedioso color blanco, con las paredes cubiertas de un material blando, pero desconocido para mí, que evitaba que me hiciera daño... más daño del que me producía el encierro, un daño mental y devastador, pero que no era letal, y por tanto no me mataba.
Estaba despertando de un sueño, un pasaje por mi subconsciente: el único sitio donde podía sentirme libre, ya que, no se me permitía abandonar ese lugar. Sin embargo, en mis sueños tampoco era libre, era la décima vez, en diez noches, que soñaba con la misma escena en la oscura habitación. Era el décimo paseo a un laberinto de futilidad, donde, al igual que en la realidad que se me había obligado a vivir, las cosas nunca salían como lo esperaba.
Acaricié el frío metal del revolver, no pesaba mucho, por alguna extraña razón, contemplé aquél negro opaco que se confundía con el de mis ojos cerrados, cada pequeño detalle... titubeé, desvarié, y acaricié el gatillo con mi índice, estaba frío, mi respiración también estaba fría, y el sudor que bajaba por mi nuca.
Pasaron unos minutos de reflexión, en los que, tal vez sin darme cuenta, me despedí de todo lo que había abandonado sin decir palabra, y de todo lo que iba a abandonar de la misma manera. Mis familiares lejanos, mis padres, mis hijos, y mis amigos, no sabrían nada de mí hasta que fuera demasiado tarde, hasta que la macabra imagen de un yo en descomposición, rodeado de insectos que, irrespetuosos y ajenos al dolor de aquellos que me quisieron, o fingían quererme, se posara fija en sus ojos.
Hice una mueca de dolor, presioné los dientes hasta que me dolieron los oídos, volví a cerrar los ojos, era demasiado cobarde para actuar con los ojos cerrados, y puse mi cabeza apuntando contra el frío techo que, indiferente, seguía ahí estático como siempre, lleno de un color blanco inexpresivo. Las lágrimas brotaron de mis ojos, pero antes que se deslizaran juguetonas hasta mis labios, presioné el gatillo.
No pasó nada, lo presioné otra vez, sonó una explosión, y de forma instintiva abrí los ojos, me encontraba con las manos pegadas al cuerpo, aprisionadas por la camisa de fuerza, sentado en un rincón de una habitación con un tedioso color blanco, con las paredes cubiertas de un material blando, pero desconocido para mí, que evitaba que me hiciera daño... más daño del que me producía el encierro, un daño mental y devastador, pero que no era letal, y por tanto no me mataba.
Estaba despertando de un sueño, un pasaje por mi subconsciente: el único sitio donde podía sentirme libre, ya que, no se me permitía abandonar ese lugar. Sin embargo, en mis sueños tampoco era libre, era la décima vez, en diez noches, que soñaba con la misma escena en la oscura habitación. Era el décimo paseo a un laberinto de futilidad, donde, al igual que en la realidad que se me había obligado a vivir, las cosas nunca salían como lo esperaba.
jueves, 26 de mayo de 2011
Evanescente.
El cielo estaba gris, como si el apacible azul que lo caracterizaba hubiese huido para siempre. El tiempo había pasado, era normal que, a pensar del toque gris de las nubes que lo aprisionaban, ya no fuese un azul oscuro, sin embargo, no había un matiz distinto al implacable e insípido gris, del cual como hilos a punto de desaparecer, salían gotas de la luz de la luna.
Dejé de mirar el cielo, estaba distraído, la intuición me decía que llevaba bastante tiempo alrededor de ese lugar, y entonces, antes de concentrar mi vista en el frente, miré mis pies: Mis zapatillas estaban mojadas, al igual que mi pantalón, al menos hasta la rodilla, parecía que me hubiera sumergido en una especie de lago, y entonces, como volviendo en mí, sentí el peso de la ropa que, llena de agua, me halaba un poco más hacia el suelo.
Algo me decía que no era una total locura mi estadía en ese lugar, que tenía toda la razón para estar ahí, que aquello que estaba buscando, se encontraba muy cerca. Aquello que estaba buscando... ¿Y qué estaba buscando?, la pregunta recorría mi mente como un barco a la deriva que está a punto de hundirse en el inmenso e implacable océano.
Con la mente totalmente perdida y guiado por la inercia, levanté la mirada al frente, y como si la respuesta surgiera de la densa niebla que se posaba adelante, recordé que buscaba a una mujer, la había visto hace rato, no del todo, solo sus ojos, pero se posaban en mí como si buscaran muy adentro de mi corazón, y luego se perdieron... recuerdo haberles seguido la pista, caminar sin rumbo hacia donde se habían movido, esos evanescentes ojos como de una hechicera que, sin compasión alguna, me estaban llevando al desquicio.
Y así pasaron los minutos, caminaba, sentía el asfalto mojado bajo mis pies, sentía el frío mezclarse con el sudor y apoderarse de mi piel, las gotas que caían, juguetonas, de mi cabello, y pasaban como un escalofrío por mi espalda, o se resbalaban por mis mejillas dejándome una ligera marca, como de lágrimas. Se perdían en mi barba, mojaban mi cuello, hidrataban mis labios resecos, pero no lograban animar mi alma, que, al parecer, jadeaba como si estuviese muriéndose en la mitad del desierto más caluroso.
...Entonces reaparecían, muy adentro de la niebla, miraban fijos hacia mí, como si el vapor no estuviera presente, era una imagen nítida, permanecían quietos, no parpadeaban, como si yo fuese un punto muerto en la pared, escudriñaban dentro del punto más pequeño de mi mera existencia, me sentía desnudo, aquella ropa húmeda y pesada desaparecía ante ellos, estaba indefenso... pero no sentía peligro, no en absoluto; porque era una mirada cándida e inmaculada, mística y terrible, eran ojos grandes, delicados, de un color indescifrable, entre plateado y azul, como el azul oscuro que le faltaba al cielo, un poco más claros que el pérfido blanco de las nubes del cielo, pero más oscuro que la niebla que los rodeaba... y parecían moverse, sentía que cada vez estaban más cerca, pero se detenían, y entonces parecía que se estuvieran alejando...
Después, cuando, apresurado por la impaciencia, pero frenado por el cansancio y las cadenas biológicas que el ácido láctico imponía en mi cuerpo exhausto, a solo unos metros de mi objetivo, desaparecían, sin dejar rastro. La escena se repetía una y otra vez en mi mente, hasta que, un poco más borrosos, reaparecían, sentía que eran prisioneros por la niebla, como un gran gólem que tenía a un hada prisionera, y volvía a comenzar mi carrera contra el tiempo.
Su mirada se difuminaba, y respirar era difícil, cada vez más, y ya no distinguía sur ni norte, la trémula estela de luz lunar que se posaba arriba la última vez que miré al cielo, ya no se notaba, y, como si fuera un fantasma, mis pies habían desaparecido; donde una vez estaban, solo había niebla... sintiéndome perdido, sentí los ojos detrás de mí, me miraban, ¡me miraban!, pero cuando giré para encontrarme con ellos, me vi totalmente rodeado por la nada... la impenetrable nada blanca de aire condensado que había estado ahí desde un principio, consumiéndome, reduciéndome a un cuerpo cuya mente había desaparecido... haciendo que mi vida se redujera a solo un acto de locura.
-
N/a: Dedicado a los ojos evanescentes de Naoko.
Dejé de mirar el cielo, estaba distraído, la intuición me decía que llevaba bastante tiempo alrededor de ese lugar, y entonces, antes de concentrar mi vista en el frente, miré mis pies: Mis zapatillas estaban mojadas, al igual que mi pantalón, al menos hasta la rodilla, parecía que me hubiera sumergido en una especie de lago, y entonces, como volviendo en mí, sentí el peso de la ropa que, llena de agua, me halaba un poco más hacia el suelo.
Algo me decía que no era una total locura mi estadía en ese lugar, que tenía toda la razón para estar ahí, que aquello que estaba buscando, se encontraba muy cerca. Aquello que estaba buscando... ¿Y qué estaba buscando?, la pregunta recorría mi mente como un barco a la deriva que está a punto de hundirse en el inmenso e implacable océano.
Con la mente totalmente perdida y guiado por la inercia, levanté la mirada al frente, y como si la respuesta surgiera de la densa niebla que se posaba adelante, recordé que buscaba a una mujer, la había visto hace rato, no del todo, solo sus ojos, pero se posaban en mí como si buscaran muy adentro de mi corazón, y luego se perdieron... recuerdo haberles seguido la pista, caminar sin rumbo hacia donde se habían movido, esos evanescentes ojos como de una hechicera que, sin compasión alguna, me estaban llevando al desquicio.
Y así pasaron los minutos, caminaba, sentía el asfalto mojado bajo mis pies, sentía el frío mezclarse con el sudor y apoderarse de mi piel, las gotas que caían, juguetonas, de mi cabello, y pasaban como un escalofrío por mi espalda, o se resbalaban por mis mejillas dejándome una ligera marca, como de lágrimas. Se perdían en mi barba, mojaban mi cuello, hidrataban mis labios resecos, pero no lograban animar mi alma, que, al parecer, jadeaba como si estuviese muriéndose en la mitad del desierto más caluroso.
...Entonces reaparecían, muy adentro de la niebla, miraban fijos hacia mí, como si el vapor no estuviera presente, era una imagen nítida, permanecían quietos, no parpadeaban, como si yo fuese un punto muerto en la pared, escudriñaban dentro del punto más pequeño de mi mera existencia, me sentía desnudo, aquella ropa húmeda y pesada desaparecía ante ellos, estaba indefenso... pero no sentía peligro, no en absoluto; porque era una mirada cándida e inmaculada, mística y terrible, eran ojos grandes, delicados, de un color indescifrable, entre plateado y azul, como el azul oscuro que le faltaba al cielo, un poco más claros que el pérfido blanco de las nubes del cielo, pero más oscuro que la niebla que los rodeaba... y parecían moverse, sentía que cada vez estaban más cerca, pero se detenían, y entonces parecía que se estuvieran alejando...
Después, cuando, apresurado por la impaciencia, pero frenado por el cansancio y las cadenas biológicas que el ácido láctico imponía en mi cuerpo exhausto, a solo unos metros de mi objetivo, desaparecían, sin dejar rastro. La escena se repetía una y otra vez en mi mente, hasta que, un poco más borrosos, reaparecían, sentía que eran prisioneros por la niebla, como un gran gólem que tenía a un hada prisionera, y volvía a comenzar mi carrera contra el tiempo.
Su mirada se difuminaba, y respirar era difícil, cada vez más, y ya no distinguía sur ni norte, la trémula estela de luz lunar que se posaba arriba la última vez que miré al cielo, ya no se notaba, y, como si fuera un fantasma, mis pies habían desaparecido; donde una vez estaban, solo había niebla... sintiéndome perdido, sentí los ojos detrás de mí, me miraban, ¡me miraban!, pero cuando giré para encontrarme con ellos, me vi totalmente rodeado por la nada... la impenetrable nada blanca de aire condensado que había estado ahí desde un principio, consumiéndome, reduciéndome a un cuerpo cuya mente había desaparecido... haciendo que mi vida se redujera a solo un acto de locura.
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N/a: Dedicado a los ojos evanescentes de Naoko.
viernes, 13 de mayo de 2011
1er aniversario (atrasado por 9 días)
No sé si en todo caso, haya algún motivo que celebrar, después de todo ¿por qué decir aniversario? Tal vez lo veo como un logro personal, -uno muy pequeño por cierto-, pero después de todo, lo es de cierta forma.
A lo largo de un año y nueve días (no todos los días, por cierto) me he dedicado a escribir acá, cuando miro las primeras notas, no puedo evitar sentir que son basura, para muchos lo han de ser también, para otros, no. En todo caso hay una ligera nostalgia en ellas.
Muchas veces me pregunto: ¿por qué sigo escribiendo? A veces me calma, a veces me frustran los resultados, otras veces, por el simple hecho de alguien que lo pide. En cualquier caso, casi nunca me gusta el resultado. Pero a veces pasa; supongo que de alguna forma es una muestra de progreso, si no, pura vanidad. O lo que sea.
A lo largo de este año, he aprendido muchas cosas relacionadas a la escritura: Vi que me estaba enfrascando en un entorno, el hombre matando a la mujer en una zona gélida que se llena de sangre, antes de eso, la pequeña necesidad de "imitar" la escritura de Rafael Chaparro Madiedo, y así. He tratado (y a veces pienso que sin éxito) De no estancarme, si lo he logrado o no, supongo que lo sabré tiempo después. Aunque puedo decir (y tal vez, otra vez con la vanidad hablando por mí) que he mejorado mi uso de la ortografía, la puntuación, y mi léxico. Esto último, no es un mérito exclusivamente propio, ni mucho menos: gracias a todos los escritores que he leído, que también usan un blog o por el medio de una nota de facebook, me han hecho progresar, al igual que las criticas constructivas de unos pocos, que por encima de las formalidades de un elogio, me han dicho ¡hey!, aquí te equivocaste; mejora esto, etcétera, y como escritor en formación -al igual que todos los demás-, es incalculable la utilidad de dichas palabras. Aunque debo decir con tristeza, aunque suene de alguna forma, pedante, que nunca he recibido una crítica negativa. Espero encontrarla alguna vez, y aprender de ella, o saber que al menos, hay alguien que detesta lo que hago, y que debo estar haciendo algo demasiado bien, o que la gente que me rodea me quiere demasiado para decir que lo estoy haciendo terriblemente mal.
No sé si se me escapa algo... en todo caso, creo que he dicho suficiente. Ahora a la parte más importante: Ustedes.
Debo y quiero agradecer (en desorden) a varias personas -y posiblemente se me escape alguna, y me disculpo, los que me conocen, saben muy bien lo distraído que soy-, porque, gracias a ellas, es que esto sigue (y seguirá) estando aquí.
Cuando comencé a escribir, recuerdo muy bien que, no pasaba de 4 followers, ahora son cuarenta, y, aunque no los conozco a todos, y no sé si, todos ven cada entrada, cada vez que publico, sé muy bien que alguna vez leyeron algo que les gustó, y les agradezco, aunque no sabía que alguien fuera a leer esto, es gratificante ver cuando ese número aumenta.
Iwana: mi mejor amiga, mi primer follower, y en general, la persona que está ahí por excelencia, por años, y que realmente espero, nunca dejes de estar. Eres la mejor, y'know. <3
Laurah: Por ti abrí este blog, hay varios escritos para ti en él, y si hoy dedico parte de mi tiempo cada noche, a dejar volar mi imaginación y escribir con la esperanza que a alguien le guste más que a mí, lo que sale de mi (muy corroída) mente, es por ti. Creo que nunca podré decirte con palabras, cuán agradecido estoy, y seguiré estando, si hoy puedo burlarme de lo mal que escriben algunos, es por ti.
Ana, o Chuu, o Annie, o Spaghetti, o lo que sea (?): Well, tú sabes muy bien que la mayoría de lo que hay en este blog, lo escribí para ti, o para que tuvieras algo qué leer, y no te aburrieras, así que, en todo caso, supongo que el mayor progreso del año pasado te lo debo a ti, entre otras cosas, porque aunque solo te leí unas 5 veces, eres una escritora maravillosa.
Naoko: este año, casi todo el año, he escrito para ti, y en todo caso, las pocas veces que me ha gustado algún texto, ha sido para ti creo que si he sentido algún progreso este año -y en efecto lo he hecho-, es casi en su totalidad por ti, y es que recalcar tu imagen con letras, es todo un reto, especialmente por esos ojos de un color indescifrable...
Leopard: a ti también te he escrito, y, puedo decir por cierto, que gracias a ti he podido ver una gran diversidad de entornos, y es algo que estaba buscando desesperadamente, por aquello que sentía, que todo era igual.
Pachi, eres mi lectora más antigua, y aunque ya no tengo la oportunidad de saber qué piensas, siempre tenías algo que decir que podía ayudarme a mejorar, siempre que escribo, me acuerdo de ti.
Nat: tú siempre me dices qué quedó mal, siempre miras más allá, y me ayudas a darme cuenta de mis errores, es lo más importante en el camino de forjar un estilo bien definido y sin fallas, te estoy eternamente agradecido ♥
Akiha: siempre diré que, espero escribir tan bien como tú algún día, y me has dado muchos consejos, en persona, que me han ayudado.
Klass: usted escribe excelente, y siempre me ha animado a seguir escribiendo, también me ha dicho sobre escribir un libro, y sé que viniendo de usted, va muy en serio.
Vlad: Usted me introdujo al mundo de los recitales poéticos, donde he aprendido -y seguiré aprendiendo- muchísimo, además, sus textos son maravillosos.
Narda: de ti he aprendido mucho, y de la constante motivación que obtengo de tu parte, además, es maravilloso escucharte declamar, no conozco a nadie que lo haga tan bien como tú, además de todo lo que he podido aprender en los recitales.
Nessie: eres una escritora maravillosa, y siempre me alegra cuando me muestras un escrito, siento que puedo aprender mucho de tu narrativa tan particular y espléndida, muchas gracias.
Daniel: creo que siempre me voy a acordar del día que leí su escrito sobre la panadería, tan diferente a todo lo que había leído, pero tan envolvente como un libro de misterio, además, usted me ayudó en gran parte a salirme de ese Rafael Chaparro style en el que estaba tan penosamente estancado, creo que he aprendido mucho hablando con ud; no solo de escritura, sino de vivir en general.
También he conocido gente que me leía y por eso comenzamos a hablar, como tú, Teff, me alegra haber creado, y seguido con este espacio, pues gracias a él es que hoy hablo contigo.
Y a mis lectores en general... esto podría rayar en el cliché, pero, este blog existe por, y para ustedes. Si escribo acá, no es por desahogo, para eso podría usar una bitácora, si este espacio existe y trato de mantenerlo actualizado, es para que ustedes lean -y si es posible, que les guste-
Muchas gracias a todos. Si soy la despreciable persona que soy ahora mismo, es precisamente por esto -y otras cosas varias-, ustedes han estado ahí (algunos) desde el comienzo, otros, desde mucho tiempo después...
En todo caso, espero que sigan encontrando alguna especie de salida al aburrimiento, así sean por cinco minutos, cuando entran a este lugar.
Una vez más, me disculpo si olvidé a alguien.
(por cierto, creo que hice de esto un graaaaaaan asunto, o algo así, pero bueno, los que me conocen saben que tengo la manía de no dejar de escribir).
A lo largo de un año y nueve días (no todos los días, por cierto) me he dedicado a escribir acá, cuando miro las primeras notas, no puedo evitar sentir que son basura, para muchos lo han de ser también, para otros, no. En todo caso hay una ligera nostalgia en ellas.
Muchas veces me pregunto: ¿por qué sigo escribiendo? A veces me calma, a veces me frustran los resultados, otras veces, por el simple hecho de alguien que lo pide. En cualquier caso, casi nunca me gusta el resultado. Pero a veces pasa; supongo que de alguna forma es una muestra de progreso, si no, pura vanidad. O lo que sea.
A lo largo de este año, he aprendido muchas cosas relacionadas a la escritura: Vi que me estaba enfrascando en un entorno, el hombre matando a la mujer en una zona gélida que se llena de sangre, antes de eso, la pequeña necesidad de "imitar" la escritura de Rafael Chaparro Madiedo, y así. He tratado (y a veces pienso que sin éxito) De no estancarme, si lo he logrado o no, supongo que lo sabré tiempo después. Aunque puedo decir (y tal vez, otra vez con la vanidad hablando por mí) que he mejorado mi uso de la ortografía, la puntuación, y mi léxico. Esto último, no es un mérito exclusivamente propio, ni mucho menos: gracias a todos los escritores que he leído, que también usan un blog o por el medio de una nota de facebook, me han hecho progresar, al igual que las criticas constructivas de unos pocos, que por encima de las formalidades de un elogio, me han dicho ¡hey!, aquí te equivocaste; mejora esto, etcétera, y como escritor en formación -al igual que todos los demás-, es incalculable la utilidad de dichas palabras. Aunque debo decir con tristeza, aunque suene de alguna forma, pedante, que nunca he recibido una crítica negativa. Espero encontrarla alguna vez, y aprender de ella, o saber que al menos, hay alguien que detesta lo que hago, y que debo estar haciendo algo demasiado bien, o que la gente que me rodea me quiere demasiado para decir que lo estoy haciendo terriblemente mal.
No sé si se me escapa algo... en todo caso, creo que he dicho suficiente. Ahora a la parte más importante: Ustedes.
Debo y quiero agradecer (en desorden) a varias personas -y posiblemente se me escape alguna, y me disculpo, los que me conocen, saben muy bien lo distraído que soy-, porque, gracias a ellas, es que esto sigue (y seguirá) estando aquí.
Cuando comencé a escribir, recuerdo muy bien que, no pasaba de 4 followers, ahora son cuarenta, y, aunque no los conozco a todos, y no sé si, todos ven cada entrada, cada vez que publico, sé muy bien que alguna vez leyeron algo que les gustó, y les agradezco, aunque no sabía que alguien fuera a leer esto, es gratificante ver cuando ese número aumenta.
Iwana: mi mejor amiga, mi primer follower, y en general, la persona que está ahí por excelencia, por años, y que realmente espero, nunca dejes de estar. Eres la mejor, y'know. <3
Laurah: Por ti abrí este blog, hay varios escritos para ti en él, y si hoy dedico parte de mi tiempo cada noche, a dejar volar mi imaginación y escribir con la esperanza que a alguien le guste más que a mí, lo que sale de mi (muy corroída) mente, es por ti. Creo que nunca podré decirte con palabras, cuán agradecido estoy, y seguiré estando, si hoy puedo burlarme de lo mal que escriben algunos, es por ti.
Ana, o Chuu, o Annie, o Spaghetti, o lo que sea (?): Well, tú sabes muy bien que la mayoría de lo que hay en este blog, lo escribí para ti, o para que tuvieras algo qué leer, y no te aburrieras, así que, en todo caso, supongo que el mayor progreso del año pasado te lo debo a ti, entre otras cosas, porque aunque solo te leí unas 5 veces, eres una escritora maravillosa.
Naoko: este año, casi todo el año, he escrito para ti, y en todo caso, las pocas veces que me ha gustado algún texto, ha sido para ti creo que si he sentido algún progreso este año -y en efecto lo he hecho-, es casi en su totalidad por ti, y es que recalcar tu imagen con letras, es todo un reto, especialmente por esos ojos de un color indescifrable...
Leopard: a ti también te he escrito, y, puedo decir por cierto, que gracias a ti he podido ver una gran diversidad de entornos, y es algo que estaba buscando desesperadamente, por aquello que sentía, que todo era igual.
Pachi, eres mi lectora más antigua, y aunque ya no tengo la oportunidad de saber qué piensas, siempre tenías algo que decir que podía ayudarme a mejorar, siempre que escribo, me acuerdo de ti.
Nat: tú siempre me dices qué quedó mal, siempre miras más allá, y me ayudas a darme cuenta de mis errores, es lo más importante en el camino de forjar un estilo bien definido y sin fallas, te estoy eternamente agradecido ♥
Akiha: siempre diré que, espero escribir tan bien como tú algún día, y me has dado muchos consejos, en persona, que me han ayudado.
Klass: usted escribe excelente, y siempre me ha animado a seguir escribiendo, también me ha dicho sobre escribir un libro, y sé que viniendo de usted, va muy en serio.
Vlad: Usted me introdujo al mundo de los recitales poéticos, donde he aprendido -y seguiré aprendiendo- muchísimo, además, sus textos son maravillosos.
Narda: de ti he aprendido mucho, y de la constante motivación que obtengo de tu parte, además, es maravilloso escucharte declamar, no conozco a nadie que lo haga tan bien como tú, además de todo lo que he podido aprender en los recitales.
Nessie: eres una escritora maravillosa, y siempre me alegra cuando me muestras un escrito, siento que puedo aprender mucho de tu narrativa tan particular y espléndida, muchas gracias.
Daniel: creo que siempre me voy a acordar del día que leí su escrito sobre la panadería, tan diferente a todo lo que había leído, pero tan envolvente como un libro de misterio, además, usted me ayudó en gran parte a salirme de ese Rafael Chaparro style en el que estaba tan penosamente estancado, creo que he aprendido mucho hablando con ud; no solo de escritura, sino de vivir en general.
También he conocido gente que me leía y por eso comenzamos a hablar, como tú, Teff, me alegra haber creado, y seguido con este espacio, pues gracias a él es que hoy hablo contigo.
Y a mis lectores en general... esto podría rayar en el cliché, pero, este blog existe por, y para ustedes. Si escribo acá, no es por desahogo, para eso podría usar una bitácora, si este espacio existe y trato de mantenerlo actualizado, es para que ustedes lean -y si es posible, que les guste-
Muchas gracias a todos. Si soy la despreciable persona que soy ahora mismo, es precisamente por esto -y otras cosas varias-, ustedes han estado ahí (algunos) desde el comienzo, otros, desde mucho tiempo después...
En todo caso, espero que sigan encontrando alguna especie de salida al aburrimiento, así sean por cinco minutos, cuando entran a este lugar.
Una vez más, me disculpo si olvidé a alguien.
(por cierto, creo que hice de esto un graaaaaaan asunto, o algo así, pero bueno, los que me conocen saben que tengo la manía de no dejar de escribir).
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